La estatua en el suelo

Por Redacción

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

Las idas y vueltas del proceso y las maniobras del gobierno para desalojar el monumento del descubridor de América –donado por residentes italianos en 1909– y reemplazarlo por uno de Juana Azurduy financiado por Evo Morales, son de conocimiento público. Hay reacciones. Se resisten y se indignan, además de la mayoría de los porteños, el gobierno de la Ciudad, el Círculo Italiano, dirigentes políticos y la prensa opositora. La Justicia ordenó no innovar con el traslado por ahora, pero el gobierno, “impertérrito en sus rumbos” (como decía del viaje de Colón el himno que cantábamos en la escuela) gambeteó el “stand by” ordenado por una jueza. Procurándose un avance con hechos consumados, procedió a desmontar la estatua so pretexto de reparaciones, en tanto mantiene su plan de trasladarla a Mar del Plata. Ahora el Gran Almirante yace en el suelo, horizontal en un lecho de maderas. El “Corriere della Sera” de Milán tituló: “Baires rimuove la statua di Colombo. Ufficialmente il motivo é un restauro. L’ ira della nostra comunitá”. Por su parte “La Repubblica” de Roma dijo: “Ma c’é da giurare che la querelle continuará”. Y así estamos en nuestra relación con Italia, con los italianos y con nosotros mismos, gracias a un vano capricho de descalificar a un héroe y exaltar a otro. Es más que probable que la resistencia de los porteños y del gobierno de la Ciudad a resignar sus derechos históricos irá configurando un “casus belli” que nos costará mucho en cuanto a armonía social. Por lo pronto, menudean expresiones firmadas del tipo de “No contenta con hacer pelear a los vivos, ahora propone que se peleen los muertos” o “El feminismo proyectado al pasado no es historia, es panfleto y de los peores”. Una manera de echar luz sobre el problema es reseñando el momento histórico y humano en que se produjo la donación de la estatua de Colón como agradecimiento de los inmigrantes al país que, en el pináculo de su prosperidad histórica, celebraba el centenario en 1910. Para referirnos sólo a la inmigración urbana (prescindiendo del campo, donde el trabajo italiano fue el motor para convertir al país, desde la nada, en el segundo en exportación de trigo y de carne, el primero en lino en el mundo), la presencia italiana en las grandes ciudades era la fuerza más dinámica del progreso. En Buenos Aires casi todos los edificios públicos –teatros, iglesias, bancos, escuelas, hospitales– habían sido diseñados y construidos por hombres venidos de la península. Sólo para citar unos pocos ejemplos, recordemos que Tamburini edificó la Casa Rosada y el teatro Colón, Meanno el palacio del Congreso, Morra y colegas la escuela Sarmiento, la Mitre, la Rivadavia y la de Medicina. Como ejemplo complementario de todo el país, cientos de estructuras y servicios públicos en La Plata y cuatro quintas partes de la edificación de Rosario eran obra de arquitectos e ingenieros italianos con el concurso del sudor de miles y miles de albañiles, carpinteros, herreros, pavimentadores, etc. compatriotas suyos. Las obras del puerto de Bahía Blanca y Puerto Belgrano habían sido construcción y diseño de Luigi Cipoletti. Ingenieros italianos construyeron el dique San Roque, el túnel trasandino, el ferrocarril Jujuy-Bolivia. Podríamos ampliar casi infinitamente la lista. Refiriendo la revolución civilizatoria que engendraron los inmigrantes italianos, el profesor Robert Foerster, de Harvard, escribió en su clásico “The Italian Emigration of our Times” de 1919 que “El historiador podrá sostener en su homenaje que ellos introdujeron nuevos modos de fuerza moral en la fibra de la nación argentina”. Entre tantos comentarios sobre el hecho mismo y las circunstancias rocambolescas que lo rodean, hay un aspecto poco atendido que en mi opinión es trascendente: las motivaciones profundas del gobierno. Creo que en el desdén por el navegante genovés y el afán de “reivindicación” de la valiente guerrillera norteña se esconde, aparte de una ignorancia cósmica, la pretensión de cambiar la idea que los argentinos educados tienen sobre qué somos y queremos ser, medio gringos y medio criollos. Se trata de nuestra identidad nacional. Hay pretensión de sustituir la cultura, la imagen acrisolada, por una visión revisionista de una teórica “patria grande” (“¡Qué malos libros leen!”, comentó Beatriz Sarlo) que nos identifica en una comunidad afín a lo “originario”, olvidando que tres cuartas partes de los argentinos reconocen antecesores europeos. Criticando algunas exageraciones literarias de personalidades conocidas, quieren hacer nítido y políticamente operante que no somos “europeos que bajaban de los barcos” como anotaba Carlos Fuentes. Que no es cierto aquello de “los argentinos son europeos exiliados” como pretendía Borges. O lo que pensaba Ernesto Sábato, aludiendo a españoles, judíos, italianos, franceses “e tutti quanti”: “Somos una nación formada por extranjeros desde el vamos”. Debemos, piensan en la Rosada aplicando el “vamos por todo”, sustituir la historia que nos dictaron los liberales sobre las hazañas genocidas de los colonizadores. Así, la presidenta acaba de expresar, refiriéndose al injusto plantón a que fue sometido el mandatario boliviano este mensaje: “El avión presidencial, militar, de inmunidad absoluta, fue ilegalmente detenido en la vieja Europa y constituye los vestigios de un colonialismo que creíamos totalmente superado”. Meditemos en estas expresiones los conceptos “vieja Europa” y “colonialismo”. En otro, sobre el mismo asunto, contó que Evo Morales la saludó por teléfono, pasado el incidente, “Hola compañera. ¿Cómo está?”. Ella comenta este saludo escribiendo: “¡Él me pregunta a mí cómo estoy! Me lleva miles de años de civilización de ventaja!” Con esta última observación se hace claro el propósito de quitar de su vista la estatua de Cristóbal Colón. No queda nada por explicar, está todo dicho. (*) Doctor en Filosofía