Las bolas de fuego del Gualicho

Una historia que se repite entre generaciones en la Línea Sur, con “luces malas” que acompañan a los testigos por varios kilómetros.





Elena M. Rojas escribe con razón “que diariamente el hombre recrea -para su regocijo o su tormento- historias más o menos verídicas, con frecuencia basadas en su experiencia personal, pero con notas irreales: animales que hablan, seres extraños con apariencia humana, gigantescas bolas de fuego que corren, etc.”. “Con preferencia el individuo de menor cultura -que vive en un ambiente rural, pero también a veces en uno urbano- está siempre a la espera de lo que escapa a sus sentidos, de lo que puede aprehender con su imaginación para hacer un mundo distinto del que conoce”.


El investigador Félix Coluccio escribe en su libro “Fauna del terror” que “en muchas ocasiones esa imaginación no es sólo individual. A menudo las creaciones de esos hechos sobrenaturales son compartidas por numerosos hombres que -con similar sensibilidad- adaptan sus sueños a la realidad cotidiana en la que ellos están sumergidos. Así pasan a ser creencias de toda una sociedad y con variantes se van transmitiendo”.

La Patagonia ha sido y es una tierra muy fértil en leyendas, mitos y profusa en hechos sobrenaturales que van más allá de la realidad ordinaria o cotidiana. Y también es la tierra donde los viejos mitos han tejido una impronta mágica.

El payador Luis Acosta García dejó unos versos memorables titulados “La luz mala” donde glosa la aparición de esos fenómenos justamente en nuestra provincia de Río Negro: “Yo era muchacho entuavía / de quince años más o menos, / cuando entré en una tropa / a trabajar de boyero, / La tropa eran diez carretas / de un tal Cipriano Bayejo, / y hacían el recorrido / oriyando el Río Negro: / dende el lindo Patagones / hasta el mesmo negro muerto. En esos años no había / más poblaciones ni puestos / que la estancia China Muerta / de unos tales Bartorelo. / Y después hasta Conesa / que hay treinta leguas lo menos / era a más de peligroso / completamente desierto”. Y así desarrolla su atrapante relato que finaliza con las apariciones de las “luces malas”. Al respeto un digresión: mi padre supo trabajar en la menciona estancia y fue testigo de cosas muy raras.

Pero seguramente la Línea Sur y el bajo del Gualicho son los lugares preferidos para esas temibles bolas de fuego que hasta se atreven a acompañar por varios kilómetros a los vehículos provocando mucho miedo en sus pasajeros. Muchos testigos afirman y cuentan historias parecidas y aconsejan no tenerles miedo.


Un lugar donde estas entidades se aposentan con todo su misterio es en el paraje de Nahuel Niyeu.

Por supuesto que la ciencia da una explicación razonable para este tipo de misterios: fosforescencias de huesos de animales o de minerales enterrados. Pero lo cierto es que muchos viajeros transitando las soledades del Gualicho, desde Pomona a Valcheta, las han visto y se han llevado un gran susto.

Yo, como buen refutador de leyendas, no las he visto, pero… “cosas veredes Sancho que no crederes”.

Por Jorge Castañeda, escritor, Valcheta.


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