La deuda ecológica, peor que la financiera
TOMÁS BUCH (*)
El fallo de la “Justicia” estadounidense nos debe enseñar unas cuantas cosas y una de ellas es que no se puede vivir de deudas. Durante la dictadura cívico-militar y la época menemista, el país se endeudó de una manera tal que resultó imposible de pagar, declaramos eso al mundo y logramos que los acreedores admitieran cobrar, aunque sea, una parte. Los especuladores puros, llamados buitres a pesar de que a algún economista ortodoxo eso no le guste, quienes viven, como los buitres normales, de los despojos de otros depredadores, han ganado una vez más y somos los 40 millones de argentinos los que deberemos pagar por una deuda criminal, totalmente dilapidada o robada por quienes no estarán nunca ante la Justicia. Hay antecedentes: el presidente Avellaneda dijo en 1873 que “la Argentina honrará sus deudas aunque sea sobre el hambre y la sed de los argentinos”. Es poco probable que él haya sufrido esa hambre y esa sed. Pero nuestro tema de hoy no es esa deuda externa, en pesos, en libras esterlinas o en dólares. Es la manera en la que estamos devorando nuestro planeta. Cada año consumimos más recursos naturales. Los que no son renovables alguna vez se acabarán y qué haremos después, no lo sabemos. Esto incluye los combustibles fósiles, aunque el ataque a los “no convencionales” nos han salvado por ahora, aunque fuera a un precio ambiental imposible de calcular y aun de prever. Pero algún día, también éstos se van a terminar, aunque, tal vez, la humanidad como la conocemos podría extinguirse antes. Pero los renovables se están haciendo no renovables. Me explico: el mar tiene peces que pescamos y comemos. Cada año pescamos cierto número de millones de toneladas de las especies que nos gustan. Pero esos que nos gustan no son infinitos, aunque se reproducen y logran una nueva redada de pescados todos los años. Pero si capturamos más peces de los que los sobrevivientes son capaces de procrear, es indefectible que esa especie está destinada a desaparecer. Si un acuífero es una fuente de agua, la extraemos y la usamos. La devolvemos al sistema pero, en general, contaminada. La geología de cada acuífero da a éste una capacidad de reposición –de “rellenado”– determinada y en general conocida. Si extraemos más agua de la que el acuífero puede reponer en un tiempo cualquiera, éste se secará. Un número positivo al que le restamos otro número positivo, pero mayor, da un resultado negativo. Dinero negativo es una deuda, pero como no hay peces negativos ni agua negativa, el resultado es que el recurso se agota. Lo mismo pasa con el campo, al que agregamos cada vez más agroquímicos –por ejemplo, fertilizantes– porque la tierra es incapaz de reponerlos por el monocultivo, que extrae siempre los mismos elementos. El caso de los bosques es aún más evidente, porque el desmonte dura semanas y la velocidad de reposición se mide en décadas, si el suelo no ha sido totalmente destruido. Hay investigadores que miden este sobreuso de los recursos expresándolo como la fecha en la cual hemos consumido los recursos renovables en ese año. El resultado es que el 20 de agosto hemos alcanzado el momento en el cual consumimos todo lo que puede recuperar en este año. Es decir, casi el doble de lo que la naturaleza es capaz de reproducir. La fecha a partir de la cual caemos en el exceso se va adelantando cada año. Ya necesitaríamos casi dos tierras para dar tiempo al planeta de reponerse, sin contar los recursos no renovables. En los 80, el “día del sobreconsumo” caía en noviembre. En los 90, en octubre, y en setiembre en los 2000… Como vemos, los plazos se acortan y pronto estaremos consumiendo el producto de dos Tierras. Claro que los niveles de consumo están muy heterogéneamente distribuidos. Si cada humano quisiera vivir como el promedio de los estadounidenses, ya hoy se necesitaría el producto de cuatro planetas. Aun los chinos, que recién empiezan a asomarse a la sociedad del consumo, consumen más de una Tierra. No importa si la causa de esto es el despilfarro o la sobrepoblación –probablemente ambos, aunque buena parte de la humanidad no alcanza a vivir en condiciones que consideraríamos dignas de un “rey de la creación”. El efecto es, en toda evidencia, insostenible. En el 2080 estaremos consumiendo en un mes lo que tarda un año en recuperarse. Esto es una deuda realmente impagable, ni con el sudor de todos. Es la deuda ecológica, gracias a la cual los jinetes del apocalipsis ya comenzaron hace algunas décadas a afilar sus guadañas. Seremos los “reyes de la destrucción”. (*) Físico y Químico