La escritura como un cuchillo: Margarita García Robayo y el relanzamiento de su obra más descarnada, «Primera persona»
Anagrama reedita "Primera persona", el ya clásico libro de narraciones autobiográficas de la autora colombiana. Una obra descarnada e incorrecta que disecciona la maternidad, el sexo y los lazos familiares para transformar lo íntimo en un espejo universal.
Cuando este libro apareció en las librerías en 2017 -en ese tiempo antes de la pandemia que ahora parece otro siglo, otra vida, otra existencia-, “Primera persona”, de la colombiana Margarita Robayo fue un sacudón. De los buenos. Descarnada y amable a la vez, ácida y dulce, distante y cercana, todo a la vez, su prosa, su auto exposición en temas tan universales y sensibles como la familia, los padres, el sexo, los amores y desamores, la maternidad, la existencia, el vacío, y la literatura, fue un sacudón de originalidad, inteligencia, precisión, humor oscuro, una de esas miradas y escrituras novedosas y necesarias. Ahora que Anagrama acaba de relanzar el título, en este tiempo pospandémico, tan otro siglo, tan aparentemente otra vida, el sacudón permanece. Pasaron casi diez años, pero mantiene el alto voltaje. Es un clásico.
Con dos nuevas crónicas entre las once que forman el libro, Margarita García Robayo, disecciona como una experta del escalpelo su mente y su cuerpo no para volverse una exhibicionista de la singularidad desde esa primera persona sino, como dice Leila Guerriero en el prólogo, para hablar “todo el tiempo en una muy solidaria tercera persona del universal”.

Y aquí es donde aquello del tiempo pasado entre la primera publicación y este cambio de editorial y relanzamiento cobra mayor impacto. Ahora es habitual leer sobre la maternidad desacralizada, o el amantamiento. Pero en 2014, cuando publicó “Leche”, una de las crónicas que forman parte de este libro, no se hablaba ni se leía tanto sobre el tema, sobre lo frustante que pueden resultar todos esos mensajes llenos de signos de exclamación -¡No te dejes vencer!- para la madre que quiere pero no puede. García Robayo nunca, en ningún momento, asume el papel de la víctima ni el de la superada: es la mujer que quiere, que no puede, que sabe que para poder cumplir con la teta a demanda durante seis meses exclusivos se necesitan unos recursos económicos que no todos tienen y un tiempo y una tranquilidad que tampoco. Es insolente e incorrecta en la forma de planetarlo, es inteligente, pero sobre todo, solidaria.
Autora de las novelas “Hasta que pase un huracán”, “Lo que no aprendí”, “Tiempo muerto”, “La encomienda”; de varios libros de cuentos, entre los que se destaca “Cosas peores”, ganador del Premio Literario Casa de las Américas, y de ensayos como “El afuera”, García Robayo hunde el escalpelo, aplica su mirada de rayos X a todo, sin temor a quedar expuesta en lo que ve, y sin temor a mostrar lo que ve. Es su método. Lo dice así, en uno de sus textos: “Lo visible está hecho de capas que te impiden ver, hay que sacarlas del medio para encontrar algo. El desamparo en el que me encuentro cuando escribo me sirve de cuchillo. Uso ese cuchillo para rajar lo visible y buscar algo que no se ve, que a veces no se entiende porque, justamente, una de las capas más gordas con las que se cubre la vida es la de la pretensión de entender”.

Nació en Cartagena en 1980, en el caribe, pero no le gusta el mar, ni siquiera sabe nadar. “Cuando abandoné mi ciudad costera pensé que lo mejor que podía pasarme era vivir en un lugar alejado de la playa y dedicar menos horas al pensamiento ocioso y cíclico. Lo primero sucedió, lo segundo no. Crecer mirando el agua, aspirando el salitre y buscando la sombra te condena a la divagación inconducente. Y, de algún modo, de eso vivo”.
Su divagación nunca es inconducente. Habla de su padre, del desequilibrio de su madre normalizado durante años en su familia, de sus relaciones, de la primera vez en el sexo, de las mudanzas, de ser escritora y mujer y tener que responder preguntas incómodas, de la corrección política lavada, de la posibilidad siempre latente y oscura del desamor.
A veces puede sonar terriblemente desesperanzada. Como cuando escribe: “Sea lo que sea que querramos pensar de nosotros mismos, no somos lo más parecido a lo que soñamos ser, ni somos esa síntesis que creemos ver en el espejo. Somos el resultado de cómo nos han mirado los demás a lo largo de la vida. La historia de nuestra identidad está escrita por los otros”.
Pero todas esas contradicciones que parece haber en ella, -dulzura y ferocidad, arrojo y sutileza, desdicha y candidez- están al servicio de una escritura que brota de reflexiones, de profundas reflexiones. Como en «Residencia», donde la experiencia de un retiro de escritores en algún lugar del Caribe y de una lluvia torrencial la hacen pensar esto: «Trato de ubicar en el tiempo el día que llegué acá; no pasó ni una semana, pero se siente tan lejos: el primer paseo por el pueblo, la visión del agua arrasándolo todo. Me pregunto si eso fue, efectivamente, una visión; si será esto lo que llaman destino. Me contesto que ese debe ser un pensamiento recurrente entre quienes han gastado hasta la última gota de voluntad. Sin voluntad es fácil abrazar la idea de que hay un conjunto de sucesos irremediables a los que estamos condenados desde que nacemos. La idea del destino es asimilable a la idea de impotencia».
Este no es un libro del que se sale aliviado. El sacudón, el voltaje alto, toda esa primera persona que se vuelve universal, quizás provoque incomodidad, cierta zozobra. Pero eso es justamente lo que hacen los buenos libros.
Cuando este libro apareció en las librerías en 2017 -en ese tiempo antes de la pandemia que ahora parece otro siglo, otra vida, otra existencia-, “Primera persona”, de la colombiana Margarita Robayo fue un sacudón. De los buenos. Descarnada y amable a la vez, ácida y dulce, distante y cercana, todo a la vez, su prosa, su auto exposición en temas tan universales y sensibles como la familia, los padres, el sexo, los amores y desamores, la maternidad, la existencia, el vacío, y la literatura, fue un sacudón de originalidad, inteligencia, precisión, humor oscuro, una de esas miradas y escrituras novedosas y necesarias. Ahora que Anagrama acaba de relanzar el título, en este tiempo pospandémico, tan otro siglo, tan aparentemente otra vida, el sacudón permanece. Pasaron casi diez años, pero mantiene el alto voltaje. Es un clásico.
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