La victoria de Dilma

Por Redacción

Si bien Dilma Rousseff se impuso por un margen muy amplio en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas, superando al socialdemócrata José Serra por más de 11 puntos, no podrá sino entender que el auténtico triunfador de la jornada fue el presidente saliente Luiz Inácio Lula de Silva. De no haber sido por el apoyo decidido que le brindó el hombre que luego de ocho años en el poder cuenta con la aprobación del 84% de sus compatriotas, Rousseff ni siquiera hubiera logrado ser la candidata del Partido de los Trabajadores oficialista. Pues bien, por ser la política una actividad habitualmente despiadada, lo normal sería que, una vez inaugurada su gestión, Rousseff procurara diferenciarse de su antecesor, como en efecto ha tratado de hacer el presidente colombiano José Manuel Santos, que debió su triunfo electoral a la popularidad de Álvaro Uribe, pero puede que la brasileña rompa con esta tradición ingrata. Mucho dependerá de la actitud que asuma Lula. Aunque ha dado a entender que está dispuesto a mantener un perfil bajo en los años próximos, podría sentirse tentado a interferir en la gestión de la encargada de continuar su obra. El éxito de Lula puede atribuirse al realismo económico de un mandatario procedente de la clase obrera que, consciente de los perjuicios que ocasionaría a los pobres una aventura populista, hizo gala de un grado de ortodoxia macroeconómica que molestó a muchos intelectuales burgueses de izquierda e impulsó programas asistenciales que beneficiarían a decenas de millones de personas antes “excluidas”. Merced al realismo y sentido práctico que, para sorpresa de quienes habían previsto que abandonaría el “modelo” plasmado por su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, han caracterizado la gestión económica de Lula, Brasil ha avanzado tanto en los años últimos que de común acuerdo no tardará en erigirse en una potencia no sólo regional sino también mundial. Por desgracia, la política exterior de Lula resultó ser menos feliz ya que, convencido de que le corresponde desempeñar un papel protagónico en el escenario mundial, no ha vacilado en tratar de congraciarse con personajes tan peligrosos como el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad, con el presunto propósito de llamar la atención a la distancia que lo separa de su homólogo norteamericano, Barack Obama. De todos modos, como era de prever, su intervención en el Medio Oriente, donde se dejó acompañar por el mandatario islamista de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, sólo sirvió para levantar ampollas en Estados Unidos y Europa. ¿Intentará Rousseff subrayar la independencia de Brasil acercándose a regímenes dictatoriales en otras parte del mundo u optará por un perfil más bajo? Se trata de un interrogante que preocupa a quienes temen por el futuro inmediato del Medio Oriente, la región crónicamente agitada en que se encuentran buena parte de las reservas energéticas que necesitan los países industriales, incluyendo a China. En el frente interno, Rousseff tendrá que enfrentar una larga serie de desafíos. Para que la economía brasileña siga creciendo a un buen ritmo, tendrá que depender menos de la exportación de materias primas y productos agrícolas y más de la de bienes manufacturados cada vez más sofisticados y servicios, además, huelga decirlo, del mercado interno, lo que la obligará a profundizar mucho las reformas de un sistema educativo que a pesar de algunas mejoras recientes sigue siendo notoriamente deficiente. Asimismo, en muchas zonas de Brasil la infraestructura es tan primitiva que constituye un obstáculo en el camino del desarrollo económico. También le ocasionará una multitud de problemas la inseguridad, ya que las grandes ciudades brasileñas, en especial Río de Janeiro, están entre las más violentas de planeta, tema éste que cobrará importancia internacional por ser Brasil la sede del próximo Mundial de Fútbol, en el 2014 y, dos años más tarde, de los Juegos Olímpicos. En el clima triunfalista generado por los logros impresionantes de los años últimos, la mayoría de los brasileños ha sido propensa a minimizar la importancia de tales lacras, pero, como siempre sucede cuando una sociedad logra progresar, en adelante no estará tan dispuesta a pasarlas por alto como ha estado durante los ochos años de la gestión de Lula.


Exit mobile version