Delfina Angio: ella también marca el pulso gastronómico de Bariloche

Dejó una carrera exitosa en Buenos Aires para seguir un sueño. Viajó y volvió a escuchar una pasión que la acompañaba desde la infancia y, junto a su hermana, creó Casa Fauca, uno de los restaurantes con mayor identidad de la ciudad.

Redacción

Por Juan Manuel Larrieu



En la cocina de Casa Fauca no existen los silencios. Se escucha el golpeteo de los cuchillos, el vapor escapando de las ollas, las comandas que entran sin pausa y un equipo que se mueve con precisión. El salón está lleno y cada plato sale exactamente cuando tiene que salir.

En medio de ese caos perfectamente organizado, Delfina Angio sonríe. Cuesta imaginar que hace algunos años esa misma mujer pasaba sus días en una oficina de Buenos Aires. Había construido una carrera en Recursos Humanos, tenía un excelente sueldo y la estabilidad que muchos persiguen. Sin embargo, cada mañana sentía que algo no terminaba de encajar. “Había algo que no me completaba”, recuerda.


Hasta que un día tomó una decisión que cambiaría su vida: renunció, dejó atrás el mundo corporativo, viajó durante varios meses y se permitió escuchar una pasión que la acompañaba desde siempre.

La cocina estaba en los recuerdos de su infancia. En una casa donde cocinar era parte de la vida cotidiana, en una abuela de origen checo que preparaba recetas tan extrañas como inolvidables, en los ñoquis de los domingos de su mamá y en un padre que, entre risas, todavía asegura que “le pasa el trapo” cocinando. También en aquellas tardes de brownies con amigas mientras los adultos dormían la siesta.


Con el tiempo entendió que no era un hobby. Era el lugar al que siempre había pertenecido. Se formó profesionalmente en El Obrador, donde comenzó en pastelería y aprendió el valor de la precisión antes de encontrar en la cocina salada el espacio para desarrollar una identidad propia.

El proyecto empezó en una pequeña cocina de apenas dos metros por dos, armada junto a su hermana y con el apoyo de toda la familia. Allí nació primero Mi Piace y, años más tarde, Casa Fauca, el restaurante que hoy ambas conducen y que se convirtió en uno de los espacios gastronómicos más reconocidos de Bariloche.


Además de cocinar, Delfina asumió el desafío de emprender. Gestionar equipos, administrar un negocio, resolver problemas cotidianos y sostener un restaurante forman parte de una tarea que comienza mucho antes del primer servicio. Su historia también abrió camino: fue la primera chef mujer en convertirse en propietaria de su propio restaurante en Bariloche, en un ámbito que durante muchos años estuvo dominado por hombres.

El nombre Casa Fauca también habla de familia. Es un homenaje al caballo de la infancia de su padre y refleja el espíritu de un lugar cálido, donde cada detalle invita a sentirse como en casa. Su cocina tiene un profundo vínculo con la Patagonia. Truchas, corderos, hongos, frutos rojos, hierbas silvestres y productores locales son el punto de partida de una propuesta donde el territorio ocupa un lugar central.


“La Patagonia marca el ritmo de mi cocina”, resume. Para ella, un plato comienza mucho antes de encender una hornalla. Empieza en quien cultiva, pesca, cosecha o cría cada producto. Por eso sostiene que la gastronomía regional atraviesa uno de sus mejores momentos, aunque todavía tiene el desafío de consolidar una identidad propia y contar la historia del territorio a través de cada receta.

La profesión también tiene renuncias. Mientras muchos disfrutan de un fin de semana o de un feriado, ella suele estar detrás de una cocina. Pero hay un instante que justifica todo. Cuando el salón está lleno, el servicio encuentra su ritmo y un comensal se levanta de la mesa con una sonrisa. “Ahí entendés que todo valió la pena”. Cuando habla del futuro no piensa en premios. Sueña con trabajar una temporada en Japón para seguir aprendiendo, convencida de que un cocinero nunca deja de ser un aprendiz.


La historia de Delfina Angio demuestra que el éxito no siempre consiste en ascender dentro de una empresa. A veces comienza el día en que uno se anima a cambiar de vida, seguir aquello que lo apasiona y descubrir que la felicidad, después de todo, también podía cocinarse.




En la cocina de Casa Fauca no existen los silencios. Se escucha el golpeteo de los cuchillos, el vapor escapando de las ollas, las comandas que entran sin pausa y un equipo que se mueve con precisión. El salón está lleno y cada plato sale exactamente cuando tiene que salir.

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