Graciela Cros

Por Redacción

El híbrido es algo muy común ahora. A mí me interesa lo híbrido. Puede ser, el tango patagónico es totalmente posible. En este libro -«Cordelia en Guatemala»- está muy desarrollado el tema de lo híbrido. Y en los títulos de mis libros también se nota esa intención. Uno se llama «Flor azteca», éste «Cordelia en Guatemala», porque parte de mi trabajo es trabajar el artificio y Guatemala es un lugar artificial. Guatemala puede ser la Patagonia.

-«Flor azteca» y «Cordelia en Guatemala» son radicalmente distintos, aunque en ambos aparecen íconos culturales del rock. En uno Tom Waits y en el otro Elvis Presley.

-Sí, hacer la de Elvis, la boquita pastillera de Elvis. La frase alude a hacer la del adolescente porque Elvis es para mí la adolescencia. Es Cordelia la que hace la del adolescente, y sí, es una gran mixtura.

-Trae al escenario poético, una vez más, la transgresión y el «reviente».

-Sí, porque yo soy la reina del rock & roll. Mi generación es la que bailó el primer rock en la Argentina y en los concursos me ganaba el primer premio. Como era muy livianita todos me elegían y me revoleaban por el aire. Pesaba 38 kilos. El rock es mío. Elvis soy yo.

-Sus poemas me hicieron pensar en las letras de Jim Morrison.

-No las he leído.

-Con los años ha quedado el poeta.

-Es que la poesía perdura.

-El punto es que usted homenajea constantemente esa cosa de vivir con intensidad. Rompe con la idea del tonto solemne al que aludía Nicanor Parra.

-Sí, me acuerdo de lo que decía Parra, aunque no todos los poetas son solemnes. Los editores de Siesta son jóvenes de hecho. Y yo siempre tengo una actitud desafiante, no me gusta el lector pasivo. Me gusta molestar, incomodar. Mandé el libro a esta editorial sabiendo que ellos eran jóvenes y editaban a jóvenes. Lo mande con seudónimo y cuando leyeron el libro creyeron que se trataba de una poeta joven, luego al ver mi edad se sorprendieron.

-Personalmente la mayoría de los hombres y mujeres transgresores, poetas incluidos, que admiro son mayores de 80 años: Nicanor Parra, Joan Brossa, José Luis Sampedro, José Luis Aranguren, Ernst Junger y la lista es larga. Tengo entendido que cuando Brossa estuvo en la bienal de arte de Venecia, a propósito de un homenaje que le habían organizado, escuchó a dos jóvenes conversar sobre su obra. Uno le comentaba al otro que se trataba de una mujer y era alguien muy joven. Justo él, un hombre de más de 70 años, budista y pobre encima.

-Tal vez no tenga que ver con la edad sino con la cabeza. Cordelia le gustó a la gente y a los poetas y escritores. Elvio Gandolfo, a quien no conozco, y hace la página de literatura de «Noticias», quedó fascinado y lo recomendó como libro de la semana. Me dijeron que él y Guillermo Saccomano comentaron el libro en un viaje que hicieron buscando los orígenes de Manuel Puig en Coronel Villegas. A los dos les había gustado mucho «Hacer la de Elvis» porque también sentían un parentesco generacional con la historia.

-Elvis y Tom Waits representan cruces generacionales. Waits es vanguardia, Elvis un clásico.

-Sí, Waits está en uno de mis libros, uno del «95, creo. Pero no sé si es vanguardia hoy.

-Acaba de sacar dos discos al mismo tiempo.

-Ya se lo conoce bastante. Yo lo conocí leyendo primero su poesía y sus letras en una revista de poesía. Esteban Buch me lo mostró. Habló del 92-93, por ahí. La cuestión es que Cordelia le gustó a la gente que no maneja los códigos de los poetas y también a los poetas. Gustó, por ejemplo, en un festival internacional al que fui el año pasado y donde estaba Raúl Zurita, entre otros poetas muy importantes. Cordelia tiene una cosa teatral, escénica, podría ser representada porque habilita la imaginación del lector.

-Veo al novelista más implicado con el gusto del lector que el poeta. El poeta tiene carta libre en esto y puede ser más subjetivo. No piensa en vender ejemplares. ¿Qué opina de esto?

-Nosotros no tenemos esa obligación, es cierto. Pero creo que hay que ser amable con el lector y hay que tenerlo en cuenta aunque se trate de poesía. Una poesía muy cerrada exige del lector una cultura poética que por ahí no tiene y para llegar a disfrutar de ciertos textos debés leer previamente otros. No todos los lectores tienen esa cultura. Lo cierto es que uno escribe para uno mismo, es un lector idealizado, cuando estás escribiendo pensás en eso. A mí me gusta este tipo de trabajo que trabaja con la literatura misma, donde se destaca el artificio de la literatura. Por eso se habla de artefacto, de señuelo, no es un rapto emocional. Mastronardi dice: así como se construyen instrumentos para medir, se pueden construir instrumentos para sentir.

-Hace unos días estaba releyendo unas entrevistas que le hicieron a Michel Houellebecq. En una de las ellas le preguntan acerca de cómo es su acercamiento a la poesía.

-De él leí «Las partículas elementales».

-Este pensador francés plantea que la poesía consigue cosas que ninguna otra acción. En su caso particular, usted convoca al lector a través de recursos expresivos y por otra hace de la poesía una construcción real. En distintos momentos incita al lector: «Corre el riesgo», escribió.

-Sí claro, moverse es una parte fundamental de la vida. Entonces, cómo no se va a mover la poesía. Por eso es escénica y es dramática y puede ser presentada en escena. Por eso la presenté en un programa radial al aire, en vivo. Me interesa dejar en claro que yo no creo en el poeta inocente, aquel que no tiene conciencia de que está construyendo un artefacto literario. Eso en un nivel catártico lo acepto, es un improntus emocional, pero cuando hay intención literaria, cuando hay intención poética no hay inocentes, uno tiene la obligación de saber que está construyendo una entidad, estás construyendo algo y esa construcción tiene que llegar al otro de la manera más atractiva posible. En Cordelia, el hecho de que yo prepare un artefacto que sea atractivo para el lector no quiere decir que descubra todas mis claves. El libro tiene claves que solamente un lector tan atento como soy yo para con mi propia escritura y siguiendo toda la trayectoria de mis libros puede ir detectando. No las doy fácilmente, son eso, claves secretas. Me interesan los poetas que trabajan con estos sistemas de claves, me interesa Elliot. Por ejemplo, en un momento cuando digo John Cassavettes, ¿por qué lo hago?, ¿por qué mencionar a un tipo de cine en el medio de los otros que son poetas?

-¿Existe una interrelación entre la música y la capacidad de estructurar oraciones?

-¡Es así! Escribir sin desafinar. Estás planteando el ABC de la poesía. Esto ya ha sido escrito antes: decir con cinco palabras y no con diez lo que se puede decir con cinco. Hay que construir cada oración como si fuera una frase musical, respetando los acentos internos como con una frase musical. Eso se hace cuando se está leyendo. Yo hago correcciones de los textos en las lecturas públicas. Por eso en los talleres leemos en voz alta, ahí hacemos correcciones automáticas, es un fenómeno rarísimo. Es como que el ojo y la comprensión van antes que la voz. Hay talleristas que no leen lo que está escrito sino que cuando leen hacen las correcciones correspondientes. Cuando leo me doy cuenta de si esta sílaba sobra. Es música, es una cadencia, es música. (Juan) Gelman dice que un buen lector de poemas puede convertir en bueno un mal poema.

-Volviendo a las comparaciones con la novela. El que escribe novelas tiene casi la obligación de generar un estado de tensión. El poeta por su lado necesita revelar el estado puro de sus sentimientos. El novelista puede, y debe, mentir para construir la historia.

-Creo que en ambos casos la mentira es posible. El hecho de mentir es parte de la escritura, es que tenés que mentir sobre las cosas que conocés, Hemingway decía, y Raymond Carver lo repite, que hay que escribir sobre lo que uno conoce. En términos emocionales, no sólo de erudición, porque cuando hablás sobre cosas que verdaderamente no te representan el lector se da cuenta; aquí hay algo falso, piensa. Yo puedo inventar todo lo que hay acá dentro pero todo lo que digo es absolutamente verdadero. Es parte de mi construcción, de mi imaginario. Estoy mintiendo porque lo invento pero es mi imaginario, entonces es verdadero. La verdad y la mentira son como un capicúa en la poesía.

Claudio Andrade

candrade@rionegro.com.ar

HACER LA DE ELVIS

Tengo esta cara en primera persona

A la que mojo y unto con distintas

Sustancias

Y sin embargo ella

Permanece asfixiada

TRISTE

Fumo con ansiedad e imprudencia

Extremas

Y a veces

La insensatez

INSENSATEZ

De esta cuestión

Me alarma un poco

Mis compañeras

Las mujeres

Se preocupan

Porque no doy en el clavo

Porque no acierto en el vivir

Ponen ejemplos y exageran

Los detalles macabros

En su intención didáctica

No entienden

NO ENTIENDEN

Esas cultoras de la consolación

(Su adocenada estética)

Que me sienta perdida

PERDIDA

En la inmediatez de este fin de siglo

NO ENTIENDEN

Ocupadas Como están

En cuidar la verdad de sus mentiras

Que ya no pueda

Que ya no pueda

¡AY!

QUE YA NO PUEDA HACER LA ELVIS

El camionero de Memphis

dispara voz de vago melocotonero

Canta Trouble

Mostrándome el señuelo

De su gorda boquita pastillera

Y mi silla de ruedas lo registra

Con un temblor lascivo de metales

Intento levantarme

Dar un paso

Y me desmayo

Hundiéndome en el mar

ROJO

Ha subido la sangre de nivel

Y en el recinto

Su oleaje choca contra él

DRAMA

Entonces llegan obreros de la salud

Y me atienden:

¿Quién es esta mujer?

¿Por qué nadie la asiste?

Preguntan los sensibles

Con sonrisa de perdedores

Se ha corrido la voz

Y la gente

Agolpada en la puerta

Cree ver un milagro

En esto de la

SANGRE

Ese mar provisorio