La fuerza de las ideas
El progreso económico realmente extraordinario que ha experimentado China a partir de 1979, cuando el entonces presidente Deng Xiaoping optó por reemplazar el marxismo por una versión dirigista del capitalismo, ha motivado una mezcla de esperanza y temor: esperanza porque ha beneficiado no sólo a los centenares de millones de chinos que en un lapso muy breve han salido de la pobreza extrema sino también a los habitantes de muchos otros países, incluyendo el nuestro, debido al “viento de cola” resultante; temor porque China sigue siendo gobernada por una dictadura nacionalista a veces brutal que se ha acostumbrado a reprimir cualquier manifestación de disenso. Era de prever, pues, que el régimen aún nominalmente comunista reaccionara con virulencia ante la decisión del comité noruego responsable del Premio Nobel de la Paz de galardonar al escritor Liu Xiaobo por su defensa firme de los derechos humanos universales, calificándola de “obscena” y tratándola como un acto de agresión. Desde su punto de vista lo fue, ya que en países gobernados por totalitarios comprometidos con un “pensamiento único” luchar a favor de los derechos humanos y la democracia es subversivo y por lo tanto un crimen, razón por la que Liu fue condenado a once años de prisión por haber firmado y difundido “la Carta 08”, en que se pedía la democratización de China. Por razones culturales, ya que a pesar de todos los esfuerzos de la dictadura comunista la tradición intelectual rusa nunca dejó de formar parte de la occidental, el movimiento disidente chino aún no ha logrado el mismo prestigio que el soviético en los años que precedieron a la caída de “la dictadura del proletariado”, cuando poemas, novelas y obras como “El archipiélago Gulag” de Alexandr Solzhenitsyn tenían un impacto inmediato en la opinión pública mundial. Puede que el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a Liu contribuya a que los equivalentes chinos de los intelectuales rusos y de otras nacionalidades que se animaron a enfrentar, a riesgo de su propia libertad e incluso de su vida, a una tiranía sanguinaria, comiencen a adquirir una reputación similar. Merced a los noruegos, Liu ya se ha visto erigido en una figura de renombre internacional, lo que por lo menos obligará a las autoridades chinas a prestar más atención a los planteos de personas como él que están tratando de convencerlas de que, de todas las opciones disponibles, la democratización escalonada es la mejor, ya que resistirse a permitirla entraña el riesgo de una ruptura violenta. Los activistas como Liu que están luchando pacíficamente para que China se democratice constituyen una pequeña minoría en un país de más de 1.300 millones de habitantes, pero las autoridades comunistas tienen motivos de sobra para temer ser derrotadas por las ideas que representan, razón por la que están tan resueltas a impedir que se difundan. Mal que les pese a los comprometidos con el régimen, una consecuencia del surgimiento de una gran clase media en un mundo globalizado será la intensificación de las presiones a favor de la libertad de expresión y en contra de medidas destinadas a obligar a todos a fingir creer en los dogmas oficialmente aprobados. Por lo demás, el saber que el movimiento en que milita Liu cuenta con el respaldo de una parte importante de la comunidad internacional –los líderes de Estados Unidos y Europa aprovecharon la oportunidad para reclamar la liberación inmediata e incondicional del flamante premio Nobel– no puede sino incidir en la actitud de muchos chinos que, debido a la censura, apenas se habían enterado de la existencia de grupos disidentes. Asimismo, en vista de la voluntad del régimen chino de contar con una imagen internacional atractiva, los dirigentes más sensatos entenderán que la preocupación ocasionada por el desprecio manifiesto por los derechos de quienes no comparten todas sus opiniones hace que sea contraproducente tratar de reprimirlos con violencia, de tal modo sembrando alarma en el resto del mundo que está preguntándose si la irrupción de China significa un nuevo enfrentamiento entre los países democráticos y dictaduras inescrupulosas o si, a pesar de las dificultades que con toda seguridad encontrarían en el camino, China terminará transformándose en una gran potencia no meramente comercial sino también política y cultural.
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