Facilismo institucionalizado



Para pesar pero también, a veces, diversión de los denostados como elitistas, el populismo educativo ha ganado mucho terreno en Europa al optar por gobiernos de distinto tipo por rebautizar como universidades a colegios en los que se enseñan oficios artesanales e impulsar carreras que son mucho menos exigentes que las tradicionales, pero tales “avances” han sido menores en comparación con los logrados por los populistas argentinos. Con el propósito de defender una parte importante del modelo kirchnerista, hace poco el Senado dio el visto bueno a una ley destinada a asegurar hasta nuevo aviso la gratuidad de los estudios y el ingreso irrestricto a las universidades públicas, además de impedir que las autoridades académicas alejen de las aulas a aquellos alumnos que se nieguen a asistir a las clases o darse el trabajo de aprobar por lo menos un par de materias por año. Parecería que lo que quieren los legisladores oficialistas es que las universidades populares y nacionales costeadas por los contribuyentes sólo sirvan para el adoctrinamiento político, ya que los autores de la ley la reivindicaban subrayando las bondades del sistema universitario de la Venezuela chavista y advirtiéndonos contra lo nefasto que sería dejarnos influenciar por “el neoliberalismo” que a su juicio impera en Europa y, desde luego, Estados Unidos. Huelga decir que, en los países del “socialismo real”, tales manifestaciones del populismo burgués sólo merecieron desprecio. Las universidades y otras instituciones educativas de la Unión Soviética y sus satélites eran muy pero muy exigentes, además de conservadoras según las pautas de nuestros progresistas, ya que las autoridades entendían que sería insensato entronizar el facilismo. En cuanto a los comunistas chinos actuales, siguen siendo aún más severos en el ámbito educativo que cualquier elitista occidental; la competencia para entrar en las universidades más prestigiosas de nuestro aliado es extraordinariamente feroz. Asimismo, aunque no cabe duda de que en China, lo mismo que en el resto del mundo, los jóvenes de familias acomodadas cuentan con ventajas, es tan firme el compromiso de hasta los más pobres con la educación que no son tan decisivas como suele ser el caso en los países occidentales. Para los comunistas chinos, y también para virtualmente todos sus conciudadanos, la educación es una prioridad estratégica. Creen que el mundo de mañana se verá dominado por países con poblaciones bien instruidas, mientras que los demás se verán subordinados en la jerarquía mundial. Todos los años, distintas entidades, entre ellas la Universidad Jiao Tong de Shanghai, divulgan listas de las universidades que según ellas son las mejores del mundo y que por lo tanto deberían servir de modelos para aquellos países que aspiran a desempeñar un papel digno el orden internacional venidero. De acuerdo común, lideran los ranking instituciones norteamericanas y británicas, seguidas por algunas del Japón, Suiza y Alemania. ¿Y la Argentina? La única universidad del país que figura entre las primeras 500 de la lista china es la de Buenos Aires, lo que debería ocasionar mucha preocupación, pero puesto que al gobierno kirchnerista no le interesan las opiniones ajenas, ha reaccionado atribuyéndolo a la presunta incapacidad de los académicos de Shanghai para entender que aquí las universidades privilegian “la inclusión” social. De ser ésta lo que los kirchneristas quisieran garantizar, su fracaso ha sido evidente. Como ya deberían haber aprendido, ni la gratuidad ni el ingreso irrestricto ayudan a los más pobres y excluidos que, para abrirse camino en la vida, necesitarían tener acceso a una educación de calidad. Por un margen notable, los más beneficiados por el facilismo institucionalizado que caracteriza la educación pública son los hijos de familias relativamente adineradas que pueden darse el lujo de perder varios años como estudiantes crónicos y que, acaso sin habérselo propuesto, se ven favorecidos por lo que perjudica a quienes, de ser otras las circunstancias, podrían competir con ellos. Puesto que está en juego no sólo la justicia social sino también el futuro del país en un mundo en que el nivel de instrucción será clave, es de esperar que el sistema educativo nacional se vea incluido en el “cambio” que supuestamente está en marcha.


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