En mi pueblo
En mi pueblo el río dibuja su paso manso contra los mimbres, dicen que rumbo a su destino de espuma y sal, pero nosotros sabemos: se queda en esta tierra, la riega y fecunda, trazando verdes, donde el verde es fantasía. En mi pueblo los álamos desnudan ocres, cuando el invierno apuesta a ese color, se instala lento; luego, se visten con las mejores galas en primavera, hay olor a frutas, a pasto tierno, y las acequias, con su rumor, prometen fiestas. En mi pueblo el tajo certero del canal grande, cruza su cicatriz, abierta, de un lado al otro, mientras, la limpia voz del agua, hace escuchar su canto bajo los puentes. En mi pueblo el trépano petrolero y el socavón que abre el yeso, obligan a la arisca geografía de la estepa, allá arriba, a vomitar blanco y negro, para sumar riqueza. En mi pueblo los trenes pasan, transportando ausencias, y otras veces paran: se apean sueños nuevos, destinos imaginados, porvenires distintos. En mi pueblo las mariposas tejen una canción con los frutales, los pájaros consuelan a las bardas, yermas, rojas de envidia, ante la paleta que descarga otros matices, más abajo, entre las chacras. En mi pueblo la cruz del sur es el vértice de un sendero de estrellas que se abre paso y cruza, de punta a punta, la noche austral, y el sol se despereza todas las mañanas, descubriendo labores, que celebra radiante. En mi pueblo se puede, si uno quiere, escuchar silencios, adivinar el canto de las ranas, saludar a las abejas con perfumes de manzano, regar el patio de tierra, trepar las ramas buscando el fruto, que no es prohibido, beber el viento, añorar la lluvia. En mi pueblo uno logra convertirse en duende, jugando a pintar todas las frutas, y descubrir sus brillos al pie de la escalera, desde noviembre a marzo, sin más talismán que un canasto cosechero. En mi pueblo todavía se puede soñar despierto, en cada esquina, en cada mitad de cuadra espera un hasta pronto de manos apretadas, de risa franca, de tratamiento urgente. En mi pueblo las querellas y disputas no almacenan nunca sañas, ni rencores, más bien modelan vivencias, que sirven para seguir creciendo. En mi pueblo todo queda cerca, las obligaciones y los afectos, nadie pierde tiempo para llegar adonde quiere y, sin embargo, uno aprende a ver más lejos. En mi pueblo las aves buscan su norte, anidan, no traicionan sus instintos y se quedan; las gentes buscan motivos, se afincan, no traicionan sus valores y se quedan. En mi pueblo. Autor: Eduardo del Brío Libros editados: “Momentos”, poemas. “Antes que me olvide”, relatos . “Ñuque Mapu”, cuentos. El presente poema se incluye en el libro “Aventuras y desconciertos”, próximo a editarse.