Generosidad letal

Fue de prever que tendría consecuencias trágicas la buena voluntad de la mayoría de los europeos que quiere ayudar no sólo a los refugiados que están huyendo de las guerras que están desgarrando Siria y otros países del Oriente Medio sino también a los migrantes económicos procedentes de África. Al informar al mundo de que Alemania, lo mismo que Suecia, dejaría entrar a todos los sirios, la canciller Angela Merkel puso en marcha un éxodo que resultaría irrefrenable. Según la ONU, a pesar de las condiciones meteorológicas adversas, en octubre 218.000 personas atravesaron el Mediterráneo en busca de una vida mejor en el norte de Europa. Muchas –es imposible saber cuántas– murieron antes de llegar a Grecia o Italia, y decenas de miles más se encuentran a la intemperie en Serbia, Croacia, Eslovenia e incluso Austria, donde les espera un invierno sumamente riguroso. Mientras tanto, los gobiernos de los diversos países de la Unión Europea están tratando de resolver cómo atenuar el desastre humanitario ocasionado por la decisión de Merkel de convocar a los refugiados y migrantes económicos sin pensar en cómo ayudarlos a viajar hacia su país. Tal omisión puede entenderse: de haber ofrecido el gobierno alemán suministrarles medios de transporte, hubiera durado muy poco el entusiasmo que fue motivado por lo que casi todos tomaron por un gesto generoso que, entre otras cosas, sirvió para cambiar la imagen internacional de su país. Así y todo, al darse cuenta los alemanes de lo terriblemente difícil que les resultaría integrar a millones de personas de cultura ajena, la popularidad de Merkel ha comenzado a reducirse. Sus aliados de la Unión Social Cristiana bávara, además de muchos dirigentes de la Unión Demócrata Cristiana de la que es la jefa, acusan a la canciller de dejarse llevar por sus propios sentimientos sin darse el trabajo de prepararse para enfrentar el impacto que tendría la llegada de millones de personas resueltas a aprovechar lo antes posible una oportunidad acaso irrepetible para trasladarse a un país desarrollado, con servicios sociales avanzados y por lo tanto costosos. Los defensores de Merkel insisten en que sería imposible impedir el ingreso de los refugiados por medios pacíficos, de suerte que no le quedaba más alternativa que la de permitirles entrar. Puede que estén en lo cierto, pero sucede que hasta hace muy poco todos los países del mundo estaban dispuestos a defender las fronteras nacionales, de ahí la existencia de pasaportes, visas y otros documentos considerados imprescindibles. Anunciar de un día para otro, como en efecto hizo Merkel, de que no se aplicarían las exigencias tradicionales, desató un movimiento migratorio comparable a los que hicieron tan dramáticos los meses finales de la Segunda Guerra Mundial. Los migrantes mismos saben muy bien que tarde o temprano se restablecería el statu quo anterior, razón por la que tantos están apurándose para acercarse a Alemania y Suecia por los medios que fueran, a pesar de los riesgos que tendrían que enfrentar. Así, pues, se da el peligro de que el intento de la canciller alemana de atenuar una crisis humanitaria grave cause una mucho mayor, lo que a buen seguro sería el caso de producirse epidemias y muertos de hambre o hipotermia entre los atrapados en países balcánicos. Asimismo, no es ningún secreto que algunos presuntos refugiados sean islamistas, y sería asombroso que otros, al enterarse de que no les sería nada fácil ganarse la vida en sociedades tan avanzadas como las de Alemania y Suecia, no se radicalizaran tal y como ya han hecho muchos jóvenes criados en Europa que están combatiendo en las filas del Estado Islámico. Sentirse preocupados por tales eventualidades no es entregarse a la xenofobia, como dicen quienes están a favor de permitir el traslado de millones de personas del Oriente Medio convulsionado a los países más prósperos de la Unión Europea, sino reconocer que la convivencia requiere mucho esfuerzo por parte de todos. Lo entienden muy bien los gobiernos de países musulmanes como Kuwait y Arabia Saudita que, sin sentirse cohibidos por lo que en el Occidente se llama la corrección política, se han negado a abrir las puertas para que entren refugiados de otros países de cultura parecida porque, dicen, hacerlo provocaría muchos conflictos sociales.


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