España según Cristina

Por Redacción

Para algunos españoles fue sin duda conmovedor saber que Cristina Fernández de Kirchner se quedó “con la tostada atragantada” al enterarse de lo que sucedía en su país, cuyas desgracias nuestra presidenta atribuye a la gestión del “pelado ése”, el ministro de Economía Luis de Guindos, pero otros no vacilaron en expresar su desaprobación de lo que tomaron por una burla totalmente desubicada y, en vista de la evolución nada promisoria de la economía argentina, decididamente inoportuna. Dadas las circunstancias, es comprensible el malhumor que sienten tanto los conservadores españoles actualmente en el poder como los socialistas que reemplazaron en diciembre pasado. Hace un lustro estaban convencidos de que su país, que superaba a Italia en cuanto al ingreso per cápita, estaba destinado a desempeñar un papel cada vez más importante en la Unión Europea y por lo tanto en el mundo, pero la crisis financiera internacional y el estallido de una enorme burbuja inmobiliaria se encargaron de destruir tales ilusiones. Puede que sólo se haya tratado de una caída pasajera y que España logre levantarse pronto para reanudar su marcha ascendente, pero es poco probable que ello ocurra mientras permanezca en la Eurozona dominada por Alemania. Antes bien, tendría que soportar por mucho tiempo más un nivel catastrófico de desempleo, además de resignarse a la humillación que le ha supuesto verse obligada a aceptar la tutela de una “troika” formada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y la Autoridad Bancaria Europea. Regodearse de las dificultades ajenas nunca es atractivo, de suerte que es natural que voceros del gobierno del presidente Mariano Rajoy hayan reaccionado con indignación ante las palabras poco amistosas de Cristina. Por lo demás, podrían señalarle que sería un error muy grave de su parte suponer que la Argentina no corre ningún riesgo de sufrir males parecidos a los que tantos estragos están provocando en España. Si bien no compartimos una moneda con Alemania y por lo tanto no nos vemos constreñidos a ser tan eficientes como los teutones, la baja productividad de casi todos los sectores de la economía argentina –por fortuna, el campo constituye una excepción– no puede sino perjudicarnos en un mundo que está haciéndose cada vez más competitivo. Asimismo, como Cristina y sus asesores económicos claramente entienden, aunque a diferencia de sus homólogos españoles les es dado manipular el valor de la moneda, serían altos los costos de una devaluación que serviría para recuperar cierta competitividad, ya que con toda seguridad estimularía la inflación, problema éste que no figura entre los enfrentados por el gobierno de la Madre Patria. Para disgusto de muchos españoles, Rajoy insiste en que el ajuste que está tratando de llevar a cabo no debería atribuirse a su presunta voluntad de congraciarse con los mandatarios de los socios solventes de la Eurozona sino a su conciencia de que el futuro de España se verá determinado por el resultado de reformas encaminadas a hacer más eficiente la economía, eliminando distorsiones ocasionadas por muchos años de facilismo clientelista. En principio Rajoy tiene razón, pero, como muchos le están recordando, de mantenerse por años una tasa de desocupación sumamente elevada, no podrá aumentar la productividad que, en última instancia, depende de la utilización apropiada del capital humano disponible. Huelga decir que España dista de ser el único país cuyos gobernantes tendrán que encontrar una forma de combinar la eficiencia productiva con la necesidad de impulsar la creación de una gran cantidad de fuentes de trabajo aptas para la fuerza laboral que efectivamente existe, ya que todos los demás, incluyendo a Alemania, Estados Unidos, China, la Argentina y sus vecinos latinoamericanos, se ven frente al mismo dilema. En el fondo, se trata de un problema cultural, puesto que, por los motivos que fueran, algunas sociedades, entre ellas la alemana y, a juzgar por la experiencia de los últimos años, la china, parecen ser más capaces que otras de inculcar en los jóvenes valores que contribuyen a la productividad del conjunto. Es legítimo preguntarnos, pues, si en este ámbito la Argentina tiene más en común con Alemania, país que Cristina dice admirar, o con España, país por el que, según parece, sólo siente desprecio.


Exit mobile version