La violencia al acecho

Por Redacción

Desde que se enteraron de la muerte de un izquierdista joven en una refriega con sindicalistas armados, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su marido están procurando asegurar no tener que pagar ningún costo político por lo ocurrido, pero sus esfuerzos en tal sentido han resultado ser tan torpes que sólo han logrado ubicarse entre los más perjudicados. Dadas las circunstancias, les hubiera convenido limitarse a pronunciar banalidades acerca de la necesidad de permitir que la Justicia aclare el asunto y, a lo sumo, sobre lo peligroso que sería politizarlo pero, obsesionados como están con la idea de estar luchando contra una multitud de conspiradores destituyentes malignos, cayeron en la tentación de tratar de aprovecharlo en beneficio propio. Además de intentar involucrar, sin ninguna prueba, al ex presidente interino Eduardo Duhalde en el asesinato, acaso por suponer que les sería fácil eliminarlo así del escenario político, se ensañaron una vez más con lo que Cristina llama “los caranchos mediáticos” por haber publicado fotos de un sospechoso, el barrabrava Cristian Favale, acompañado por el ministro de Economía, Amado Boudou, y el de Educación, Alberto Sileoni. El enojo que sienten puede entenderse: si bien nada hace creer que haya vínculos significantes entre Favale y los dos funcionarios, no cabe duda de que las fotos han servido para opacar todavía más la imagen del gobierno nacional al recordarnos que sus integrantes se han habituado a codearse con personajes del submundo de las barras bravas. Desgraciadamente para los Kirchner, el asesinato del activista del Partido Obrero Mariano Ferreyra sucedió justo cuando buena parte de la clase política expresaba su alarma creciente por la prepotencia al parecer ilimitada del jefe de la CGT, el camionero Hugo Moyano, y temía que los meses próximos verían un estallido de violencia sindical equiparable con el de los años setenta del siglo pasado. Aunque parecería que los camioneros no participaron del enfrentamiento entre afiliados de la Unión Ferroviaria y militantes del Partido Obrero, a esta altura cualquier episodio que sirve para llamar la atención sobre la relación de los Kirchner con los sectores más truculentos, y más reaccionarios, del movimiento peronista contribuirá a desprestigiar todavía más al gobierno. Por cierto, muchos comparten las opiniones de la ex ministra de Salud, Graciela Ocaña, según la que los realmente interesados en identificar al “autor ideológico” del asesinato “deben buscarlo entre los que estaban en el palco” durante el acto celebrado hace menos de dos semanas por Moyano en el estadio de River Plate, y el presidente de la UCR, Ernesto Sanz, que afirmó que en última instancia los responsables son “sectores violentos que son mantenidos material e institucionalmente por el gobierno”. Puede que ninguno de los presentes en dicho palco haya sido directamente responsable del crimen, pero es innegable que la corriente sindical actualmente representada por Moyano, el heredero del cacique metalúrgico Lorenzo Miguel, siempre se ha caracterizado por la voluntad de dirimir sus disputas con métodos típicos del hampa. En la fase inicial de su gestión conjunta, los Kirchner esperaban domesticar al movimiento piquetero cooptándolo, subsidios y planes trabajar mediante, pero pronto descubrieron que podrían servirse de la combatividad de facciones oficialistas para intimidar a empresarios como los de la petrolera Shell. Y aunque se habían propuesto democratizar el sindicalismo por entender que de lo contrario podría ocasionarles un sinfín de problemas, terminaron aliándose con los sectores más agresivos, razón por la que se ven perjudicados por desmanes protagonizados por matones. Por cierto tiempo el matrimonio estuvo en condiciones de hacerse obedecer por sus socios sindicales, pero al mermar su capital político perdió la capacidad para manejarlos. Como sucedió en los años setenta, cuando Isabel Perón estaba en la Casa Rosada, los Kirchner dependen cada vez más del apoyo de dirigentes que están acostumbrados a ver pasar a los gobiernos y que están tan interesados como ellos mismos en “construir poder” a sabiendas de que lo necesitarán para resistirse a las embestidas que con toda seguridad enfrentarán en un futuro no muy lejano.


Exit mobile version