En compañía de Mafalda

Redacción

Por Redacción

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar

Descubrí a Mafalda y el teléfono de disco en la misma época, 1988, y lugar, Buenos Aires. Ambas creaciones me deslumbraron con la intensidad con que seguramente lo hizo el fuego que encandiló las pupilas de nuestros ancestros hace miles de años. Tenía 17 años y esto requiere de una breve explicación. Hasta entonces había vivido en un pequeño pueblo de la Patagonia, Puerto Natales, en donde la gente aún no poseía teléfonos en sus hogares. Si uno quería llamar a algún pariente radicado en una ciudad más grande debía acercarse a la central, donde una operadora lo conectaba con el correspondiente número. Para hablar se utilizaban unos teléfonos negros y anchos como una heladera pequeña, con un auricular del cual salía un cable del grosor de una cadena. “Ya puede hablar, señor”, se le escuchaba decir con voz nasal a la operadora de turno, y el cliente hablaba. El sonido no era demasiado nítido. Parecía que apenas si lograba atravesar infinitas extensiones de territorio antes de alcanzar el oído expectante. Delicias de vivir en el fin del mundo. Un día un amigo, en su departamento, me ofreció su teléfono para hacer una llamada. Ahí me quedé petrificado ante el artilugio. No sabía en verdad cómo poner un dedo en el agujero y mover el disco de plástico. Un poco antes de este alumbramiento tecnológico me había cruzado con Mafalda. Compartía una humilde casa en Lanús con alguien a quien apenas conocía, Javier. Militante del MAS, estudiante de largo aliento pero ya en el final de dos carreras pedagógicas. Javier tenía la colección completa de la entrañable Mafalda. Aquellos diez libritos con tapas de distintos colores y formato un tanto extraño editados por De La Flor. Entonces desconocía que el personaje era apto para niños y adultos, que su magia podía atraparte más allá de tu edad y de tu color político. De hecho, yo era un trasandino indocumentado sin mayores datos acerca del humor porteño venido de donde el diablo perdió el poncho y, sin embargo, Mafalda me cautivó totalmente. En el transcurso de unas semanas leí la colección y a lo largo del par de años que compartí con Javier –quien terminaría siendo un importante funcionario K en Santa Cruz– me dediqué a repasar la serie de brillantes postales dibujadas y escritas por Quino que jamás agotaban mi paladar. No fueron buenos tiempos. El aprendizaje vino de la mano de la escasez de dinero y de la soledad. En un raro y descarnado simbolismo del destino, la casa que habitábamos, ubicada al fondo de un largo pasillo, había funcionado durante la dictadura militar como refugio para militantes de distintos movimientos y partidos. En la habitación donde yo dormía, a fines de los 70, se habían acomodado como habían podido unas 40 personas, entre ellas una joven embarazada que, según me explicó alguien que conocía la historia, finalmente desapareció. Para ser exactos, muy pocos de aquellos jóvenes refugiados sobrevivieron. Aquel triste lugar de la provincia hoy ya no existe. Alguna vez Quino dijo que si Mafalda hubiera vivido durante la dictadura habría sido una desaparecida. También Libertad. Muchos años después terminaría por entender que Quino bosquejó arquetipos, dejó colgando del aire las variables de una sociedad. Ahora que tengo hijos, cada tanto me siento un poco el padre de Mafalda. Y en momentos en que me pierdo en divagaciones, le hago un guiño a Felipe. Pero de aquellas noches frías y húmedas, o de las tardes soleadas pero hambrientas, aún recuerdo que Mafalda me hacía reír y su ironía me acompañaba. Aún lo hace.


Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar

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