Europa dividida
La cumbre más reciente celebrada por los líderes de los 27 países de la Unión Europea para impedir el colapso del euro culminó, como ya es habitual en estas ocasiones, con un acuerdo de último momento que motivó cierto optimismo a pesar de –o a causa de– la negativa tajante a aceptarlo del Reino Unido. Para fastidio de la canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Nicolas Sarkozy, el primer ministro británico David Cameron se opuso a medidas destinadas a perjudicar enormemente al poderoso sector financiero londinense que, según ellos, ha contribuido a la crisis de confianza que está causando estragos en la Eurozona y bien podría haber sido directamente responsable de provocarlo. Se trata, pues, de una diferencia ideológica, de raíces culturales, que siempre ha incidido en la relación de “los anglosajones” con los demás europeos, pero la dupla “Merkozy” se equivoca si realmente cree que le será dado superar los problemas de la Eurozona declarando la guerra a la especulación financiera. De todos modos, puesto que el Reino Unido no forma parte de la Eurozona, en principio la decisión de rechazar el acuerdo no cambiará mucho a menos que, por razones de política interna, Sarkozy opte por aprovechar una oportunidad para reanudar el casi milenario duelo francobritánico con la esperanza de mejorar así sus propias perspectivas electorales. Aunque la declaración que se difundió al terminar la cumbre se limitaba a generalidades, supone un “pacto de estabilidad y crecimiento” basado en el compromiso de todos los países miembros de la Eurozona, con el apoyo de otros con tal que sus respectivos parlamentos estén de acuerdo, a respetar un grado insólito de disciplina fiscal, además de ceder una parte sustancial de su soberanía a las autoridades máximas de la Unión Europea. Sin embargo, hasta ahora los alemanes no han manifestado demasiado interés en entender que la mayor integración los obligaría a transferir recursos a los socios menos productivos, como sucede en Estados Unidos y otros países en que es normal que las regiones más ricas subsidien a las relativamente pobres. Así las cosas, a menos que la canciller Merkel consiga convencer a sus compatriotas de que los beneficiaría aportar mucho más dinero a Grecia, Italia, España y Portugal, a cambio de “más Europa” los periféricos tendrán que someterse a un ajuste prolongado y muy duro que podría asegurar más estabilidad para el conjunto pero que no serviría para estimular el crecimiento. La intransigencia de Merkel cuando es cuestión de ayudar a los países en apuros puede atribuirse en parte a la necesidad de tomar en cuenta la opinión pública alemana, que es contraria a dar dinero a los reacios a “hacer los deberes”, y también a la conciencia de que si asumiera una actitud más flexible los gobiernos de los países en apuros postergarían las reformas estructurales que se suponen imprescindibles. Aunque de resultas de su dureza, y del poder económico de Alemania, Merkel se ha erigido en la virtual presidenta de la Unión Europea, desplazando del papel informal pero sumamente prestigioso así supuesto al mandatario francés Sarkozy, lo que le ha merecido las críticas furibundas de sus adversarios internos conforme a los cuales es debido a sus errores que después de medio siglo de predominio político en Europa Francia ha tenido que resignarse a desempeñar un rol secundario, no hay ninguna garantía de que se consolide la hegemonía alemana. Para que la acepten no sólo los franceses sino también los italianos, españoles, portugueses y griegos, sería forzoso que confiaran en que los ajustes que ya están poniéndose en marcha les supondrán beneficios concretos en un lapso bastante breve. De lo contrario, se intensificará la resistencia a verse obligados a tolerar años de austeridad porque así lo exige un gobierno extranjero. Puede que los acuerdos aún tentativos alcanzados hayan conformado a los dirigentes políticos y funcionarios que se reunieron en Bruselas con el propósito de salvar el euro de lo que según algunos sería su muerte inminente y, si todavía es posible, mantener a raya el espectro de una recesión profunda, pero en última instancia su éxito o fracaso dependerá de la reacción de los pueblos europeos frente a las medidas draconianas que los gobiernos de la UE se verán constreñidos a tomar.