La apuesta estadounidense

Lo entiendan o no los votantes norteamericanos, no hay garantías de que los años próximos sean tan tranquilos como esperan.

Por Redacción

Puesto que la presidencia de los Estados Unidos es el cargo electivo más importante del planeta y que quien la ocupa está en condiciones de incidir en el futuro de todo el género humano, sería de suponer que los norteamericanos harían lo posible para asegurar que el sucesor de Bill Clinton sea una persona sumamente capaz, con mucha experiencia. Sin embargo, ocurre que el proceso político de la superpotencia nunca ha privilegiado a los más idóneos. A la hora de elegir a sus líderes, los escasos norteamericanos que se toman el trabajo de votar suelen preferir a individuos a su juicio «comunes» o «normales» por encima de los claramente dotados, de ahí la popularidad sorprendente del republicano George W. Bush, un hombre al parecer muy amable pero llamativamente ignorante. Aunque es evidente que su rival, el actual vicepresidente Al Gore, está más preparado y es muchísimo más inteligente que el hijo del ex presidente George Bush, su superioridad intelectual ha resultado ser una desventaja, mientras que su hábito incorregible de mejorar los hechos parece haber convencido a sus compatriotas de que no es de fiar. Por eso, es bien posible que el martes Bush, el candidato opositor, triunfe sobre uno de los presuntos responsables de dar a los Estados Unidos ocho años de bonanza económica en los que se ha ampliado todavía más la distancia que los separan de todos los demás países de la Tierra. Peor aún, desde el punto de vista de Gore, los más concuerdan en que de ser Clinton el candidato se anotaría una victoria apabullante.

¿Por qué parecería que los norteamericanos podrían estar por elegir a un político de pocas luces para que guíe los destinos no sólo de su país sino también, si bien en forma indirecta, del mundo entero? Acaso porque la gestión de Clinton, los disgustos ocasionados por sus nada elegantes aventuras sexuales no obstante, ha sido tan exitosa que la mayoría cree que la edad de las grandes crisis ya queda atrás, que de ahora en adelante la tarea principal de sus gobernantes consistirá en administrar la opulencia. Aunque los ingresos reales de una proporción abultada de la población norteamericana no han aumentado del todo en los lustros últimos, el espectáculo brindado por el enriquecimiento de los demás ha sido tan impresionante que incluso los rezagados, muchos de ellos inmigrantes recientes, se sienten confiados en que los buenos tiempos continuarán. Si resulta que tienen razón, la eventual elección de Bush, un hombre al parecer moderado y bien intencionado, no cambiaría mucho para los norteamericanos aun cuando su aislacionismo instintivo tuviera repercusiones negativas en zonas conflictivas pendientes del poder estadounidense como los Balcanes, el Medio Oriente y Corea. Pero, lo entiendan o no los votantes norteamericanos, no existe ninguna garantía de que los años próximos resulten ser tan tranquilos como esperan.

Las semanas previas a las elecciones norteamericanas han producido muchos presagios ominosos que hacen pensar que el sucesor de Clinton, es decir, de un presidente de capacidad realmente excepcional, tendrá que afrontar una multitud de problemas sumamente difíciles. En el exterior, le esperan situaciones que podrían resultar ser peligrosísimas en el Medio Oriente, en Colombia, en la península de Corea y en la relación con China, además, hay que suponer, de algunas nuevas que no se han previsto. Asimismo, en el frente interno es por lo menos factible que el gran «boom» norteamericano, el cual ha sido impulsado por un frenesí bursátil que hace recordar aquel de los años veinte antes de que el desplome de las acciones inaugurara la Gran Depresión y por una propensión para otros incomprensible a endeudarse, finalmente llegue a su fin y que el «aterrizaje» sea todo menos suave. En tal caso, tanto a los norteamericanos mismos como a los demás les convendría que el presidente fuera una persona un tanto más dotada y más experimentada que Bush, razón por la cual muchos se sentirían aliviados si a pesar de lo que dicen las encuestas el triunfador resultara ser Gore, un político sin encanto pero de capacidad reconocida que por lo menos entiende que el mundo dista de ser un lugar idílico en el que con trabajo, buena voluntad y un poco de suerte todo saldrá bien.