La resistencia islamista
A diferencia de los líderes de potencias hegemónicas anteriores, los de Estados Unidos propenden a creer que todos los conflictos internacionales se deben a malentendidos, que si sus enemigos los conocieran mejor se darían cuenta de que, en el fondo, son buenas personas. Incluso Barack Obama, un hombre que se enorgullece de sus raíces cosmopolitas, comparte dicha actitud. Aunque la confianza ciega en los méritos propios –sentimiento que, por supuesto, no es incompatible con la autocrítica feroz, un lujo que los poderosos pueden permitirse– ha contribuido a la fortaleza de Estados Unidos, también ha ocasionado muchas dificultades en la relación de la superpotencia aún imperante con pueblos de cultura muy distinta. Entre tales pueblos están los del multifacético mundo musulmán. No es un bloque uniforme, pero, como en la Europa medieval, todos se destacan por el fervor religioso, aparente o genuino, del grueso de sus habitantes. Un puñado de fundamentalistas aparte, los norteamericanos se han acostumbrado a la idea de que la fe religiosa debiera ser un asunto privado, personal, razón por la que les cuesta tomar en serio las pretensiones totalitarias de los dirigentes islámicos que no sólo opinan que el mundo entero tendrá que arrodillarse ante Alá, sino que están más que dispuestos a emplear la violencia a fin de convencer a los demás de que sería de su interés hacerlo. Así, pues, Obama, como el expresidente George W. Bush, jura creer que el islam es “la religión de la paz” y que los guerreros santos constituyen una minoría pequeñísima repudiada por la mayoría abrumadora de sus correligionarios. Por lo demás, la política exterior de Estados Unidos se basa en el presupuesto de que los países musulmanes están en vías de “evolucionar” en democracias parecidas a las europeas. Al fin y al cabo, dicen los optimistas, es lo que sucedió en Alemania, Italia, el Japón y, hasta cierto punto, Rusia. Se trata de una versión levemente modificada del planteo de Francis Fukuyama, el del “fin de la historia”, según la cual, puesto que nunca será concebible un orden sociopolítico superior al capitalista y democrático, tarde o temprano todos abandonarán la búsqueda vana de alternativas superadoras. Puede que Fukuyama estuviera en lo cierto en cuanto a las bondades de la democracia liberal contemporánea, pero, como él mismo ha señalado, tendrá que pasar mucho tiempo antes de la llegada de la utopía globalizada, si es que finalmente se concreta. Mal que bien, los obstáculos supuestos por la resistencia de los comprometidos con credos determinados a resignarse a formar parte de un orden en que todos convivan en un clima de tolerancia mutua, como si las creencias religiosas o ideológicas fueran meros vestigios folclóricos, han resultado ser mucho mayores de lo que esperaban quienes tomaron el colapso ignominioso del imperio soviético por una señal de que se iniciaba una nueva edad signada por la fraternidad universal. El obstáculo principal consiste en el islam. Desde hace aproximadamente veinte años, musulmanes piadosos, herederos de una tradición que se remonta al siglo VII, están librando una guerra despiadada contra todos aquellos que se resisten a someterse a lo que dicen es la única fe verdadera. Puede entenderse, pues, la furia que sienten frente a la negativa de los occidentales a darse por enterados. A pesar de todos sus esfuerzos –amenazas escalofriantes, matanzas, atentados tan sanguinarios como el del 11 de septiembre del 2001–, los dirigentes políticos y los intelectuales más influyentes de América del Norte y Europa insisten en que sólo se trata de las actividades de una minoría minúscula que ha reaccionado con violencia excesiva, pero así y todo comprensible, frente a la prepotencia imperialista y la pobreza. Para los guerreros santos, esta forma de interpretar lo que está ocurriendo en el mundo refleja la arrogancia de quienes se imaginan los protagonistas exclusivos de la historia humana, dejando a otros el papel humillante de víctima de los atropellos de los poderosos. Es en buena medida por este motivo que, para desconcierto de sus admiradores, Obama no es mucho más popular en el mundo musulmán de lo que era Bush. Por cierto, a juzgar por los ataques de turbas enfurecidas, además de fuerzas de choque bien entrenadas, contra distintas sedes diplomáticas norteamericanas para marcar el undécimo aniversario de la destrucción de las torres gemelas de Nueva York, no han prosperado los intentos de Obama de congraciarse con los líderes de organizaciones revolucionarias como la Hermandad Musulmana, ofreciéndoles un lugar respetable pero, desde luego, subalterno en el orden internacional dominado por Estados Unidos. A ojos del presidente islamista de Egipto, Mohamed Morsi, si bien fue “lamentable” la conducta de la turba cairota que procuró tomar por asalto la embajada estadounidense, fue un episodio menor en comparación con el supuesto por la hipotética difusión de una película en que se mofa del profeta Mahoma. Según Morsi, la mejor manera de asegurar la paz consistiría en aplicar en Estados Unidos y otros países leyes islámicas contra la blasfemia. Morsi y otros islamistas quieren suprimir la libertad de expresión en el resto del planeta pero no en las partes regidas por musulmanes en que es rutinario denigrar, con virulencia extraordinaria, a los judíos, cristianos, hindúes y miembros de otras confesiones religiosas. Islamistas “moderados” como Morsi, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan y sus muchos correligionarios están tan habituados a aprovechar el “eurocentrismo”, la propensión a creer que todo cuanto sucede en el mundo se debe al imperialismo occidental, que no vacilaron en atribuir el estallido de violencia más reciente a la presunta aparición en la internet de una película de dos horas sobre Mahoma que nadie había visto. Según los rumores, fue de autoría judía, o copta, pero sería por lo menos factible que los auténticos responsables fueran provocadores islamistas; las viñetas danesas más insultantes que hace algunos años dieron pie a incidentes similares fueron obra de un religioso musulmán que creía que las originales eran demasiado insulsas como para desatar disturbios masivos; asimismo, hace apenas una semana, se informó que un imán paquistaní había quemado textos coránicos para entonces acusar a una niña cristiana infradotada de un delito que, en su país, suele castigarse con la pena capital.
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO
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