Hinduismo de pacotilla



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TOMÁS BUCH (*)

En la mayoría de las religiones hay una tendencia mística, más o menos oculta y reprimida, que tiende a establecer una relación personal de cada individuo con la divinidad, lo sagrado. Es inútil entrar en el debate acerca de si este “entrar en una relación personal” implica una verdadera experiencia trascendental o si se trata, simplemente (¡no tan simplemente!), de la inducción de un estado alterado de conciencia, en el que una dicha absoluta y un sentimiento de amor se relaciona con una convicción profunda de “entender de qué se trata”. No quiero entrar aquí en la discusión de fondo: ¿es esta experiencia un real contacto con lo supremo, o sólo la emisión de endorfinas? Este estado recibe nombres diversos en cada religión, porque las interpretaciones son también diferentes. Para los cristianos, es la experiencia del “Espíritu Santo”. Los hindúes lo llaman “samadhi”; los budistas, “iluminación”. Hay diversas maneras de alcanzar este estado, muchas de ellas requieren años de práctica de técnicas yóguicas, entre las cuales la respiración (“pranayama”) suele jugar un papel esencial, así como es posible inducir estados alterados de conciencia hiperventilando, es decir, oxidando el organismo más de lo habitual por un jadeo, que induce cierto mareo, como todos hemos experimentado alguna vez, voluntariamente o no. Los sufís musulmanes obtienen esta condición mediante una danza desenfrenada. Para los yoguis, el pranayama es sólo la primera fase de un largo proceso. La meditación consiste en detener el pensamiento, ese chicharreo constante que nos impide, a veces, pensar en un tema concreto. La meditación logra detener ese chicharreo concentrando la atención en un punto: la respiración, una palabra (“mantra”), de modo de traer el pensamiento de vuelta a ese punto cuando inevitablemente se escapa hacia cualquier lado. La doctrina hinduista parte de aquí para alcanzar la iluminación por diversos medios: la concentración en el amor hacia un maestro (sería el camino del cristianismo y la fijación en un maestro espiritual, como pretende serlo Ravi Shankar), la comprensión intelectual (judaísmo), el pranayama junto a ciertas posturas corporales que, según la doctrina, movilizan ciertos centros corporales (raja yoga), etc. cada religión tiene sus propias tecnologías de la iluminación. En la mayoría de las religiones, esta búsqueda requiere la tarea de una vida y es desestimulada o aun reprimida fuertemente por las jerarquías eclesiásticas porque demuestran su carácter, sea parasitario, sea tranquilizador de una conciencia sucia. En cada caso, se debilitan la influencia política y el poder de la casta sacerdotal. Hasta fines del siglo XIX las religiones orientales eran casi desconocidas en Occidente. Luego vinieron grandes maestros como Sri Ramakrishna y Swami Vivekananda a enseñar algo de su saber a los occidentales, que dominaban a Oriente económicamente pero no entendían nada de su cultura. Antes de eso, hubo la Teosofía, un movimiento confuso que quiso integrar Occidente con Oriente y acabó en la charlatanería que más tarde se difundió por nuestra cultura en formas cada vez más deformadas. El yoga se transformó en una forma de gimnasia, la meditación en una manera de alcanzar un rato de tranquilidad sin abandonar ninguna de las agitadas actividades de la vida en un ambiente cada vez más competitivo, en un gran negocio para algunos que supieron aprovecharlo y un chupete para adultos que les ayudaba a aguantar el ritmo absurdo de sus vidas y no pensar en que “otro mundo es posible”. Ahora vino Ravi Shankar (sri = santo, así que RS es doblemente santo…). No es casual que venga de la mano de Macri, porque todos estos gurúes predican que la única salvación posible es la individual y que la sociedad no tiene objetivos en tanto que tal, sino que es un conjunto de individuos, cada uno lanzado al mundo en función de sus vidas anteriores y que sólo puede salvarse, como individuo, mejorando su karma. “Salvarse”, además, no tiene ningún sentido más allá de sentirse lo mejor posible en un mundo que algunos de estos gurúes prometen rescatar de una catástrofe casi inevitable por el camino que llevamos, de maneras más o menos mágicas pero nunca por una comprensión y una acción colectiva. Esas promesas se suelen diluir y olvidar, mientras los gurúes disfrutan de todo el bienestar de la vida occidental en su versión opulenta. Buda era un príncipe, pero cuando alcanzó la iluminación dejó sus posesiones y se dedicó a ser aquel que mostraba el camino, uno de los numerosos que hubo. Y aun el budismo degeneró en adoración de los muñecos y otras formalidades, salvo en aquellos pocos de los que no se habla, o se habla mucho sin entender nada, como el budismo zen. La sociedad en que vivimos nos hace sentir mal, aislados del otro, violentos porque nos sentimos mal, hundidos en un egoísmo doctrinario reforzado por lo que vemos a diario, reforzado por una televisión que nos muestra sólo el mal. Y cuando alguien, metido hasta el cuello en el sistema del cual no logramos liberarnos, viene a ofrecernos un poco de tranquilidad, no nos negamos a pagar cientos. Y si viene rodeado del halo de un nombre hindú, tanto mejor. Pero un verdadero maestro da por amor y no por dinero. (*) Físico y químico


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