Falsos profetas a la hoguera

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

JAMES NEILSON

Ningún político que se precie quiere a las calificadoras de riesgo, estas empresas como Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch que, con insolencia insoportable, se atribuyen el derecho de opinar acerca de la confiabilidad de distintos países, industrias y “productos” financieros, repartiendo premios (“AAA”) y castigos (“C”), como si se creyeran deidades omniscientes. Muchos comparten con Cristina el vivo deseo de verlas declaradas organizaciones criminales que deberían ser “inhabilitadas”, pero son reacios a decirlo por lo de la libertad de expresión, un tabú que por cierto no cohíbe a la presidenta que, en temas como éste, suele favorecer medidas contundentes. Con todo, si bien, a diferencia de Cristina, los políticos norteamericanos y europeos procuran hacer gala de su amplitud de miras y juran estar más que dispuestos a tolerar críticas “constructivas”, a ellos también les molesta sobremanera cuando alguien manifiesta dudas en cuanto a la viabilidad de los proyectos con los que se sienten comprometidos. Les encantaría encontrar un pretexto convincente para obligar a S&P y los demás a tratar la verdad oficial con el respeto debido. Parecería que los asesores del presidente norteamericano Barack Obama creen tener uno. Aunque las calificadoras tienen sus cuarteles generales en Nueva York y por lo tanto en Europa continental y América Latina son consideradas agentes del odiado neoliberalismo anglosajón, en el 2011 S&P se dio el gusto de quitarle a Estados Unidos su nota AAA. Se trata de una afrenta que podría costarle caro, 5.000 millones de dólares, ya que, para vengarse, el gobierno de Obama acaba de acusarla, sobre la base de algunos correos electrónicos privados en que se aludía a una “hecatombe inminente”, de “engañar a sabiendas” a los inversores en bonos hipotecarios poco antes del estallido catastrófico de la burbuja financiera que se había creado. Para sorpresa de nadie, Cristina festejó la noticia con júbilo, tuiteando, en el extraño idiolecto angloespañol que ha inventado para comunicarse mejor con sus seguidores, que las calificadoras “llevaron ganancias para pocos en perjuicio de ciudadanos de a pie. In the whole world”, en el mundo entero. Y, para colmo, parecería que las consultoras más notorias tienen algunas dudas en cuanto a la viabilidad del “modelo de acumulación de matriz productiva diversificada e inclusión social” ensamblado por la presidenta a partir de pedazos que le dejaron sus antecesores. En su defensa, los directivos multimillonarios de S&P podrían señalar que, de habérseles ocurrido advertir a la gente de que tendría consecuencias terribles la política oficial de obligar a los bancos que operan en Estados Unidos a prestar plata a desocupados pobres y sin recursos pertenecientes a “minorías” étnicas o correr el riesgo de ser denunciados por racismo, un crimen imperdonable en un país tan políticamente correcto, los perjudicados los hubieran responsabilizado por la crisis que de todos modos no tardó en producirse. Asimismo les sería legítimo argüir, aunque no lo harán, que por depender tanto las finanzas de la confianza de los inversores un exceso de escepticismo resultaría más que suficiente como para devolver el mundo a la edad de piedra. Así las cosas, es deber de todos tener fe en el futuro de los mercados. Por ser tan fuerte la influencia de las calificadoras de riesgo, un pronóstico financiero acertado, que después será tratado como una profecía autocumplida, puede tener un impacto tan negativo como uno provocado por una gran equivocación. Bien que mal, nadie está en condiciones de prever lo que sucederá en los mercados mañana o cómo evolucionará la economía planetaria en los meses y años próximos. Son tantos los factores en juego, y es tan propenso a cambiar sin preaviso el estado de ánimo de los políticos, empresarios y especuladores involucrados, que hasta los especialistas más prestigiosos suelen cometer errores garrafales. Dicen que, en un experimento que fue organizado por un investigador sueco con cierto sentido de humor, un chimpancé que tiró dardos contra una tabla con una lista de nombres de empresas con acciones bursátiles consiguió “ganar” más que un equipo conformado por cinco analistas avezados. A los políticos, entre ellos Cristina, pues, les es agradablemente fácil criticar a los presuntos expertos financieros empleados por las agencias calificadoras, tratándolos como estafadores inescrupulosos que merecen ser sancionados por sus muchos delitos, ya que no lograron advertirnos a tiempo de que el sistema financiero mundial se hundiría en el caos. Sin embargo, a pesar de tales deficiencias, millones de inversores siguen prestando mucho más atención a los juicios de S&P, Moody’s y Fitch que a las declaraciones forzosamente optimistas de Cristina y sus homólogos de otras latitudes como Obama. A esta altura la mayoría sabrá muy bien que las consultoras son falibles, pero así y todo las cree más confiables que los políticos, razón por la que no tiene posibilidad alguna de prosperar la propuesta de los líderes más destacados de la Eurozona de formar una calificadora propia que, sería de suponer, tomaría en serio las reconfortantes previsiones gubernamentales. En el mundo actual la certidumbre es un bien sumamente escaso, razón por la que individuos u organizaciones que se afirman capaces de prever, aunque fuera parcialmente y de manera muy imprecisa, lo que estaría por suceder pueden enriquecerse con rapidez desconcertante. Por haber hecho un pronóstico oportuno, economistas antes ignotos se han visto transformados de la noche a la mañana en gurús de fama mundial. Quisieran emularlos los políticos que por motivos profesionales tienen que brindar la impresión de estar ayudando a pilotear su país hacia un destino previsto, de ahí la indignación que tantos sienten cuando surgen motivos para sospechar que la ruta elegida lo llevará a un abismo. Si las calificadoras de riesgo trataran bien al modelo kirchnerista, otorgándole una nota AAA, Cristina no titubearía en felicitarlas por su objetividad. Puesto que se niegan a hacerlo, les tiene reservado un lugar de privilegio en su infierno particular en que purgarían sus penas al lado de ciertos medios periodísticos y otros representantes del mal. Espera que, merced a los esfuerzos de Obama y los líderes de países como Italia, España y Francia, pronto reciban el castigo doloroso que a su entender merecen.