La cháchara deportiva




Los ineptos dudan, y las consecuencias lamentablemente las pagan los expertos que se los tienen que fumar. Las dudas provocan fallos, la seguridad experiencia. Y los cobardes ineptos dubitativos provocan expertos experimentados lesionados”, es el enigmático mensaje que escribió en Twitter Eliana Guercio, esposa del arquero Sergio Romero. Hay que estar muy en tema para entender que se trata de una queja porque Romero fue excluido de la selección que defenderá los colores patrios en Rusia en pocos días más.

Otra protesta por las decisiones del DT Jorge Sampaoli la publicó la esposa de Mauro Icardi, la muy mediática Wanda Nara. Como Icardi tampoco jugará en el Mundial, su mujer cuestionó al DT. “Y bueno, cuando se vaya Sampaoli ya tenemos directora técnica”, ironizó un usuario en Internet.

A las mujeres de los futbolistas alguien las bautizó, con visible desdén, como “botineras”, y hasta este Mundial no habían sido más, ni menos, que las glamorosas compañeras de deportistas multimillonarios cuyos éxitos en la cancha colman de felicidad a los fanáticos del fútbol, que vendría a ser casi toda la humanidad, menos una ínfima parte de tristes personas entre las que me incluyo.

Pero también otros familiares de los jugadores se han pronunciado contra el técnico Sampaoli. El padre del arquero Nahuel Guzmán caricaturizó al técnico porque su hijo había quedado fuera de los 23 seleccionados. Cuando Nahuel fue llamado entre los elegidos, Jorge Guzmán, su arrepentido y finalmente conforme papá, tuvo que correr a aclarar que la caricatura “no tuvo resentimiento”. Y todos en paz.

O más o menos en paz, porque el campeonato futbolístico del mundo se ofrece como la oportunidad histórica de batallar por la gloria y, si es posible, eliminar al adversario y, claro, ganar. No por nada se habla de gesta deportiva y se asimila a los futbolistas con heroicos combatientes ungidos para la epopeya. Javier Mascherano no pudo decirlo mejor: “Soy un soldado que va directo a morir; ésta es mi última batalla”. “Luchar en justa varonil/ luchar con ansia juvenil/ y para la raza/ conseguir el ejemplar/ del porvenir. Luchar/ luchar para triunfar/ luchar y nunca desmayar/ alentando siempre/ la esperanza de imponer/ la divisa: ‘Vencer y vencer’”, dice el himno argentino al deporte, por suerte ya olvidado, con letra de Antonio Botta y música de Francisco Lomuto.

Se vienen días difíciles para los (menos) y las (más) que podemos vivir sin el fútbol. Aunque, la verdad, ya es imposible escapar a lo que describió Umberto Eco en un artículo del libro “La estrategia de la ilusión” y que llamó “La cháchara deportiva”: una definición cáustica del discurso enunciado por periodistas y aficionados al deporte.

No es que Eco odiara el deporte; lo consideraba una práctica saludable y se apasionaba por el fútbol. Como semiólogo, su visión crítica se posa sobre el deporte en tanto espectáculo -“voyeurismo deportivo”, dice- y respecto del cual se produce y reproduce, como en círculos concéntricos, un discurso que refiere a otro discurso. Estaría primero el de la prensa deportiva, comentado luego por los aficionados, que promueven a su vez otro comentario y, así, hasta la saturación.

“El deporte como práctica –dice Eco- ha dejado de existir, o sólo existe por razones económicas (porque es más fácil hacer correr a un atleta que rodar una película con actores que finjan correr): sólo existe la cháchara sobre la cháchara deportiva”.

Es ese ruido constante, esa cháchara, que zumba meses y aun años antes de cada Mundial lo que amenaza la serena indiferencia de quienes quedamos fuera del fervor deportivo. Imposible sustraerse. No hay refugio. Si todo el año los programas periodísticos de radio y televisión cuentan con “el ritual verbal” de los especialistas en deportes, en las vísperas del campeonato mundial los pormenores más insignificantes de los arrabales del fútbol llegan a ser el único tema de una conversación a escala planetaria.

“Y puesto que la cháchara sobre el deporte –dice Eco- proporciona la ilusión de interesarse en el deporte, la noción de hacer deporte se confunde con la de hablar de deporte: quien parlotea sobre el deporte se cree deportivo, sin advertir que no practica deporte alguno. Así no se da cuenta siquiera de que no podría practicarlo, porque el trabajo que hace, cuando no parlotea, lo debilita y le resta la energía física y el tiempo que serían necesarios para practicar un deporte”.

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Es ese ruido constante que zumba meses y aun años antes de cada Mundial lo que amenaza la serena indiferencia de quienes quedamos fuera del fervor deportivo. Imposible sustraerse. No hay refugio.

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