Fractal
MARíA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com
¿Por dónde empiezo? Podría ser por la definición de la palabra, que siempre ayuda a ubicarse. Fractal: del latín “fractus”, fragmento. ¿Y después? Después podría ser el nacimiento de la palabra, el hallazgo matemático de Benoit Mandelbrot, en la década del 70. Y una breve explicación de la teoría (¿y la maravilla, dónde vas a contar la maravilla, el mundo nuevo, el mundo fractal que siempre estuvo ahí y jamás viste?) sin olvidar que está emparentada con la teoría del caos. Como me suele pasar, empieza con un libro. Un libro es un juego entre el escritor y el lector, un juego que se juega cuando se quiera, y si eso pasa, cualquier escriba estará más que satisfecho. Dispara incógnitas, induce a más lecturas, mueve a compartir esa vivencia única que es encontrar el resplandor de la palabra, de “esa” palabra. Y como más de una vez, voy a volver a Michael Crichton y “Parque Jurásico”. El libro, no la película, que es por lo demás, buena. Sin embargo, el libro tiene que ver con la palabra que me da vuelta –literalmente– el mundo como lo percibía. En la novela, el fascinante rol del matemático Ian Malcom explica cosas como la teoría del caos, y el mundo fractal. (¡Y cuándo vas a contar la maravilla, la mirada nueva!) Fractal: objeto cuya estructura se repite a diferentes escalas, no importa cuánto nos acerquemos o nos alejemos del objeto. Este señor, Mandelbrot, dio forma a una geometría que como ocurre con el conocimiento, ya había sido esbozada por otros matemáticos más de un siglo antes, en la necesidad de explicar el mundo real. Explicaciones que la geometría clásica, la que usted y yo aprendimos, no aplica. No explica. (¿Y cuándo viene la maravilla?) Las formas fractales –en cuya fórmula siguen trabajando los matemáticos, porque no aparece la que dé cuenta de su formidable complejidad– se presentan en la naturaleza, en las formas de vida, en las fluctuaciones económicas, en las redes de comunicaciones, en los sistemas costeros, en las nubes. Están ahí. Siempre estuvieron ahí. A partir de jugar con los fractales, han surgido expresiones artísticas maravillosas, en la pintura, en la música, y sus imágenes pueden encontrarse y reproducirse ad infinitum si usted curiosea varios sitios de Internet. Básicamente, una montaña grande vista a lo lejos, tiene cierta forma de montaña. Si me acerco, cada pequeño pico reproduce la forma de la montaña. Si fuera a cada componente de la montaña, encontraría la misma forma. Esto es válido para los sucesos: “un día es como toda una vida: empiezas haciendo una cosa, y terminas haciendo algo más… planeas hacer una diligencia pero nunca llega a donde pensabas ir… y al final de tu vida, tu entera existencia también tuvo esa misma característica aleatoria. Toda tu vida tiene la forma de un solo día”, explica Ian Malcom mientras los dinosaurios le darán su propia versión aplicada. ¿Y el libre albedrío? ¿Y la capacidad de cambio? Es caótica. Se jugó cada día. ¡Y la maravilla! Entonces, camino por las sendas del otoño, de este otoño que es una gloriosa agonía de colores y formas, gritando, lanzando al cielo, que son, que son hermosas y se van y se mueren. Y se delinean en el purísimo azul; una hilera de pinos erguidos, esbeltos, y cada rama es un pino más chico, y cada hoja es un pinito y…a su verde intenso se le opone el amarillo cálido de los álamos y cada rama es un pequeño álamo y cada hoja del rosal es un pequeño rosal y la sangre que canta en mis venas es parte de un sistema fractal… ahora los veo, en cada lugar al que mis pasos vagabundos me lleven. Los veo como por primera vez, la maravilla del mundo gritando su presencia, incógnita aún para los matemáticos, creación renovada para mí. Fractal.
en clave de Y