Espejismos rivales
Ya es tradicional que los aspirantes a gobernarnos se proclamen resueltos a romper con el pasado construyendo un «modelo» muy distinto del existente. También lo es que los que consigan ser elegidos pronto se vean acusados de ser reaccionarios comprometidos con un statu quo a todas luces intolerable. Aunque Néstor Kirchner se ha sentido obligado a defender lo hecho por su patrocinador Eduardo Duhalde, el que éste afirme que acaba de crear un nuevo «modelo» basado en la producción y el trabajo le ha permitido embestir contra su rival Carlos Menem por encarnar a su entender un esquema ya totalmente desactualizado, el «neoliberal», mientras que por su parte Menem dice estar comprometido con ideas que son decididamente más modernas que las reivindicadas por el santacruceño. Por lo tanto, es acaso natural que muchos hayan previsto que durante las semanas finales de la campaña electoral asistiéramos a una lucha entre dos «modelos de país» llamativamente diferentes, por un lado el «neoliberal» y por el otro uno que según sus partidarios es mucho menos capitalista y en consecuencia más solidario.
En realidad, la brecha entre el menemismo y el duhaldismo no es tan grande como dan a entender sus respectivos simpatizantes, aunque sólo fuera porque la política económica en un momento determinado suele depender más de las circunstancias imperantes que de las ideas que flotan en la mente de los mandatarios. Si a pesar de los pronósticos en su contra Menem regresara a la Casa Rosada, no le sería dado reeditar la estrategia que le sirvió para poner fin a la hiperinflación e iniciar un período bastante largo de crecimiento rápido. Por su parte, Kirchner, que a esta altura debería considerarse el favorito para suceder a Duhalde, tendrá forzosamente que prestar atención al estado objetivo de la economía nacional, a una deuda externa colosal y a que la Argentina habrá de adaptarse al mundo tal y como es. Sería mejor, pues, hablar menos de «modelos» distintos y más de estilos diferentes. Después de todo, no extrañaría demasiado que de resultar elegido Kirchner, éste se sintiera constreñido a emular al presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva «sobreactuando» a fin de asegurar a los financistas internacionales que no se le ocurriría cometer locuras, mientras que Menem, consciente de que ya tiene fama de ser un «neoliberal», hiciera hincapié en su voluntad de atenuar los problemas sociales.
En el fondo, la diferencia entre las dos propuestas consiste en la actitud frente al «mundo». La actitud de Kirchner, como la de Duhalde, es defensiva, para no decir derrotista: le encantaría poder aislar a la Argentina para proteger a sus industrias por suponer que de este modo resultarían ser no sólo más «competitivas», sino también más capaces de generar trabajo. En cambio Menem, de manera a menudo triunfalista, parece haberse persuadido de que la Argentina ya está en condiciones de participar plenamente del Primer Mundo, razón por la cual nunca se ha preocupado demasiado por el hecho manifiesto de que, en comparación con las economías de otro países, la nuestra es muy poco productiva y en muchos sentidos penosamente atrasada. De imponerse la actitud representada hoy en día por el dúo conformado por Duhalde y Kirchner, al país no puede sino esperarle décadas de pobreza tal vez estabilizada, desempleo alto pero con los desocupados «controlados» y, a lo sumo, una tasa de crecimiento modesto pero así y todo aceptable. En comparación con la resignación así supuesta, la voluntad de Menem de hacer lo necesario para «modernizar» el país es claramente preferible, aunque, por desgracia, no se dan muchos motivos para creer que el riojano sea el hombre indicado para liderar una estrategia de cambio similar a la emprendida por los socialistas españoles cuando su país se preparaba para integrarse a lo que sería la Unión Europea, ni que los equipos que lo acompañan hayan pensado en la multitud de problemas de todo tipo que les correspondería intentar solucionar para que «la transición» que se han propuesto no compartiera el destino de aquella que se vio tan dramáticamente frustrada en el lustro final del siglo pasado debido en buena medida a sus propios errores de comisión y de omisión y a la nube de corrupción que tanto contribuyó a desprestigiar todo cuanto decía encarnar.
Ya es tradicional que los aspirantes a gobernarnos se proclamen resueltos a romper con el pasado construyendo un "modelo" muy distinto del existente. También lo es que los que consigan ser elegidos pronto se vean acusados de ser reaccionarios comprometidos con un statu quo a todas luces intolerable. Aunque Néstor Kirchner se ha sentido obligado a defender lo hecho por su patrocinador Eduardo Duhalde, el que éste afirme que acaba de crear un nuevo "modelo" basado en la producción y el trabajo le ha permitido embestir contra su rival Carlos Menem por encarnar a su entender un esquema ya totalmente desactualizado, el "neoliberal", mientras que por su parte Menem dice estar comprometido con ideas que son decididamente más modernas que las reivindicadas por el santacruceño. Por lo tanto, es acaso natural que muchos hayan previsto que durante las semanas finales de la campaña electoral asistiéramos a una lucha entre dos "modelos de país" llamativamente diferentes, por un lado el "neoliberal" y por el otro uno que según sus partidarios es mucho menos capitalista y en consecuencia más solidario.
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