Histeria gubernamental
De haberse propuesto el gobierno convencer a la gente de que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner tocó tierra en las Seychelles por razones inconfesables, habría hecho lo que en efecto hizo al reaccionar de manera tan histérica ante las acusaciones en tal sentido que formuló el periodista Jorge Lanata. En vez de limitarse a aclarar ciertos detalles de la visita de Cristina a las islas del océano Índico a fin de hacer pensar que no había sucedido nada raro, el secretario general de la presidencia, Oscar Parrilli, difundió una diatriba extensa en la que calificaba a Lanata de, entre otras cosas, “asesino mediático” que se dedica a “generar odio contra la presidenta” con mentiras crueles y, para colmo, se ensaña con Néstor Kirchner, quien “ya no puede defenderse”. De tal modo, el funcionario se las arregló para asegurar que el episodio tuviera una gran repercusión internacional que, huelga decirlo, no benefició en absoluto a Cristina. Por el contrario, a juicio de muchos, la virulencia extrema del ataque sólo sirvió para confirmar que la presidenta sí tenía motivos de sobra para no querer que otros se enteraran de lo que hacía en un paraíso fiscal notorio, además, claro está, de llamar la atención a la pésima relación del gobierno con los medios de difusión no oficialistas. Como es conocido, en una serie de programas televisivos, Lanata ha procurado mostrar que el matrimonio Kirchner y ciertos empresarios de la siempre embrionaria “burguesía nacional” se han enriquecido enormemente por métodos ilícitos, apropiándose de cantidades astronómicas de dólares o euros que atesoran en bóvedas ocultas o envían a aquellos lugares en el exterior en que se encuentran entidades financieras habituadas a ayudar a los deseosos de ocultar partes de sus patrimonios mal habidos. Hasta ahora, han fracasado todos los esfuerzos oficiales por probar definitivamente que las acusaciones son falsas, que se trata de un relato maligno inventado por razones políticas y comerciales. Aun cuando resulte que la breve estadía de Cristina en Seychelles no tuviera nada que ver con su presunta voluntad de llevar a cabo algunos trámites financieros, es evidente que cualquier alusión al tema ocasiona pánico en la Casa Rosada, de ahí el comunicado insólito y, desde luego, contraproducente, que fue emitido por la Secretaría General de la Presidencia. De tomarse en serio las afirmaciones oficiales, todas las denuncias relacionadas con la corrupción son producto de una camarilla de golpistas encabezadas por el CEO del grupo Clarín. Es factible que algunas acusaciones carezcan de fundamento, pero mientras el gobierno no consiga refutarlas con evidencias un tanto más contundentes que la ensayada por funcionarios como Parrilli, habría de suponer que, en términos generales, se justifican las sospechas de quienes están procurando desde hace años obligar a miembros del gobierno a rendir cuentas ante la Justicia por la evolución extraordinariamente positiva de sus patrimonios particulares. ¿Es golpista o “destituyente” preocuparse por las prácticas corruptas atribuidas a las máximas autoridades nacionales? Acaso lo sea desde el punto de vista de los convencidos de que el poder, sobre todo si se basa en la voluntad mayoritaria, debería conferir impunidad a integrantes del gobierno y sus socios, pero sucede que, en teoría por lo menos, la Argentina es una república democrática en que les corresponde a todos, en especial a los funcionarios más encumbrados, someterse plenamente al imperio de la ley. Mal que les pese a ciertos kirchneristas, y también a los muchos políticos opositores que quisieran no verse constreñidos a tomar medidas que podrían tener consecuencias traumáticas en los años próximos, tarde o temprano será necesaria una investigación exhaustiva de las muchas denuncias de corrupción en gran escala que han formulado no sólo periodistas como Lanata sino también legisladores no oficialistas y ciudadanos privados. Es de esperar que, cuando llegue el momento, la presidenta y otros que han sido blancos de acusaciones sumamente graves cuenten con defensores que sean un tanto más sofisticados que Parrilli que, con el propósito de descalificar y, es de presumir, intimidar a Lanata, sólo ha logrado brindar la impresión de que el gobierno se sabe tan culpable como dicen sus críticos más vehementes.
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