La guerra de Yemen: muchos muertos y una suerte de empate



COLUMNISTAS

En marzo pasado, con el apoyo de Irán, los rebeldes hutíes, después de apoderarse rápidamente del centro y del sur de Yemen (donde predomina la población sunnita), se aprestaban a tomar también la importante ciudad sureña de Adén, donde se había refugiado el asediado presidente Abd Rabbu Hadi, aliado de Arabia Saudita y de las monarquías árabes del Golfo.

Cuando el peligro inminente obligó a Hadi a tener que huir de Adén, los sauditas lo rescataron y lo transportaron, refugiado, a su país y salieron militarmente en su auxilio. Para ello conformaron rápidamente, con éxito relativo, una coalición militar de países sunnitas y comenzaron a bombardear insistentemente -desde el aire- a las fuerzas hutíes, obligándolas a tener que replegarse, con un saldo de muchas de víctimas.

Además, los sauditas desplegaron miles de efectivos de infantería y tanques en la extensa frontera que separa a su país de Yemen. De modo de prevenir así posibles invasiones yemeníes por tierra.

La guerra ya desatada ha generado algún resultado, modesto, a favor de los sauditas. Por ejemplo, permitió destruir los misiles de largo alcance que, en poder de las fuerzas hutíes, amenazaban a las ciudades sauditas. Además pudo detener el avance de los hutíes, que hasta ese momento era realmente arrollador. El costo, sin embargo, ha sido alto: se han acumulado ya más de mil muertos, la mitad de los cuales, aproximadamente, han sido civiles inocentes. Lo que es toda una hipoteca a corto plazo.

Las opciones para Arabia Saudita son esencialmente dos. O utiliza tropas de infantería que enfrenten y repelan a los hutíes, o trata de forzar una negociación en procura de estabilizar a Yemen, lo que no es nada sencillo desde que su territorio no sólo está dividido entre sunnitas y chiitas, sino que buena parte está en poder de grupos terroristas afiliados a Al Qaeda. Mientras tanto, los hutíes han afianzado el control del territorio al norte de Adén.

Embarcarse en una guerra en tierra es sumamente riesgoso. Se trata de un escenario montañoso, en el que los rebeldes conocen bien el terreno y los sauditas no.

Presionados por los norteamericanos, los sauditas suspendieron la semana pasada sus bombardeos para generar un espacio para que comiencen las conversaciones de paz. Sin éxito. Porque debieron volver a bombardear rápidamente para así contener lo que fuera el inmediato avance de las fuerzas hutíes.

Arabia Saudita debe estar preparada para una guerra larga. Y, al propio tiempo, continuar presionando para que haya conversaciones de paz.

La disyuntiva es dura. Y su desarrollo es particularmente complejo. Detrás de lo que suceda estará siempre la sombra iraní y la lucha sorda entre Arabia Saudita e Irán por la hegemonía en la región. Con todo el nerviosismo que supone la posibilidad de que Irán se transforme, de pronto, en potencia nuclear si sus negociaciones con la comunidad internacional fracasan.

El conflicto es una difícil prueba para el nuevo ministro de defensa saudita, el hijo del también nuevo monarca saudita, el rey Salman. Hablamos del joven Mohammed bin Salman. Por ahora no ha conseguido sino detener, con los referidos bombardeos aéreos, el avance de los hutíes, pero a un costo humanitario que comenzará a pesar en la despareja contienda.

Pero lo cierto es que el joven ministro de defensa es testimonio de un cambio en la política exterior saudita, ahora mucho más proclive a las acciones armadas para enfrentar lo que interpretan es un abierto expansionismo iraní. Como consecuencia, hay un nuevo enfrentamiento armado abierto. Esta vez entre Arabia Saudita y los rebeldes yemeníes, en el cada vez más caótico escenario de Medio Oriente.

EMILIO J. CÁRDENAS

Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

EMILIO J. CÁRDENAS


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