La mentira desde el poder

Por Redacción

El tema cobró espacio entre los comentaristas de política internacional con la aparición de un libro centrado en decisiones críticas adoptadas por gobiernos norteamericanos respondiendo, muchas veces, a un alegado objetivo de interés nacional que habría de ser después desmentido por los hechos. El título es “Por qué los líderes mienten”. Su autor, John Mearsheimer, es un profesor de Ciencia Política en Chicago, especialista en relaciones internacionales, que despertó un avispero hace tres años con su denuncia en un tema casi tabú: la impactante influencia del lobby interno israelí en la política exterior de Estados Unidos. El autor señalaba allí que no existen, en cuanto a las relaciones de su país con Israel, argumentos morales o estratégicos que justifiquen el apoyo constante que se le brinda a su gobierno para operar sin restricciones en la región. La explicación estaba, según él, en el “unmatched power of the Israel Loby”, en el poder sin par del lobby israelí. Este grupo de interés tiene centro en el Aipac (American Israel Public Affairs Committee), la organización más poderosa del país después de la National Rifle Association. Con sus ideas e intereses se asocian cristiano-evangélicos, neoconservadores y varios “think-tanks”, el American Enterprise y el Hudson Institute, entre otros. El nuevo libro trae varios ejemplos de engaños desde el gobierno de Washington a sus propios ciudadanos. Cuando se arrojó la bomba sobre Hiroshima en 1945, el presidente Truman declaró en el primer momento que se había arrojado, para preservar a los civiles, sobre una base militar japonesa. Pero se trataba de una gran ciudad con un millón de habitantes y hubo decenas de miles de civiles muertos con su incineración. Años después, el gobierno de Kennedy ocultó que el logro del retiro de los misiles soviéticos de Cuba en 1962, considerado un triunfo diplomático frente a una crisis límite, tuvo en realidad una contrapartida que obtuvo Khruschev: la erradicación de los misiles Jupiter norteamericanos que apuntaban a la URSS desde Turquía, un hecho recién conocido al concluir el período legal de secreto, 30 años después. Un caso histórico, paradigmático, de mentiras oficiales reiteradas fue el de la guerra en Vietnam. Cuando el incidente del Golfo de Tonkin que la potenció, el secretario de Defensa, McNamara, declaró que era “inconcebible que nadie que conozca nuestra sociedad y sistema de gobierno pudiera sospechar la existencia de una conspiración para llevar al país a una guerra”. Pero, como denunció en 1970 Daniel Elsberg con los Papeles del Pentágono a la vista, a través de miles de páginas quedaron documentados, no sólo la falsedad del incidente del Golfo, sino también “veinte años de crimen bajo cuatro presidentes; y cada uno de esos presidentes tuvo un profesor de Harvard a su lado diciéndole cómo hacerlo y cómo ocultarlo”. Esto último es una característica de las modalidades de operación en materia de engaños oficiales. Su credibilidad depende en gran medida, aparte de mecanismos propios de los servicios de “inteligencia”, de la connivencia de elites académicas, pesos pesados del establishment económico y miembros de la comunidad de expertos en política internacional que apoyan guerras para mantener su influencia profesional y política. Así ocurrió también con los diarios que se hicieron socios con el gobierno de Washington en el engaño a la población sobre la amenaza de armas de destrucción masiva de Saddam Hussein. Tanto el “Washington Post” como el “New York Times” le facilitaron a George W. Bush llevar la nación a una guerra innecesaria. Este caso de la invasión a Irak lleva al autor del libro a un análisis en profundidad de las influencias intelectuales que pavimentaron los propósitos belicistas e imperialistas de Bush-Cheney. En eso estuvieron hombres inteligentes (como Paul Wolfowitz, muy importante en el gobierno) afectados académicamente por el pensamiento de Leo Strauss (1899-1973), un original pensador de origen alemán llegado en 1938 que ejerció gran influencia en la teoría política de nuestro tiempo. El profesor Strauss difundió desde su cátedra en Chicago una visión elitista de la naturaleza humana, la asunción de que la verdad es solamente para la elite, que para los demás corresponde una retórica basada en la utilización de “nobles mentiras”, necesarias para tener quieto y feliz al vulgo. Se trata de una concepción de la sabiduría como esotérica y que se remonta en la historia a filósofos como Maimónides y Platón. Hay un párrafo del neoconservador William Kristol que lo dice claramente: “Hay distintas clases de verdad para los diferentes tipos de personas. Hay verdades apropiadas para los niños; verdades que son adecuadas para los estudiantes; verdades apropiadas para las personas mayores y con estudios; y verdades que son apropiadas para mayores muy bien formados. Y la idea de que debería haber un conjunto de verdades al alcance de todos es una falacia democrática moderna. No funciona”. Una de las fuentes básicas de la desinformación, triquiñuelas y mentiras que llevaron a la invasión iraquí –y, a su razón última que consistía en la obsesión neoconservadora por un imperio americano del siglo XXI– radicó en la Oficina de Planes del Pentágono a cargo de un doctorado en la cátedra de Strauss, coautor con éste de un ensayo en el que declaraba su adhesión intelectual a la idea del maestro de que “el engaño es la norma en la vida política”. Una conclusión del autor de “Por qué los líderes mienten” es que las mentiras políticas pueden enraizar en concepciones filosóficas extremas y ser mucho más peligrosas de lo que los especialistas suelen admitir. Y que, cuanto más centralizado es un gobierno, más propenso a mentir se manifiesta y mayores son los riesgos para una comunidad sanamente democrática. (*) Doctor en Filosofía

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)


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