“La penosa necesidad de tomar el colectivo”

Por Redacción

Dura cosa la de ser usuario de la empresa de colectivos Indalo, que monopoliza los recorridos en esta ciudad, la que uno transita, resignado y sometido a los avatares de sus inescrutables designios. Pocas veces el imperio de lo incierto se revela tan notorio en el ánimo del sufrido peatón como cuando incursiona en la penosa necesidad de “tomar el colectivo”. Una suerte de lotería, un mandato de quiniela o una bola girando en un plato de ruleta dan idea del margen de certeza con que se cuenta a la hora de lanzarse a esta aventura (por otra parte, una de las más caras del país por el absurdo precio del boleto). Una vez en la parada, si uno tiene “cierta edad” podrá apelar a la historia y recordar al ruso Yury Gagarin, el primer hombre del planeta en recorrer el espacio circundante a la Tierra en una misión invadida de múltiples riesgos. Tal era el grado de incertidumbre respecto de lo que iría a suceder y que nadie podía disiparle al intrépido astronauta. O también, en esa espera con algo de Penélope, remedar a la amante paciente, agujas en mano, tejiendo la interminable espera de su añorado Odiseo o seguir recurriendo a la literatura y hasta traerla más acá en el tiempo con aquel cuento, el de una atiborrada autopista francesa referido a un embotellamiento naturalizado y eterno, ese que la pluma de Cortázar describía en las íntimas relaciones que terminaban estableciéndose entre los automovilistas atascados indefinidamente. De todo puede pasar en la antesala del hipotético arribo del bondi deseado. De allí que uno pueda presenciar escenas de lo más curiosas, que podrían hacer las delicias de Roberto Arlt. Situaciones como la que muestra a desesperados pasajeros que, hasta con barbas crecidas ya por el suplicio del aguante, en su afán de acceder a alguna mutación de su estado anterior ascienden al primer ómnibus que llega a la parada, así sea uno que no se corresponda con la línea que debe llevarlos al destino requerido sino a otros ignotos, incluidos algunos que se dirigen a lejanos parajes situados en las antípodas de aquellas direcciones a las que los –o las– desdichados –desdichadas– debían encaminarse originalmente. Y hasta es llamativo, en estos casos, el grado de alegría de estas personas al abordar su itinerario hacia regiones tan ajenas a sus domicilios o sitios de trabajo. Tal es el grado de alienación, rozando ya lo enajenado, que esos rostros exhiben a la indiferencia de choferes, funcionarios, inspectores de transporte o cualquier otro individuo pertinente al tema del transporte que aquí ocupa. Todo, finalmente, termina siendo materia de ficción, que –como se sabe– supera a la realidad en la resignación y la impotencia repetidas, usuales trajes de pobre en estas lides cotidianas de la supervivencia patagónica. Alejandro Flynn, DNI 12.566.136 Neuquén

Alejandro Flynn, DNI 12.566.136 Neuquén