La pequeña corrupción
Milton Hernán Kees*

Hace escasos días me toco ser testigo de una singular muestra de la “viveza criolla” de la que gusta jactarse a una buena parte de los Argentinos: mientras esperaba en la vereda a mi hijo que saliera del médico, se estaciona en un lugar reservado para autobuses un auto okm, baja una pareja adulta de un coche, y, aquí la genial muestra de astucia, previo a ingresar a una tienda, el hombre levanta el capot del auto (simulando un desperfecto mecánico) para luego avanzar alegremente a efectuar sus compras.
Todo el tiempo que estuvieron de compras (aproximadamente 25 minutos) el auto estuvo con el capot levantado. Finalizada la faena, cargan las compras en el baúl, bajan el capot del auto, y siguen su rumbo.
En ese ínterin, cada colectivo que debía estacionar quedaba en doble fila obstruyendo el paso y haciendo descender a los pasajeros en plena calle, pero, solidarios con ese infausto conductor que quedo tirado, nadie toco siquiera una sola bocina.
La espontaneidad y soltura del acto hacían pensar que se trataba de un modus operandi diseñado y patentado: ¿Hay que hacer compras?: salimos con papá, deja el auto donde le parece, levanta el capot y así, como la capa de invisibilidad de Frodo, deja el coche invulnerable a las grúas y a las multas con esa ingeniosa maquinación. E incluso más, se me ocurrió pensar que ese habilidoso conductor tranquilamente, un par de horas más tarde, podría estar dando cátedra de deontología y civismo a sus hijos con algunos clichés de uso frecuente: se robaron todo, hay que echarlos a todos, los políticos son todos iguales y otros tantos que podríamos sumar.
Superado el estupor y la sorpresa inicial que me causo semejante astucia, recordé inmediatamente ese pequeño acto (de corrupción) y lo asocié con un texto que leí hace algún tiempo de Rosa Torres titulado “corrupción en la escuela” en el que la autora resumía sus ideas diciendo: nuestros corruptos adultos empiezan siendo corruptos desde niños. La corrupción no es una práctica que se improvisa en la vida adulta, ni esta relegada a la política, sino es una aptitud que se cultiva sistemáticamente desde la infancia.
Y se me ocurrió pensar que, en su esencia, no había mucha diferencia en que levantaba el capot del auto y fingía un desperfecto mecánico para estacionar en un lugar prohibido (y no pagar estacionamiento) con aquel político que se quedó con un par de valijas con dólares, o aquel otro que le destinó un plan social a su esposa, o incluso con ese niño que presenta una tarea ajena como propia en la escuela, todos esos se beneficiaron con actos corruptos, unos más otros menos.
Distintas palabras se emparentan con la corrupción: mañas, fraudes, sobornos, plagios, mentiras, simulación, abuso de poder, falta de ética, astucias, falacias y maquinaciones.
Esto sugiere que no es un vocablo unívoco sino omnicomprensivo de una multiplicidad de formas en las que se puede viciar el “deber ser” esto es, desde faltas éticas, hasta faltas que pueden ser ilícitos civiles o penales hasta “micro faltas” o faltas menores que si bien no necesariamente son objeto de una punición administrativa o judicial, si son la semilla de actos de corrupción más severos o la muestra de una persona o niño que no tiene la ética incorporada en su vida o no posee una dosis elemental de civismo y empatía por sus pares.
Ese texto hablaba de la “aptitud” de ser corrupto en los niños en etapa escolar se vincula la capacidad de engendrar vicios mayores en la vida adulta.
A veces tendemos a pensar que la corrupción solo se da en el seno del poder (cualquiera sea el estamento público) y en realidad, no es privativa del poder político ni siquiera de una determinada clase social, atraviesa a toda la sociedad, vertical y horizontalmente y a todos los estamentos y estratos sociales, penetra en las familias ricas o pobres y tampoco discrimina en franjas etarias: es corrupto el político que trafica influencias, como el niño que finge una enfermedad para ausentarse de un examen y, claramente, es corrupto también en que simula un desperfecto mecánico para estacionar en la parada de colectivos e ir a comprar baratijas en una bijouterie.
* Abogado. Docente Universitario.
Milton Hernán Kees*
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