Laura

Por Redacción

Una luchadora, Laura. Cuando te contaba de su próxima intervención (¿y cuántas llevaba?) con tono de batalla a ganar (y sus ojos delataban el alto precio) no había palabras que alcanzaran su épica. Un abrazo, unas manos juntas. Y cuando despotricaba porque ¡otra vez!, algún auto trababa su imprescindible rampa, y sus ojos brillaban de indignación, cualquier inquietud, cualquier cuestión de esas que considerás importante se escapaba al reino de lo minúsculo. Con cierta vergüenza, esa que te recorre ante el espejo dramático en que te mirás. Porque la compadecías con todo, y la admirabas con todo, y agradecías a Algo, a Alguien, que vos estabas parada en tus dos piernas, mirándola de arriba. Buena mina, Laura, mi vecina de atrás. Su casa es –porque la casa, claro, está –el fondo de una serie de viviendas, algunas de las cuales habitamos mujeres solas. Y aquí aparecen dos prejuicios maridados: la disminución de las capacidades y la soledad. No podés evitar evocarlos, porque esta cultura tan cruel con todo lo que no sea joven, sana y acompañada, te hace un guiño cómplice. Nos entendemos, dice. Y lo traduce en diminutivo. Te etiqueta, te disminuye. Es que esa mirada por el ojo de la cerradura veta la valentía, la solidaridad, la decisión – sí, la decisión– de vivir sola. Laura tomó la decisión de vivir sola, como yo, como varias vecinas y, según converso seguido, es lo que decidimos cada vez más mujeres. Pobrecita Laura, susurran. Ah, vivís solita, te preguntan, te condenan minusválida, y hace tiempo que casi retadora, contesto: vivo sola, no solita. Esta gente hija de sus miedos identifica vivir sola con estar sola, cuando una sencilla panorámica afectiva encuentra los lazos reales, familiares, las rutinas compartidas, las actividades comunes que hacen que nadie esté sola. Y aseguro sin pudor: me gusta llegar a mi casa, a mis cosas, a mis plantas, y devolverme a mí. Como esté. Y si la soledad pesa, siempre, siempre, están mi gente querida. Por eso, no dejes que te etiqueten, que te compadezcan. La recuperación de la libertad personal de la mujer madura es un logro que se propaga vertiginosamente, aunque la cultura del modelo perfecto te muerda los talones. Así que Laura vivió dueña de su casa y de sus dolores y de sus luchas y de sus amigas y vecinas, hasta que hace unos días, dijo basta. Algo en Laura dijo basta, ya está bien. Y su corazón se detuvo, y se fue. Así la encontramos. Cuando voy llegando a mi casa, magnéticamente mis ojos van a su puerta cerrada. Esa costumbre que sobrevivirá mucho más que la ausencia de su moradora, como me pasó al morir mi madre: durante años, mis pasos amagaban la ruta de su habitación, hasta que te das cuenta de que vas nada más que a recuerdos, objetos testigos. Y nadie estuvo con ella, con Laura, cuando murió. Un pensamiento que, al vivir sola, me da cierto escalofrío… hasta que convoco la muerte de mi madre. Ahí estábamos sus hijos, rodeando a Margarita, teniendo sus manos, y de pronto ya no nos miraba: sus preciosos ojos claros estaban en otro paisaje, un paisaje que sólo ven los que se van a otro lado, un lado que se conoce al precio de irse. En ese momento, eterno o breve, quién sabe, Margarita estaba sola. Como estaremos todos, y quizás, ¡y qué idea reconfortante es!, habrá Quien nos reciba.

MARíA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

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