La economía se hizo opositora
Si bien no cabe duda de que la inflación y los muchos problemas que han provocado los intentos desesperados del gobierno por frenar la sangría de dólares incidieron en los resultados de las primarias, y que por lo tanto estarán en lo cierto aquellos oficialistas que atribuyen el contundente revés preelectoral que acaban de experimentar a los errores cometidos por los encargados de la economía nacional, no hay mucho que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner pueda hacer para corregirlos sin correr el riesgo de perder aún más votos. Es que las dificultades que tuvieron un fuerte impacto electoral se debieron a decisiones que se tomaron hace varios años con el propósito de calentar la economía con miras a asegurarse más apoyo popular. En el corto plazo, la estrategia funcionó muy bien, pero andando el tiempo surgirían problemas cada vez mayores, los supuestos por el aumento de precios, la proliferación de subsidios sumamente costosos, la falta de dólares, la virtual prohibición de importar insumos imprescindibles y un déficit energético que está agravándose a una velocidad desconcertante. Una consecuencia de la situación nada cómoda que se ha creado es que el gobierno no cuenta con los recursos necesarios para procurar congraciarse con los decepcionados por la marcha de la economía a través de dosis adicionales de populismo. Podría intentarlo, pero sorprendería que brindara los beneficios electorales deseados. Asimismo, a esta altura, calentar todavía más la economía significaría que en la mitad final de la segunda gestión de la presidenta Cristina, la economía sufriría una crisis aún peor que la que prevén casi todos los especialistas independientes. Es fácil culpar al secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, el jefe de la AFIP, Ricardo Echegaray, la titular del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, el secretario de Política Económica, Axel Kicillof, el ministro de Planificación Julio De Vido y el penosamente débil ministro de Economía, Hernán Lorenzino, por el desaguisado que se ha producido, aunque nadie ignora que quien lleva la voz cantante cuando de la economía se trata es Cristina misma. Por lo demás, las distorsiones principales son inherentes a un “modelo” basado en el consumo inmediato de lo ya acumulado con la esperanza de que la soja, Brasil u otra fuente de ingresos terminen aportando más dinero para mantener llena la caja gubernamental. De haber actuado con más prudencia el gobierno, estaría en condiciones de estimular un pequeño boom consumista preelectoral sin correr riesgos excesivos, pero luego de varios años de calentamiento sistemático, no le quedan muchas alternativas. Además de tener que tratar de solucionar o paliar, antes de las elecciones legislativas previstas para el 27 de octubre, un sinnúmero de problemas concretos con la esperanza de que el electorado reaccione de manera positiva, para que la economía jugara nuevamente a su favor le convendría a la presidenta remplazar a los integrantes menos respetados del “equipo” que la acompaña por personas un tanto más prestigiosas. Es poco probable que lo haga. Además de ser reacia a echar a funcionarios que ella misma ha defendido con vehemencia por temor a brindar la impresión de ceder frente a las presiones opositoras, Cristina no podrá sino entender que no le sería del todo fácil persuadir a economistas destacados de que sería de su interés aceptar un puesto en su gobierno. Ninguno lo haría a menos que fuera garantizado más poder que el concedido a Lorenzino, Marcó del Pont y otros funcionarios actuales, además de un grado de autonomía que la presidenta sería incapaz de soportar. Si hay cambios en el “equipo” económico, pues, serán a lo sumo cosméticos, limitándose al reemplazo de un peso liviano excéntrico por otro de la misma especie, mientras que cualquier esfuerzo por reactivar el consumo en las semanas que preceden la jornada electoral entrañaría el riesgo de resultar contraproducente al potenciar aún más la inflación que ya amenaza con superar pronto el 30% anual. Desgraciadamente para Cristina, los problemas económicos que a juicio de algunos estrategas oficialistas le costaron cuatro millones de votos no son coyunturales sino estructurales, los frutos previsibles de errores gruesos que fueron cometidos en las etapas iniciales de la “década ganada” kirchnerista.