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La Peña: La leyenda de la luz mala





La luz mala sí que metía miedo. Mucho miedo. Lejana, sólo vista a la distancia, pero temible.
Es que nacimos y nos criamos conviviendo con el mito de la luz mala o farol de mandinga.
Para colmo mi padre era de los que siempre elegía viajar de noche para evitar el calor en el norte. Y eso era sinónimo de miedo. Tanto que no queríamos viajar del lado de las puertas. A la hora del temor una luz puede tener pies y manos y hasta sería capaz de abrir una puerta. Por eso, de día nos peleábamos por la ventana del auto, de noche todos queríamos ir al medio y que si la luz mala abría la puerta, fuera otro el que se enfrentara.
Se veía primero a lo lejos, pero vaya uno a saber por qué razón, de pronto la veíamos a pocos metros, primero de un costado, después del otro. Pero siempre nos perseguía. Tal vez era el único método para mantenernos quietos en el viaje. No importaba nada, no teníamos sueño, sólo queríamos llegar a las primeras luces del pueblo para que la luz mala desapareciera. Ahí respirábamos aliviados y éramos todos valientes.
La luz mala es pasado y es presente. Uno vuelve y la luz mala sigue vigente. Y creen en su existencia chicos, grandes, ancianos, cada uno con diferentes grados de temor, pero creen.
En definitiva las creencias más arraigadas que tienen que ver con la vida de pueblo o de campo, no tanto de las ciudades.
Y se ve, pero no me atrevería a decir que efectivamente es una luz que hace daño. La vi de cerca, de costado, de frente, la vi perseguirnos, pero jamás se convirtió en algo más que el miedo. Se nos ponía la piel de gallina, pero tal vez era el resultado de tantos relatos que ponían a esa luz en un rol de miedo.
Mi padre, que tenía kilómetros recorridos, solía decir que había que dejarla seguir, pero mi vecino decía que había que llevar un cuchillo en el auto y que apenas apareciera había que morder el metal.
La luz, para otros, era sólo un alma en pena de un ser que no había recibido sepultura.


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