Las fotos de una mujer trans de Cutral Co que llegaron al archivo de la memoria

Neuquén es la tercera provincia del país en armar un equipo, que trabaja en la recopilación y clasificación del fondo documental de quienes sobrevivieron a la discriminación, la cárcel y el exilio.





Llueve un poco. Unas gotas mezquinas que forman charcos. Katty Villagra llega a la cita. Cuenta que después de 25 años recompuso la relación con su familia y le pidió a su mamá fotos de su niñez.
-Yo me tuve que ir de mi casa cuando dije quién era, ¿entendes?
Le pregunto si esas imágenes también irán al archivo, algún día.
-Por supuesto.

El archivo de la memoria trans es un acervo que reúne más de 15.000 documentos, desde principio del siglo XIX hasta fines de la década de los ´90 de todo el país. Incluye fotografías, DNI, pasaportes, cartas, notas, legajos policiales, artículos de revistas, diarios personales. Este espacio fue impulsado por María Belén Correa, una activista exiliada en Alemania, tras la muerte de otra referente de la comunidad como fue Claudia Pía Baudracco. Primero nació como un espacio virtual donde compartir anécdotas hasta que se transformó en un sitio de recuperación, conservación y reivindicación de existencias.

El material que llega es clasificado y catalogado. La colección está disponible, en el sitio web archivotrans.ar, y organizada en series que van desde el carnaval, las fiestas y los cumpleaños, pasando por los shows, la vida cotidiana, el trabajo sexual, el activismo y la infancia, entre otras.

Desde junio pasado, Neuquén es una de las tres provincias en las que se formó un equipo que trabaja en la compilación local. Está integrado por Katty, que es coordinadora de ATTTA Neuquén y trabaja en la Dirección de Diversidad, junto a María Verdugo y Marina Cisneros. Recientemente se sumó Benjamín Génova.

Hasta el momento llevan recopilados dos fondos documentales. Daniela Chávez, de 62 años que vive en Cutral Co, fue la primera en brindar su material (ver aparte). Le siguió Marga del Valle Ogas, de 68 años, de Neuquén capital. Ambas donaron sus fotografías, luego de firmar un consentimiento.

Las infancias, que hace sesenta años no eran nombradas como trans, pero que existían. Foto Luis Barros.

“Queremos recopilar la historia, nuestra historia. Hemos ido perdiendo nuestras cosas. Hay compañeras que han fallecido y sus cosas no aparecen o no se sabe más de ellas y fuimos encontrándonos de esta manera. Muchas han migrado afuera, otras hemos migrado a distintos lugares de la Argentina. De nuestra época, generalmente estábamos siempre encerradas, porque éramos detenidas si salíamos a la calle. Nuestros archivos y todo lo demás siempre estuvieron en las dependencias policiales. Vos tenías que buscar a alguien y se buscaba dónde estuvimos detenidas, porque no había otra cosa nuestra”, explica Katty.

El encarcelamiento y las humillaciones, que en ocasiones devenían en abusos, eran la regla. “Que la sociedad sepa, que se compruebe realmente que hubo un genocidio trans. Porque nosotras fuimos detenidas durante 60, 90, 120 días, donde nos cortaban el cabello y todo lo demás, solamente por el hecho de ser. El código contravencional decía que era ropa no adecuada al sexo y por eso nos daban esa cantidad de días, donde no teníamos para comer. Entonces nosotras queremos mostrar esa memoria, ese genocidio que se cometió, porque nuestra población todavía sigue teniendo, hasta el día de hoy, un promedio de vida muy bajo, que no la tiene ninguna población, que es de 35 a 40 años”, plantea.

Justamente el 25 de agosto llegará a Neuquén el banderazo trans, una acción federal que recorre el país. Una tela de 15 x 7,5 metros que homenajea a quienes fueron asesinadas, desaparecidas o fallecidas. Por eso es que el archivo está lejos de ser un baúl de recuerdos. Porque no está cerrado, sino que crece, y más que silencioso, late, interpela a la sociedad toda. Por las que no sobrevivieron, por el futuro de las vejeces y el presente de las infancias.

Katty es una de las integrantes del equipo del archivo en Neuquén. Foto Florencia Salto.

En números

2014
se inicia el trabajo de recopilación y preservación para la conservación del material.

"Todavía me siento útil"


*Por Andrea Vázquez

Daniela Chávez abre la puerta de su departamento, pero también la de su historia porque es la primera neuquina en integrar el archivo de la memoria trans. Después de trabajar mucho, ahora pasa sus días sin la urgencia de tener que garantizar sus ingresos, porque accedió a una pensión nacional aunque le gustaría conseguir un empleo porque quiere “sentirse útil.”

En un departamento del barrio General Belgrano -ex450 Viviendas- de Cutral Co, Daniela, de 62 años, vive junto a su perra “Piba” que, a pesar de tener muchos años, se mantiene atenta a los movimientos de su dueña. Entre las dos se acompañan, en especial desde que falleció su pareja, hace justo un año atrás y con quien compartió 14 años de su vida.

Daniela tiene 62 años y vive en Cutral Co. Su fondo documental está en el archivo, junto al de Marga del Valle Ogas. Fotos Luis Barros.

“Acá es cuando me recibí de dactilografía”, dice y exhibe una foto junto con su madre, en el acto de entrega de certificados de la academia. Teniendo en cuenta que la expectativa de vida promedio de las personas trans en el país no supera los 40 años, consulto: ¿Te imaginaste alguna vez llegar a esta edad?
-Nunca, le doy gracias a Dios por eso y porque tengo salud.

Daniela desanda su historia y relata: “nací así, mi mamá me llevó por los psicólogos, iba a ir al secundario. Me anotó (en la ex Escuela Nacional de Comercio de Plaza Huincul, hoy CPEM N° 58) y me quería vestir de hombre, con el blazer azul y los pantalones a cuadros. Pero yo quería otra cosa, quería ser mujer. Cuando me puse el uniforme para ir a la escuela, me escondí y no entré y a los 16 años, me fui de mi casa”.

Estuvo dos años viviendo fuera de su hogar y cuidaba a una niña, mientras la madre trabajaba. A los 18 -en 1977- se fue a Neuquén, donde comenzó a ejercer el trabajo sexual. Estuvo en la ciudad capital hasta los 42, cuando volvió porque su mamá se enfermó. “Me tuve que venir con ella hasta que falleció. Con mi papá, no vivía porque no me aceptaba. Para él yo era hombre y tenía que ser así. Para mí no, en cambio con mi mamá sí era su hija”, afirma.

Aunque su deseo hubiese sido ser enfermera, lamenta que tuvo que ir por otro camino.

Una vez que su madre falleció y se quedó sin la ayuda por cuidado de familiar, se cruzó al comedor del barrio y se puso a “pelar papas y cebollas para colaborar en la cocina”. Después, alguien la vino a buscar para ingresar a trabajar en el hogar de ancianos, puesto que mantuvo durante 12  años hasta que la incorporaron al programa de pensión graciable y tuvo que dejar el lugar.

“El hogar era una casa. Trabajaba cuatro días, me tocaba en la cocina, tres días de descanso. Los otros cuatro días me tocaba en el lavadero, o a la noche de acompañante de enfermero. Todo me gustaba, así que extraño ese trabajo”, dice con nostalgia.

Para Daniela, tener el DNI con su nombre también implicó un gran reconocimiento. Recuerda las veces que para ir a votar debía hacer la fila de hombres y pasar acompañada de su pareja hasta la puerta del cuarto oscuro.

De las mujeres trans adultas mayores de la zona es prácticamente la única que queda, porque otra compañera mayor que ella ya murió. Su deseo ferviente es poder seguir trabajando para que sus días resulten más llevaderos y no tan solitarios.


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