Europa frente a su destino

Para sorpresa de nadie salvo aquellos políticos que creían que Europa podría superar su déficit demográfico importando centenares de miles, acaso millones, de personas más jóvenes procedentes de otras partes del mundo, la decisión de los gobiernos de Alemania y Suecia de abrir las puertas para que entraran contingentes nutridos de refugiados y migrantes económicos presuntamente sirios –entre ellos por lo menos uno de los yihadistas que asesinaron a más de cien personas en París– ha provocado una crisis que resultó inmanejable. En el transcurso del año más de un millón han conseguido entrar a la Unión Europea y se prevé que, a menos que las autoridades tomen medidas muy fuertes, pronto llegarán cantidades aún mayores. Luego de felicitarse a sí mismos por su generosidad, los dirigentes alemanes y suecos se dieron cuenta de que sus países no estaban en condiciones de acoger a todos los deseosos de aprovechar una oportunidad imprevista para trasladarse al norte de Europa, ya que no sólo sirios sino también muchos otros se han unido al flujo migratorio. En un intento tardío por frenar las columnas de personas que se acercaban, primero los alemanes y poco después los suecos restauraron los controles fronterizos, emulando así a los tan criticados gobernantes de Hungría y otros países por lo común excomunistas que no querían verse “invadidos” por gente de costumbres y creencias religiosas radicalmente distintas de las suyas. Como resultado, al iniciarse el crudo invierno europeo, muchos miles de africanos, árabes, iraníes, afganos, paquistaníes y otros se encuentran atrapados en países balcánicos o en campos de refugiados improvisados en que las condiciones son lamentables. Los líderes de los países integrantes de la UE acaban de celebrar una cumbre de emergencia en Malta en la que coincidieron en que la mejor forma de atenuar la crisis que Angela Merkel desató al invitar a todos los sirios a buscar asilo en Alemania consistiría en dar más dinero a los gobiernos africanos y de Medio Oriente para que dejen de alentar a los resueltos a arriesgarse para alcanzar el norte de Europa. La idea es privar a los migrantes en potencia de razones para abandonar su lugar de origen, pero no existe motivo alguno para suponer que tal estrategia vaya a funcionar. Lo más probable es que resulte contraproducente al permitir a gobiernos corruptos y autoritarios, entre ellos el del islamista Recep Tayyip Erdogan en Turquía, presionar a los europeos ricos afirmándose incapaces de colaborar a menos que reciban mucho más a cambio. Frente a los casos de países como Siria e Irak en que están librándose guerras sectarias feroces, los europeos son claramente impotentes; entienden que, aun cuando estuvieran dispuestos a intervenir militarmente con la esperanza de poner fin a las hostilidades, asumirían responsabilidades que serían totalmente incapaces de cumplir. Tampoco parecen realistas las propuestas de quienes señalan que, para garantizar la libertad de movimiento dentro de la Unión Europea, será preciso defender las fronteras externas, en especial las de Grecia e Italia, ya que, por ahora cuando menos, escasean los gobiernos dispuestos a hacerlo por los medios militares tradicionales, los únicos que podrían disuadir a los aspirantes a disfrutar de una vida mejor en el Viejo Continente. La situación sería menos grave si muchos migrantes que ya han conseguido entrar en Europa se conformaran con permanecer en un país relativamente pobre pero seguro como Hungría, Croacia, Polonia o Grecia. Sin embargo, casi todos exigen ser trasladados enseguida a Alemania o Suecia, donde hay más oportunidades laborales, salarios más altos y, huelga decirlo, buenos servicios sociales. Así las cosas, aun cuando prosperaran los esfuerzos de la canciller alemana Merkel y del primer ministro sueco Stefan Löfven por convencer a los gobiernos de los demás miembros de la UE de que les corresponde dejar entrar a una proporción “justa” de los migrantes, los beneficiados no tardarían en mudarse a las zonas más ricas del continente. Para impedirlo sería necesario suspender hasta nuevo aviso el acuerdo de Schengen, según el cual quedaron suprimidos los controles fronterizos internos entre la mayoría de los países de la UE, lo que para los comprometidos con el proyecto europeo sería un retroceso insoportable.


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