Flanco débil
En el mundo actual, es considerado fundamental que el Banco Central o su equivalente, como la Reserva Federal norteamericana, sea independiente del Poder Ejecutivo, porque la experiencia de muchos países ha enseñado que caso contrario es muy difícil mantener a raya la inflación. Por este motivo, la designación de Aldo Pignatelli, un político bonaerense vinculado con el senador Antonio Cafiero y, es innecesario decirlo, con el presidente Eduardo Duhalde, en reemplazo de Mario Blejer, no puede sino provocar muchas dificultades en una etapa en la que ya no nos queda más margen para cometer errores. Es que por talentoso que sea el contador Pignatelli y por resuelto que esté a desempeñar su función de la forma más rigurosa concebible, el mero hecho de que sea no sólo «un político» sino también «un hombre de Duhalde» ya está incidiendo en las expectativas de todos los operadores financieros aquí y en el exterior, contribuyendo a la caída del peso que, por razones netamente políticas, ya ha perdido tres cuartas partes de su valor en lo que va del año.
Para algunos, el presidente designado del Banco Central cuenta con la ventaja de haber recibido el aval de Blejer, el «hombre del FMI», mientras que el ministro de Economía, Roberto Lavagna, hubiera preferido a Alberto Camarassa por considerarlo miembro de su propio equipo, pero si bien sería positivo que en las semanas próximas se diera cierta tensión entre Economía y el Banco Central, a pocos se les ocurriría suponer que un funcionario de la trayectoria de Pignatelli podría erigirse en un defensor firme del valor de la moneda nacional. Por supuesto que es posible que tal juicio sea muy pero muy injusto, pero dadas las circunstancias no es nada irracional. Como es notorio, en todas partes los mercados se mueven sobre la base de rumores, simplificaciones e imágenes que casi siempre resultan imprecisas, realidad que el gobierno tiene forzosamente que entender.
Aunque Blejer, lo mismo que muchos otros expertos financieros y, desde luego, los voceros un tanto improvisados del gobierno duhaldista, ha insistido una y otra vez en asegurarnos que el país no corre ningún peligro de entregarse a una nueva conflagración hiperinflacionaria, la politización flagrante del Banco Central ha servido para incrementar el riesgo de que dicha calamidad se agregue a la lista ya demasiado larga de desastres que hemos experimentado a partir del colapso del gobierno aliancista. Sucede que las campañas exitosas que se organizaron en contra de distintos presidentes del Banco Central, como el «menemista» Pedro Pou y, poco después, el «fondomonetarista» Blejer -el que entre otras cosas ha recibido amenazas antisemitas canallescas-, contribuyeron mucho al derrumbe del sistema financiero y, con éste, de la economía. A pesar de disfrutar del apoyo de políticos actualmente influyentes, Pignatelli no tardará en verse convertido en blanco de los dardos de agrupaciones que según parece se oponen a las finanzas mismas a menos que acepte cumplir un papel que, antes de producirse el desenlace previsible, los inflacionistas calificarían de «keynesiano»: en tal caso, sus conexiones políticas no lo ayudarían en absoluto. Antes bien, brindarían a sus adversarios motivos adicionales para difamarlo.
En nuestro país, es claramente necesario que el jefe del Banco Central no sólo sea un «duro» de inclinaciones monetaristas que se oponga obstinadamente a emitir, sino que tampoco existan dudas al respecto. Por lo tanto, lo más conveniente sería que el puesto que ocupará Pignatelli fuera confiado a alguien que estuviera totalmente desvinculado de la corporación política, no por un duhaldista cabal que, con razón o sin ella, muchos tomarán por un populista nato. Para convencer a los mercados de que se han equivocado por completo si lo creen un hombre dispuesto a subordinar los números a la política, Pignatelli tendría que sobreactuar su severidad, resistiéndose de manera implacable a todas las presiones políticas y empresarias que le aguardan, pero en tal caso asistiríamos a un nuevo episodio de un melodrama ya conocido en el que el presidente de turno del Banco Central es acusado de comportarse como un criminal hasta que finalmente decida renunciar a su cargo por motivos «personales».