Jueces del fútbol
césar b. lópez meyer (*)
El fútbol es una pasión de multitudes, más civilizada pero similar a la que otrora despertaba el circo romano, que ha adquirido destacada importancia sociológica a nivel mundial, aunque haya comunidades que registren el fenómeno con mayor intensidad que otras y tal vez queden algunas que todavía no se han contagiado. Por cierto, aun donde el fútbol se ha arraigado, suele observarse desde fanatismo irracional hasta aborrecimiento o absoluta indiferencia. Pero parece indiscutible la conveniencia de que esta práctica social y deportiva se desarrolle dentro de marcos éticos y normativos que faciliten la convivencia pacífica de los seres humanos en comunidad, en consonancia con el “juego limpio” que predica la FIFA aunque muchos de sus dirigentes parecen comprometidos con maniobras no tan pulcras. Entre otras medidas, es necesario resolver el problema de los errores arbitrales que, por arte y magia de la televisión, se hacen cada vez más elocuentes. Seguramente desde siempre los árbitros se han equivocado tanto como ahora se ve con claridad meridiana y resulta imposible exigirle perfección a un ser humano, máxime en circunstancias dinámicas o vertiginosas que dificultan la apreciación. Me refiero al error que como tal es involuntario, pues los que se “equivocan a sabiendas” simplemente hacen trampa. Pero unos y otros hoy pueden ser auxiliados y/o controlados con la ayuda de la tecnología, como pregonan muchas voces. Sería de esperar que todo juez y sus colaboradores inmediatos, cualquiera sea el ámbito de sus funciones, tuvieran la posibilidad de obtener la mejor información para poder resolver con imparcialidad, de manera eficaz y equitativa. A dicha aspiración no escapan los árbitros del fútbol. Pero la televisión, que permite advertir y confirmar el error casi de inmediato, no está a disposición de los mismos, mientras que multitudes de espectadores disfrutan (y padecen) las alternativas de los eventos mejor informados que los propios jueces. Antes se podía admitir con mayor facilidad que el error arbitral fuera parte del juego, pero hoy es cada vez más difícil tragarse ese sapo. Es que hay demasiado en juego, incluyendo respetables intereses laborales de los protagonistas, complicadas situaciones económicas de las instituciones, inusitadas reacciones de barras bravas a las que a veces se suman otros simpatizantes, etcétera. La misma televisión que muestra claramente el error debiera servir para ayudar a los falibles jueces a sancionar lo correcto ante cientos y hasta millones de televidentes que suelen tener inmediata certeza sobre la injusticia de muchos fallos que a veces tienen consecuencias muy trascendentes, desde dejar a un equipo en inferioridad de condiciones hasta privarlo de ganar un torneo, obtener una clasificación o evitar la pérdida de categoría. Si la mera derrota deportiva genera en algunos violencia desmesurada irracional, es obvio el efecto propalador derivado de la sensación de injusticia, aunque ello resulte injustificable. Lamentablemente, hay quienes festejan hasta los triunfos con actos vandálicos. Se pueden mejorar mucho los arbitrajes y el cumplimiento de las reglas del juego limpio si se dispone que un juez principal (más jerarquizado) observe los monitores en la tribuna y le pueda dar indicaciones al juez del campo de juego. Se perdería menos tiempo que el que insumen muchas escenas de protestas y sería mucho más efectivo. Si la repetición de imagen no aclara la contingencia, mandará la percepción del juez de campo. Los árbitros más experimentados, que por razón de la edad ya no están en condiciones físicas de desarrollar la actividad en la cancha como hasta ahora, bien podrían desempeñarse en un costado, tras los monitores, corroborando o no las decisiones del juez que está adentro del campo e inclusive hasta podrían tomar o sugerir medidas disciplinarias con posterioridad a la finalización de un encuentro. El público y los jugadores confiarían más en los fallos y, además, éstos se sabrían mejor controlados y se cuidarían con mayor esmero de incurrir en conductas antideportivas y desleales. Los infaltables agarrones en las áreas serían fácilmente sancionados y en poco tiempo los futbolistas tendrían que adaptarse a un nuevo deporte espectáculo más leal, controlado y humanizado. Sus físicos estarían más preservados y la habilidad, mejor garantizada. La infracción descalificante que no vieron ni el árbitro ni los jueces de línea pero que se aprecia con evidencia en la televisión tendría sanción. La expulsión injusta sería revocada al instante. La posición fuera de juego sería casi siempre precisada o descartada con seguridad. El gol podría ser convalidado o no con razonable certeza. Y todo ello sin mucha más interrupción del juego de la que ahora sucede, siempre compensable con tiempo adicional. Inclusive podría preverse que el juego se detenga para la consulta sólo en situaciones de importancia, como goles, penales o expulsiones, sin perjuicio de que en los demás casos, pese a que sigan las acciones, se imparta instantes más tarde la indicación precisa (por ejemplo, corresponde expulsión no advertida por el juez de campo). Vale decir, con tolerancia de los errores de poca trascendencia. Seguramente una aplicación más precisa de las reglas del fútbol beneficiará el espectáculo, a los protagonistas, a las instituciones y a los espectadores, relativizando las polémicas, aunque nunca serán totalmente erradicadas, y atemperando las reacciones. Por cierto, la televisión también ayuda para una adecuada sanción a los espectadores que realizan acciones delictivas o contravencionales, pero ésa ya es una cuestión que también depende de otros jueces y funcionarios. Una aplicación más severa de las normas legales a los revoltosos seguramente coadyuvaría para que las familias puedan concurrir a los estadios con mayor tranquilidad. Claro que el reglamento deportivo y las demás normas que se aplican deben adecuarse a las reglas de la experiencia, del sentido común y de la lógica. Así, por ejemplo, las acciones de algunos infradotados no debieran acarrear sanciones en perjuicio de jugadores, clubes, empresas o espectadores ajenos a su comisión, que por la propia acción ilegítima de aquéllos frecuentemente ya sufren perjuicios, sean deportivos, emocionales y/o patrimoniales, cuando no lesivos de la integridad psicofísica, o inútiles pérdidas de tiempo, como soportar la espera de que un émulo de mono se baje del alambrado perimetral. (*) Juez de Cámara