La China se mueve
No se trata de un nuevo Chernobil -aquel desastre nuclear que tanto desprestigió al régimen soviético que desató la serie de acontecimientos que culminarían con el colapso de una superpotencia en buena medida ficticia -, pero la epidemia de neumonía atípica o SARS ya ha tenido un impacto político notable en su país de origen, la China. Finalmente convencida de que no le sería dado seguir ocultando la verdad acerca de las dimensiones asumidas por la epidemia, la dictadura comunista obligó a renunciar al ministro de Salud Pública y al alcalde de Pekín por no haber difundido los datos auténticos. Además, el régimen permitió que la televisión local transmitiera a todo el país una conferencia de prensa organizada a fin de pedir disculpas a la población y también al resto del mundo por su conducta engañosa.
En una democracia, la destitución de funcionarios por haber intentado encubrir los hechos sería rutinaria, pero en una dictadura como la china constituye toda una novedad porque, al fin y al cabo, el sistema mismo se basa en la noción de que sólo las autoridades tienen derecho a saber lo que está ocurriendo, mientras que corresponde a los demás confiar en su sabiduría superior. Por lo tanto, no le es fácil en absoluto confesar haberse equivocado, razón por la que a las dictaduras totalitarias les es habitual seguir insistiendo en reivindicar la veracidad de las mentiras más grotescas por entender que cualquier señal de falibilidad podría resultarles mortal. Así las cosas, la iniciativa del gobierno chino podría tener consecuencias mucho más significantes que las ocasionadas por el virus mismo. Ya que los chinos han sido informados sobre la escasa confiabilidad de los anuncios oficiales en relación con la epidemia de neumonía atípica -dicen ahora que de los casi dos mil casos registrados en el país han muerto ochenta -, no podrán sino preguntarse acerca de la veracidad de otros datos supuestamente reales pero con toda probabilidad falsos como los correspondientes al desempleo, a la inflación y al crecimiento económico. Para una dictadura totalitaria, la duda es un virus muy peligroso porque impulsa el debate y de este modo estimula la voluntad de pensar en alternativas distintas de las consagradas por el régimen.
Lo mismo que los jerarcas soviéticos, los comunistas chinos saben muy bien que sin libertad el progreso económico es casi imposible: en este terreno intentar sustituir el mercado por una burocracia es suicida. Con todo, a diferencia de sus ex correligionarios soviéticos, los chinos han intentado liberalizar la economía manteniendo una dictadura política y cultural, una fórmula que claramente tiene más que ver con la aplicada por el régimen chileno de Augusto Pinochet que con el marxismo cuya esencia consiste en la convicción de que en última instancia todo depende del sistema económico imperante. Por lo pronto, la esquizofrenia así supuesta ha brindado buenos resultados: aun cuando las estadísticas oficiales se hayan debido mucho a la imaginación de funcionarios resueltos a hacer creer que han alcanzado las metas ambiciosas fijadas por sus jefes, es evidente que la economía china ha crecido muchísimo a partir de los años ochenta. Sin embargo, al surgir en China una nueva clase media que no es tan distinta de sus equivalentes de otros países, la deferencia servil tan típica de pueblos acostumbrados a ser gobernados por tiranías está viéndose remplazada por la voluntad de disentir, lo cual ha planteado un dilema espinoso a quienes en teoría siguen fieles a las eternas verdades del Partido Comunista: si se resignan a permitir el disenso podrían ayudar a la economía a continuar creciendo a un ritmo impresionante pero correrían el riesgo de ser barridos por un huracán de cambio desatado por la democratización; si deciden priorizar sus propios intereses personales, la economía podría estancarse privando a su país de la posibilidad de erigirse pronto en una nueva superpotencia. Según parece, el gobierno, gracias en buena medida a las presiones supuestas por la globalización que a su vez es fundamental para el progreso económico, se inclina más por el primer curso que por el segundo, lo que, de confirmarse, significará que la China podría estar por probar nuevamente el camino accidentado y con toda seguridad peligroso de la democratización.