Federico Fellini, cien años del genio que unió lo popular con lo poético

Hace cien años nació un artista de impacto planetario que de la mano de filmes como "La dolce vita" y "Fellini 8½" ingresó con holgura en el pedestal de los más grandes del cine.



Federico Fellini dirige su película "Amarcord", Roma, 1974.

Federico Fellini dirige su película "Amarcord", Roma, 1974.

Federico Fellini, de cuyo nacimiento se cumplen hoy 100 años, fue un artista de impacto planetario que de la mano de filmes como “La dolce vita” y “Fellini 8½” ingresó con holgura en el pedestal de los más grandes del cine.
El cine italiano tenía entre las décadas del '60 y el '70 personalidades muy fuertes, como Vittorio De Sica, Luchino Visconti, Michelangelo Antonioni, Roberto Rossellini, más la llegada de Pier Paolo Pasolini a esa categoría, pero ninguno logró reunir como él lo popular con lo poético y aun lo erudito.
Con Fellini la pantalla se convierte en arte sublime, en cultura, en registro histórico, en mentiras bellamente narradas, gracias a una sensibilidad que primaba aparentemente sobre la razón y a una formación nada académica que comenzó durante sus estudios secundarios y le dieron gran facilidad para el dibujo y la historieta.

El director en el set durante el rodaje de "Satiricón"


En la adolescencia colaboró con algunos periódicos y revistas, incluida “La Domenica del Corriere” y un semanario político-satírico, “420”, con inspiración, sobre todo, en las películas que veía en los cines de Rímini, la ciudad donde nació en 1920.
A los 19 años dejó el pequeño mundo provinciano y se mudó a Roma junto a su madre con el argumento de inscribirse en la carrera de abogacía, aunque le interesaba más el periodismo y el humor: mientras hacía caricaturas en plazas y bares, ingresó a la revista “Marc'Aurelio” como dibujante satírico.


Eran tiempos difíciles porque en el gobierno estaba Benito Mussolini y el ambiente caldeado de la cultura se refugiaba en esa publicación, por lo que conviene ver la película “Qué extraño llamarse Federico” (2013), de Ettore Scola, que abunda sobre el personaje y el período.
Fue el cronista y el dibujante mejor pago de la revista y poco a poco, por sus vinculaciones, colaboró en los guiones de algunas películas -entre ellas “Roma, ciudad abierta” y “Paisà”- y hasta fue actor en “L'amore”, junto a Anna Magnani, un experimento en dos episodios dirigido por Rossellini.
Hay una bisagra en su vida: ya lejos de las caricaturas, en 1950 codirige con Alberto Lattuada “Luci del varietà”, una mezcla entre neorrealismo y comedia costumbrista en la que ya aparecen motivos que estarán en el resto de su obra.

Fellini y su musa Giulietta Masina.


La película fue un fracaso de boletería pero Fellini pudo remontarlo y dirigir, ya en solitario, “El sheik” (1952), con una monumental actuación de Alberto Sordi, un filme que perdura en su confección y que podría entremezclar algunas de sus secuencias en obras posteriores.
Allí aparece un realismo mágico con toques oníricos, lleno de humor cotidiano y fantasía, que lo conduce a un crecimiento artístico consagratorio: en “Los inútiles” (1953) hurga en la vida pueblerina y sus personajes, como un anuncio de lo que fue luego “Amarcord” (1973).
En 1954 creó su primer gran éxito de crítica y boletería: “La strada”. Otro Oscar llegó con “Las noches de Cabiria” (1957), con Giulietta Masina y origen del musical “Sweet Charity”, que sirvió como aperitivo para la icónica “La dolce vita” (1960).

Fellini y Marcello Mastroianni ensayando para “La dolce vita” .

Hubo un intermedio en “Boccaccio 70”, un filme en episodios en el que dirigió “Las tentaciones del doctor Antonio”, donde la Anita (Ekberg) de “La dolce vita” enloquecía de fiebre a un Peppino De Filippo católico y reprimido, obvia referencia a sus detractores.
Luego llegó “Fellini 8½” y partir de ese momento cada de sus películas era esperada con fruición: “Julieta de los espíritus” (1965), “Fellini Satiricón” (1969), “Los payasos” (1970), “Roma” (1972), “Amarcord” (1973), “Casanova” (1976), prohibida por la censura argentina de entonces, y “Ensayo de orquesta” (1979), última en que el músico Nino Rota le prestó su impresionante apoyo.
Luego vinieron “La ciudad de las mujeres” (1979), “Y la nave va” (1983), “Ginger y Fred” (1985), “La entrevista” (1987) y la final “La voz de la Luna” (1990), con Roberto Benigni, que estuvo a punto de no estrenarse en la Argentina por desinterés de los distribuidores.

Télam


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