La vejez y la literatura
Palimpsestos
Néstor Tkaczek ntkaczek@hotmail.com
Si hablamos en otras columnas sobre la ejemplaridad y la sabiduría que la vejez lleva consigo en algunas figuras literarias; también es cierto, que la figura del viejo o la vieja en la literatura no sale bien parada, ya que está colmada de defectos. Su visión negativa se ha asociado al deterioro físico, torpeza, fallos de la memoria, trastornos, enfermedad y soledad. En algunos géneros teatrales los viejos se transforman en personajes ridículos y son el hazmerreír del público como en el ya clásico entremés cervantino de “El viejo celoso”. Cañizares quiere tener encerrada bajo siete llaves a su esposa jovencísima Lorenza pues teme que si conoce a hombres jóvenes terminará dejándolo. Pese a todos sus esfuerzos, y gracias a una vecina, Cañizares es engañado delante de sus narices sin que él se dé cuenta. Cervantes también trata este tema en una de sus novelas ejemplares, “El celoso extremeño”, aunque aquí el viejo no es tema de risa, y sí más de conmiseración. Muy cercano a este tema tratado por Cervantes, está el del “viejo verde” como una figura típica en el teatro y la novela. Si bien en la actualidad, la expresión “viejo verde” se asocia a una persona mayor propensa a seducir muchachas; no siempre la significación del término fue negativa. En 1611 Sebastián de Covarrubias en su “Tesoro de la lengua castellana” definía de esta manera la acepción verde: “Es el color de la yerba y de las plantas cuando están en su vigor… No dejar la lozanía de mozo habiendo entrado en edad… A los que siendo viejos tienen verdor de mozos”. Es decir que el término era un elogio, debido a que significaba que estaba muy bien de salud, vigoroso como un joven. *** Otra imagen frecuente es la del viejo avaro. Dos obras trazan la radiografía exacta de la avaricia encarnada en un anciano, una es “Eugenia Grandet”, la novela de Balzac. Recuerdo ese pasaje cuando el viejo Grandet se entera de que Eugenia ya no tiene su oro, que se lo ha entregado a su sobrino en prueba de amor, la castiga tan severamente que la dulce señora Grandet muere de pena. Avaro y codicioso, carente de sentimientos, Grandet es uno de los viejos detestables de la literatura. En su lecho de muerte, avisa a su hija que tendrá que rendirle cuentas de su fortuna en el más allá. Cómo no mencionar aquí a Harpagón, el protagonista de “El avaro” de Moliere. Otro viejo insensible y mezquino, obsesionado por el dinero al que subordina todo lo demás. En cierto pasaje de la comedia él desea casarse con una jovencita y recurre a una alcahueta, Frosina, a la que le exige que su futura esposa, Mariana, le traiga dote. Frosina argumenta que la dote de su prometida es su frugalidad, no come, ni gusta de lujos. Nada de eso convence a Harpagón que contesta: “Sí… pero ese no es dinero físico”. Ya que hablamos de alcahuetas, se impone hablar de la vieja entendedera y prostituta Celestina, quien en varios pasajes de la obra recuerda su juventud y la compara con los dolores y achaques de la vejez mientras va de la casa de Melibea a la de Calisto. Desagradable es el viejo del último relato de García Márquez, “Historia de mis putas tristes”. Desagradable porque este anciano nonagenario compra una niña que el hambre ha obligado a prostituirse. De la prosa singular del colombiano emerge un ser nauseabundo, convertido en una especie de monstruo que solo atiende a sus placeres. La serie de longevidad y literatura termina aquí, aunque a vos atento/a lector/a seguramente vienen a tu memoria innumerables ejemplos.
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