Francia se agita

Por Redacción

Para extrañeza de los habitantes del resto de Europa, no sólo los siempre combativos sindicatos franceses sino también muchas organizaciones estudiantiles se han movilizado contra una reforma jubilatoria destinada a llevar de 60 a 62 años la edad de retiro. Mientras que en otros países de la Unión Europea la mayoría ya da por descontado que pronto será preciso aumentarla a 70 años o más para impedir que el sistema se desmorone por completo, la oposición a los cambios nada radicales propuestos por el gobierno del presidente Nicolas Sarkozy cuenta con el apoyo del 70% de la población, incluyendo a jóvenes que, les guste o no les guste, tendrán que subsidiar a una cantidad cada vez mayor de jubilados. Como señala la ministra de Economía francesa, Christine Lagarde, ya hay 15 millones de jubilados en su país y todos los años se agregan otros 700.000, razón por la que tarde o temprano será necesario llevar a cabo reformas mucho más drásticas que la que ha provocado la feroz resistencia sindical-estudiantil, pero parecería que los números no impresionan en absoluto a los resueltos a aferrarse, pase lo que pasare, al statu quo. Aunque la retórica de los líderes sindicales y estudiantiles es “progresista”, la causa que representan difícilmente podría ser más conservadora. Que la mayoría abrumadora de los franceses quisiera dejar las cosas como están puede entenderse. Su propia versión del Estado de bienestar europeo le ha permitido disfrutar de un estándar de vida envidiable, pero no podrá mantenerse por mucho tiempo más porque ha cesado de ser económicamente viable en un mundo hipercompetitivo en que seguir endeudándose no constituye una opción. Mal que les pese a los franceses y a otros europeos de mentalidad similar, es irracional suponer que les será dado defender su “modelo” contra la dura realidad económica con grandes manifestaciones callejeras y huelgas generales que sólo sirven para socavar las finanzas nacionales y por lo tanto hacen aún más precario el sistema cuya vida útil aspiran a prolongar. En cuanto a los estudiantes, lo lógico sería que sus organizaciones reclamaran reformas decididamente más ambiciosas que las planteadas por Sarkozy, pero sucede que les ha resultado mucho más tentadora la alternativa de aprovechar una oportunidad para protestar contra la temida desaparición del estilo de vida muy atractivo que para ellos es una parte irrenunciable del “modelo francés”. Como sus coetáneos griegos y españoles, se habían acostumbrado a creer que ellos también disfrutarían de las “conquistas sociales” logradas por generaciones anteriores en circunstancias muy distintas de las actuales. De todos los países europeos, Francia es el más propenso a verse convulsionado por esporádicos “estallidos sociales”, de los que el de 1968 sigue siendo el más famoso. En opinión de algunos analistas galos, podríamos estar en vísperas de una repetición de aquella revuelta histórica, pero hay una diferencia fundamental entre la Francia de hace cuarenta años y la de hoy. Desde entonces, Francia ha experimentado una profunda transformación demográfica debido al envejecimiento atribuible a una tasa de natalidad nativa bajísima y una mayor expectativa de vida, además de la incorporación de aproximadamente seis millones de inmigrantes reacios a integrarse de origen mayormente africano. Luego de la rebelión de mayo de 1968, Francia gozó de una larga etapa de crecimiento económico interrumpida periódicamente por crisis ocasionadas por el aumento abrupto del precio del petróleo y pudo continuar mejorando el “modelo” socioeconómico sin demasiadas dificultades. Debido tanto a los cambios demográficos que han puesto en apuros a todos los sistemas previsionales del Occidente desarrollado como a la irrupción estrepitosa en el orden capitalista de China y otros países asiáticos, es escasa la posibilidad de que los cuarenta años próximos resulten ser igualmente satisfactorios. Tal y como están las cosas, lo más probable es que se vean caracterizados por una serie de ajustes muy dolorosos, por el abandono de cada vez más “conquistas sociales” y por la desocupación “estructural” masiva que afecte principalmente a millones de jóvenes que se habían preparado profesional y anímicamente para un mundo mucho menos “competitivo” que el que está configurándose.


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