La traición del yuyo
Si no hubiera otros problemas decididamente mayores, entre ellos los planteados por la inflación, una recesión que propende a agravarse, subsidios insostenibles, los holdouts que han ganado juicios en Nueva York y la necesidad de gastar cada vez más para importar energía, los preocupados por el estado de la economía nacional estarían pendientes de la evolución del precio de la soja en el mercado de Chicago. Desgraciadamente para nuestro país, en las últimas semanas la cotización del “yuyo” salvador ha bajado tanto que se estima que este año las exportaciones valdrán 1.500 millones de dólares menos de lo previsto. Luego de haber confiado en que el precio se mantendría en torno a los 540 dólares la tonelada, el gobierno tendrá que considerar la posibilidad de que siga cerca de los 450 dólares para entrega en agosto que acaba de registrarse. Se atribuye la caída a la buena cosecha que esperan tener los norteamericanos que, como tantos otros, han optado por invertir más en lo que ha resultado ser un negocio muy lucrativo. Aunque es concebible que, a causa de vicisitudes climáticas, el precio de la soja se recupere en los próximos meses, también lo es que caiga todavía más debido no sólo a la competencia norteamericana y brasileña sino también a la eventual ralentización de la economía china. No sería cuestión de un contratiempo menor: de no haber sido por la soja, al país le hubiera costado mucho más recuperarse después del derrumbe que experimentó en el 2001 y el 2002, justo antes de comenzar a soplar con fuerza el “viento de cola” que tanto nos ayudó. Sucede que, cuando de productos agrícolas y ciertas materias primas se trata, es habitual que los precios internacionales varíen mucho en lapsos relativamente breves, razón por la que nunca es bueno convencerse de que una situación coyunturalmente favorable resultará ser permanente; a menos que un país tenga el monopolio de un recurso determinado, siempre le será peligroso depender demasiado de los ingresos que proporciona. Es éste el caso no sólo de la soja y el trigo, sino también del petróleo y el gas. Las convulsiones que están agitando a Oriente Medio no se han visto seguidas por una suba realmente espectacular del precio del crudo, como algunos habían temido, en buena medida porque Estados Unidos ha conseguido aprovechar, el fracking mediante, sus depósitos no convencionales de hidrocarburos shale que son parecidos a los de Vaca Muerta. Lo ha hecho con tanto éxito que pronto podría alcanzar el autoabastecimiento, lo que tendría consecuencias geopolíticas muy significantes, ya que la superpotencia dejaría de depender de países poco confiables como Arabia Saudita y sus vecinos o francamente hostiles como la Venezuela chavista. Para la Argentina, la revolución del gas shale será con toda seguridad muy beneficiosa, pero puede que no sea suficiente para garantizar el boom histórico vaticinado por los más optimistas que creen que el país no tardará en erigirse en una gran potencia energética. Aun cuando las reservas de gas sean tan gigantescas como algunos esperan, podrían encontrarse otras de dimensiones acaso menores pero así y todo impresionantes en otras partes del mundo como Mozambique, que últimamente ha atraído la atención de las principales empresas petroleras. Por lo demás, en distintas regiones de Europa como Polonia se han encontrado depósitos de gas shale que se suponen rentables y también los habrá en la Rusia de Vladimir Putin. Convendría, pues, que se iniciara cuanto antes la explotación en gran escala de Vaca Muerta pero, con la excepción de la empresa norteamericana Chevron, que ha alcanzado un acuerdo con el gobierno kirchnerista –con aquellas “cláusulas secretas” que han denunciado voceros opositores o sin ellas–, las petroleras más importantes siguen mostrándose reacias a arriesgarse por no contar con la seguridad jurídica, un “concepto horrible” a juicio del ministro de Economía Axel Kicillof, que necesitarían para poner manos a la obra. No hay forma de prever cómo evolucionará el mercado internacional de hidrocarburos en las décadas por venir, pero es más que probable que siga siendo tan inestable como el de granos y oleaginosas, razón por la que perder más tiempo por motivos políticos o ideológicos podría sernos sumamente costoso.
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