La normalidad criminal
MARTÍN LOZADA (*)
Luego del juicio llevado a cabo en Nuremberg contra de los principales jerarcas nazis y, más precisamente, tras el proceso judicial al que se sometió décadas más tarde a Adolf Eichmann en Jerusalén, quedó en claro que los responsables del exterminio nacionalsocialista no fueron personas con perturbaciones mentales, sádicas ni depravadas. Estudios puntuales han venido demostrando desde entonces cómo seres humanos corrientes, sin anormalidades psicológicas ni apasionadas convicciones políticas o religiosas, pueden ser inducidos en circunstancias apropiadas a cometer asesinatos masivos. Para la filósofa alemana Hannah Arendt, esa normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implica un nuevo tipo de criminal que comete sus actos en circunstancias que apenas le permiten saber o intuir que realiza actos de maldad. Fue ella quien luego del juicio a Eichmann señaló: “Una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana”. Acaso todos los torturadores de Argelia, Camboya, Guatemala y Abu Ghraib comenzaron también siendo soldados corrientes. Es más, en términos generales los torturadores y los asesinos masivos suelen comportarse de un modo predecible y respetuoso de los códigos sociales y, aun así, asesinar e infligir dolor a las personas que entienden como constitutivas de un mal o de una amenaza. Algo similar puede concluirse respecto de muchos de los autores, cómplices e instigadores de la comisión de crímenes perpetrados desde la estructura del Estado durante la última dictadura cívico-militar. Tal como lo ha expresado Claudio Martiniuk: “Quizá el terror se explique a través de lo banal. Fueron ordinarios, argentinos ordinarios, soldados ordinarios autorizados a ejercer violencia. Fueron ordinarios los maestros que educaron con orgullo de grupo y sin idea de humanidad (…) Igual de ordinarios fueron los jueces y curas, los empresarios y los dirigentes políticos. Y todos ciegos, sordos y mudos. Y unos imitando a otros”. El punto de interés criminológico, entonces, radica en la cuestión que gira alrededor de cómo y con qué convicción las estructuras de poder y sus discursos legitimantes dotan al perpetrador de una seguridad psicológica indispensable para consumar un plan criminal y, simultáneamente, le permiten lograr una suerte de distanciamiento respecto de sus víctimas. Los crímenes masivos cometidos desde estructuras de poder cuentan siempre con un soporte cognitivo que los presentan como una respuesta que carece de entidad lesiva para con sus destinatarios. Y en el caso de reconocer que se trata de la producción de una cierta dosis de maldad, pues entonces ella se instituye como un recurso insoslayable para paliar una determinada amenaza. Se trata de un complejo proceso de racionalización integrado por etapas diversas, algunas de las cuales se inician de modo previo a la consumación de los hechos. Así resulta, por ejemplo, con la estrategia de focalizar a un grupo de personas sobre el que se habrá de proyectar la capacidad de poner en peligro un estado de cosas considerado indispensable por el perpetrador. Una vez que aquéllos están convencidos tanto de la necesidad de salvaguardar un valor determinado, como del carácter imperativo de sus actos para lograr esa finalidad, pues entonces el proceso de enajenación está en marcha. La victimización del grupo elegido requerirá en lo sucesivo de un cierto aval colectivo, lo cual habrá de suscitarse a través de la propaganda, la propagación del miedo y la demonización del grupo a perseguir. La manipulación de los ordenamientos jurídicos a través de los “estados de excepción” permite convertir en legal y admisible lo que hasta ese momento era un ámbito reservado para lo prohibido. A punto tal de normalizar la violencia extralegal y de funcionar como un permiso que expresamente habilita la producción oficial de la maldad. La alienación resultante explica la normalidad de ese perpetrador sobre-adaptado a su entorno, así como su mansa sujeción a las órdenes que le son impartidas, las que suele obedecer con satisfacción grupal y con nula conciencia crítica. (*) Juez Penal
MARTÍN LOZADA (*)
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