La isla 132, un paraíso abandonado y sucio

Sólo el sector del Paseo de la Costa muestra higiene y buena iluminación.

Por Redacción

Leonardo Petricio

NEUQUÉN (AN).- El 90 por ciento de las 52 hectáreas de la isla 132 están en total estado de abandono. El bosque nativo que convive con los dos brazos del río Limay que lo rodean está saturado de basura, escombros, árboles quemados, senderos intransitables, maleza crecida y desbordes cloacales. Como contracara, a escasos metros se erige sobre la ribera el Paseo de la Costa, de construcción moderna con espacios verdes cuidados, limpieza cotidiana, iluminación y amplias explanadas.

Diariamente miles de personas concurren a la isla para refugiarse de las altas temperaturas, comerse un asado, juntarse con amigos, practicar algún deporte o simplemente pasar el rato. Pero como saldo del esparcimiento quedan bolsas de nailon, colillas, cajas de cartón, botellas de plástico y vidrio, pañales, envases tetra brick, restos de comida, huesos que ningún perro quiso comer, cajillas de cigarrillos y papeles de todo tipo, desparramados por cada rincón que ofrezca un poco de sombra. En todo el predio no existe ni un solo tacho de basura.

Como si esto no fuera suficiente, detrás del gran edificio de departamentos que se construyó sobre el costado este existe un desborde cloacal que, con variaciones en su caudal, inunda uno de los senderos que bordea el río.

Varios árboles están ahuecados por los continuos fogones que se arman debajo de sus copas. Al costado del puente que se ubica a continuación de calle Linares, un árbol de grandes dimensiones se encuentra caído; su base consumida por el fuego no pudo resistir el peso de su copa y se partió en dos. Y así son varios los que no pudieron morir de pie.

Muchas personas utilizan los caminos internos de la isla para la práctica de trekking y caminatas, pero los senderos peatonales están repletos de pozos por la falta de mantenimiento. Además para impedir el paso de vehículos, en muchos lugares se construyeron zanjas, que los peatones deben sortear con destreza para continuar su marcha.

A la altura de los clubes privados, sobre la costa este del brazo más pequeño del río, existen unos trescientos metros de playa paradisíaca, con mucha sombra, poca profundidad en el agua y escasa corriente, pero inaccesible. Estos lugares están tapados por una tupida maleza que nunca fue cortada. Un cartel avisa sobre zona no habilitada como balneario, cuando en la otra orilla a escasos 50 metros, las costas de los clubes se colman de bañistas al amparo de un grupo de guardavidas.

La otra cara de la isla es el Paseo de la Costa, moderno, coqueto, dotado de toda la infraestructura necesaria, tachos de basura, iluminación, servicios, seguridad policial y personal que levanta cuanto papel de caramelo cae al pasto o al cemento. Cordineu, el organismo administrador del Paseo de la Costa sólo mira para ese lado. El otro 90 por ciento de la isla parece que no existiera.

Un desborde cloacal es el foco de contaminación más grave.


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