Constructor de cabañas y escritor de best sellers: el autor de Bariloche que pasó del policial a los libros infantiles
Emilio Di Tata Roitberg, un referente del policial patagónico, que supo narrar la marginalidad y el “lado B” de Bariloche, cambia de registro sin perder su mirada: ahora escribe para chicos desde la voz de una nena de la Línea Sur, en una saga que ya llegó a las escuelas y se traduce al mundo
Hubo un movimiento inesperado en la obra de Emilio Di Tata Roitberg: del barro del policial patagónico, del “lado B” de Bariloche, de los pasillos del conurbano y los márgenes sociales, a una nena que escribe en un cuaderno escolar y cuenta su vida en la Línea Sur. Y aún así, ese giro -de la marginalidad y los adultos a la ternura, el juego y los primeros lectores- no fue brusco.
El autor que escribió las muy vendidas y elogiadas “El Oso” y “González Catán” ( finalista del Premio Clarín), además de los libros de relatos “Mosquita Muerta” y “La Deseada”; que trabajó como albañil, camionero o panadero antes de consolidarse como escritor -y constructor, que lo sigue siendo- está dando ahora los últimos retoques a la cuarta entrega de “Las aventuras de Maqui en la Patagonia”. La saga ya fue traducida al inglés y en algún momento de este año llevará a su autor hasta Japón porque también se tradujo al japonés.

Nacido y criado en el conurbano bonaerense, y radicado en Bariloche desde 1986, Di Tata Roitberg construyó una literatura que escapa a las postales turísticas para sumergirse en la vida cotidiana, en los códigos de barrio, en las voces que circulan lejos del centro. Esa materia prima también aparece, transformada, en la saga infantil que creó hace cuatro años y que ya se instaló en las escuelas primarias.
Todo ese giro es una torsión natural. Detrás del escritor hay un trabajador de la palabra que aprendió a observar -y sobre todo a escuchar- en los lugares por donde se mueve: obras en construcción, rutas, conversaciones al paso.

Di Tata Roitberg efectivamente construye. “Cuando hay que hacer una cabaña, no se termina más. Y con los libros me pasa algo parecido: uno cree que ya lo tiene y faltan el cierre, las frases, los dibujos”, dice. Y agrega, entre la ironía y la experiencia: “Yo comparo escribir un libro con hacer una casa, y una amiga me dijo: ‘Sí, pero los libros no gotean…’. Y sí: hay libros que gotean”, se ríe desde el otro lado de la pantalla, en esta entrevista con Lecton.
-¿Cómo nació la idea de hacer Las aventuras de Maqui?
-Por mucho tiempo no estuvo en mis planes hacer nada para chicos. Pero, en algún momento, fuimos con una amiga por la Línea Sur, por el campo. Así como ignoraba la literatura infantil, ignoraba el campo. Y ahí fuimos. Paramos en una casa muy chiquita, en el campo, donde vivía una abuela con su nieta. Nos invitaron, como es la gente de cordial en esos lugares que aparece alguien y lo invitan a la casa, y le convidan un mate. Era muy interesante lo que contaban, la abuela y la nieta: una nena muy despierta, muy charleta, que nos informaba de muchas cosas, con ese lenguaje que tienen los chicos. Me gustó mucho la idea de ir dibujando y contándolo en la voz de esa misma nena que cuenta su historia. Me gustó la visión que tenían entre el aislamiento y la comunicación. Justo donde estaban ellas no tenían señal de celular, pero en la escuela sí.
Entonces, no es la visión estereotipada que uno tendría del paisano aislado del mundo. Ella está bastante conectada y, por otro lado, no conoce muchas cosas. Por ejemplo, nunca estuvo en una ciudad grande; estuvo en alguna ciudad cercana, pequeña, y el asfaltoes lo que le parece más moderno. En los viajes uno va conociendo más gente, gente que te dice “vení a mi casa, vivo en tal lado”, y tenés que cruzar un río y te están esperando con una camioneta porque es probable que te quedes al pasar. Todas esas cosas las trato de ir incorporando a los libros. Voy abierto a ver qué aparece y siempre salen ideas.
Pasar del realismo crudo de “El Oso” -que se lee en los colegios secundarios del sur por su retrato de la marginalidad de los barrios altos de Bariloche- a un cuaderno escolar escrito en letra imprenta mayúscula para nenes de entre 6 y 8 años implicó un abismo técnico. Sin embargo, la premisa de Di Tata Roitberg sigue siendo la misma: la honestidad ante el entorno y el respeto absoluto por quien lee.
¿Cuál fue la dificultad de este cambio de registro?
-La verdad que no es fácil. Cuando era chico y recién empezaba a escribir, me parecía que el hecho de contar una historia era pasarla al papel y listo. Pasa con cualquier trabajo: querés hacer una mesa y decís “bueno, son cuatro patas con unos clavos”, pero después te das cuenta de que cuando empezás se va complicando, tiene sus aristas. A mí me gusta porque trato de escribir para los chicos y un poco para los grandes, que son los que les leen las historias. Cuando escribía, a María Elena Walsh le decían: “Tal palabra es difícil para que la sepan los chicos”.

Y ella respondía: “Bueno, pero para eso está el papá, la mamá, alguien que se lo va a explicar”. En Maqui, de alguna manera, ella ve o escucha lo que hablan los animales. No es que se entiendan en un diálogo directo, pero como el libro es su cuaderno, ella pone lo que diría o pensaría el animal. Por ahí un animal grita: “inadaptado”. Sé que es una palabra que no usaría un nene, y me lleva a pensar si la entendería. Pero a mí no me gusta subestimar al lector. Me ha pasado también con libros para adultos que me dicen “esto no lo van a entender”, y sí se entiende. Uno trata de ser claro y, en todo caso, alguien le explicará o buscarán un diccionario.
-En el caso de Maqui, vos mismo asumís el rol de ilustrador.
-Sí. Después de que salió el primer libro tuve un par de ofrecimientos generosos de gente que sabe dibujar mejor que yo, pero no lo pude aceptar porque lo voy haciendo en un proceso conjunto. Tengo que mantener una serie de dibujos como si los hiciera una nena de 8 o 9 años, pero que a la vez sean expresivos. A veces, cuando voy avanzando, no se me ocurre qué decir, entonces empiezo a hacer el dibujito. Por ejemplo, el reencuentro de Maqui con la abuela cuando vuelve de la escuela albergue tras una semana. Dibujo a Maqui corriendo hacia la abuela desde varios ángulos y, mientras lo hago, se me ocurre el texto. Y viceversa.
La Patagonia sin golpes bajos
Tanto en sus ficciones para adultos como en el universo infantil de Maqui, el paisaje no es una postal turística. El entorno es a veces hostil, y define la subsistencia.
-En tu obra previa retrataste el “lado B” de la región. En Maqui tampoco se romantiza la ruralidad de la Línea Sur.
-No hay escenas de contemplación de decir “qué lindas son las montañas, qué lindo el amanecer”. La persona que vive ahí no lo piensa de esa manera. A veces lo piensa más cuando viene alguien de afuera. Uno mira el lago en Bariloche y dice “ah, sí, es lindo”, pero lo ves todo el día. Lo apreciás cuando te falta, como la salud o el dinero. En el campo hay mucha gente mayor, queda poca gente joven. La realidad más dura de lo que está en los libros de Maqui no la nota a lo mejor la propia protagonista, porque es lo único que conoce; pero sí lo nota el lector, al ver que tienen que ir a buscar el agua al río, cosas así. Mi abuela creció en el campo en el norte, en Tucumán, trabajaba en un ingenio azucarero y después se fue a Buenos Aires de muy chica. Ella lo contaba como si hubiera sido todo hermoso, a pesar de que le pagaban con fichas. No lo veía como algo negativo, decía “era lo que había”. En Maqui se ve esa diferencia: la mamá se tiene que ir a trabajar a la ciudad de Bariloche porque en el campo no puede progresar mucho, y la nena está tironeada entre querer ir a ver a su madre y el gusto por su lugar. La abuela, en una parte que todavía no apareció, le hace una diatriba horrible de la ciudad, le dice que es sucia, fea y que la gente no te presta atención.
-Es un choque de mundos..
-En Maqui conviven dos mundos: el de su abuela, el de la sabiduría tradicional que mira al cielo y sabe si viene una tormenta o una nevada, porque de eso depende su vida.
Con el cuarto número de “Las aventuras de Maqui” ingresando a imprenta a principios de junio para salir al público entre fines de junio y julio, Di Tata Roitberg reflexiona sobre la mayor gratificación que le da este oficio: la devolución de quienes habitan esa misma realidad sobre la que escribe.
“El feedback es hermoso”, dice. “Disfruto mucho cuando veo que los chicos me hacen comentarios, o cuando los papá y las mamás me mandan mensajes por redes. El otro día me escribió a su papá, que me dijo que su hija, de 7 años, leyó el libro, y quiere ser amiga de Maqui. Esas cosas me gustan. Y también las sorpresas, como cuando me dijeron que usan el libro para alfabetizar, o para adultos mayores.
-Además de escritor, sos constructor. ¿Cómo se cruzan esos dos oficios?
-No lo hago todo el tiempo, pero en verano me dedico más a la construcción que a escribir. Y me viene muy bien, porque mientras construyo, escucho. En la construcción aparecen personajes como los de El Oso, gente que te cuenta su paso por la cárcel o su vida sin que uno le tire de la lengua. Y mientras estás ahí, con la sierra y el martillo, pensás: esto estaría bueno para una historia. Todos mis libros nacen así, escuchando.
Hubo un movimiento inesperado en la obra de Emilio Di Tata Roitberg: del barro del policial patagónico, del “lado B” de Bariloche, de los pasillos del conurbano y los márgenes sociales, a una nena que escribe en un cuaderno escolar y cuenta su vida en la Línea Sur. Y aún así, ese giro -de la marginalidad y los adultos a la ternura, el juego y los primeros lectores- no fue brusco.
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