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A juzgar por las encuestas de opinión de los meses últimos, en las próximas elecciones Ricardo López Murphy cosechará por sí sólo mucho más votos que todos sus ex correligionarios radicales reunidos, de suerte que no le habrá preocupado demasiado el que Raúl Alfonsín, dirigente que acaso sea en la actualidad el «piantavotos» más notable de todos los integrantes del elenco estable nacional, se haya negado a apoyarlo por motivos ideológicos. Lo que sí debería motivarle cierta inquietud, en cambio, es la insistencia tanto del ex presidente como de muchos otros de calificarlo de «neoliberal», insinuando de este modo que nada le complacería más que someter al país a una dosis de «capitalismo salvaje» que depauperaría a millones más y enriquecería a un puñado de financistas. Se trata de una caricatura maliciosa -según criterios más objetivos que los utilizados por los alfonsinistas, López Murphy podría militar sin dificultades en el laborismo británico o incluso en el socialismo español, movimientos que están bien a la izquierda de la UCR-, pero en el corto plazo por lo menos la idea de que representa una variante muy feroz del capitalismo no puede sino ocasionarle problemas en un país en el que tantos están acostumbrados a atribuir sus males a la hipotética hegemonía intelectual de un credo exótico llamado «neoliberalismo».
Aunque es probable que Alfonsín crea en su propio discurso, muchos otros se oponen a López Murphy no tanto por las propuestas económicas que suele plantear con contundencia a veces alarmante, cuanto por la conciencia de que si un día llega al poder se pondrá en seguida a desmantelar el corrupto esquema corporativo en el que se apoya el orden político existente. En efecto, la razón principal por la que la clase política en su conjunto quiere luchar contra el capitalismo moderno tiene menos que ver con sus eventuales reparos ideológicos, que con el temor a perder las fuentes de financiamiento de los diversos aparatos partidarios. Si bien cuando los populistas locales hablan de las bondades del estatismo moderado es habitual que aludan a los ejemplos brindados por países como Suecia o Francia, saben que aquí el Estado ha sido colonizado por ellos mismos y que lo han convertido en una inmensa maquinaria que les sirve para repartir sinecuras entre sus familiares o allegados y favorecer a los empresarios amigos dándoles préstamos privilegiados que no tendrán que devolver con tal que aporten a las campañas de sus benefactores. Si bien ciertas características de este sistema fueron modificadas por el gobierno del ex presidente Carlos Menem, éste nunca pensó en desarticularlo por completo, con el resultado de que el país ha padecido a un tiempo tanto los rigores del capitalismo parcialmente desregulado, como los perjuicios todavía más dolorosos provocados por el populismo burocrático, prebendario e inenarrablemente corrupto que lo ha dominado durante muchas décadas. Como es natural, los políticos consustanciados con el viejo orden han achacado al «liberalismo» todas las penurias causadas por el colapso del híbrido con el propósito de desviar la atención de los trastornos fenomenales que han sido ocasionados por su propia conducta.
A pesar de todo lo sucedido a partir de mediados del año pasado, los comprometidos con la Argentina que fue creada por el populismo han podido defenderse haciendo pensar que el colapso no se debió a sus propios errores sino al apego insensato de una pequeña minoría a una variante perniciosa del capitalismo. Aunque buena parte de la ciudadanía parece dispuesta a repudiar a los representantes del populismo, por ahora relativamente pocos han cuestionado las ideas y actitudes en las que descansa el corporativismo «partidocrático». Por dedicarse a esta tarea esencial, López Murphy se ha visto satanizado como un fanático «neoliberal», o sea, un ultraderechista que no vacilaría en sacrificar al pueblo en nombre de una teoría extremista. Puede que andando el tiempo el ex radical consiga eliminar los prejuicios que sus adversarios han movilizado en su contra para que, por fin, los «dirigentes» acepten debatir los problemas económicos nacionales con mayor realismo sin ocultar sus auténticas intenciones detrás de consignas vacías, pero mientras la ciudadanía no los obligue a hacerlo continuarán aferrándose a la retórica tradicional.