Luis Pescetti llega a la Feria del Libro de Roca, un artista para chicos y grandes
En una entrevista con Lectón, el escritor, músico y autor de Natacha y Frin habla sobre el juego, las emociones, las pantallas y esas historias que pasan de padres a hijos. Pescetti se presentará en Roca el jueves 1°, a las 15:30, con un espectáculo para las infancias.
“Es posible desear algo imposible”, escribe Luis Pescetti en «Nuestros más queridos imposibles». No se refiere solamente a volar una noche sobre el pueblo, como propone en su texto, sino a algo más elemental: que una pregunta pueda abrirse aunque todavía no sepamos qué hacer con ella: “Eso equivale a una pregunta, y no hay que acallar ninguna pregunta”.
Quizás haya algo de eso en la relación que Pescetti construyó durante décadas con las infancias. Sus canciones, sus libros, sus juegos y sus espectáculos no parten de una idea de infancia como territorio protegido de todo aquello que incomoda. Al contrario: a ese espacio ingresan el miedo, los celos, la vergüenza, el enojo, las peleas, el amor, la curiosidad, la amistad, la familia, el aburrimiento y también las preguntas que todavía no tienen una respuesta clara.

Es un universo que para muchos adultos quedó ligado a escenas cotidianas: escuchar «Cassette pirata» o «Bocasucia» en el auto, aprenderse una canción, reírse con los chicos; leer -leerles- «Natacha» antes de dormir; después descubrir «Frin», seguir con «Lejos de Frin» y, años más tarde, encontrarse con que aquellos libros que habían acompañado la infancia de los hijos ahora pasan a otra generación. En el sitio de Pescetti conviven esas obras con otras más recientes y con una extensa discografía que incluye, entre muchos otros, «La mona risa de los niños», «Tengo mal comportamiento», «Magia todo el día», «Lío» y «Canzoni per bimbe bimbi e altre creature giganti».
Pescetti llegará este jueves 1° de octubre a Roca para participar de la Feria Municipal del Libro “Leer entre bardas”. A las 14 será la apertura oficial y, a las 15.30, ofrecerá un espectáculo musical en el Auditorio Jorge Luis Borges. Es una visita que reúne, en un mismo lugar, a chicos que probablemente llegan por primera vez a su obra y a adultos que conocen desde hace años esa mezcla de humor, música, literatura y juego.
Antes de venir, respondió por escrito a Lecton sobre aquello que parece estar en el centro de su trabajo: jugar, poner palabras, contar historias y encontrar una manera de acompañar la experiencia cotidiana de los chicos sin hablar en su nombre.
-Muchas veces se piensa el juego como algo opuesto a lo serio. En tu obra ocurre lo contrario: el juego parece ser una forma de pensar, de relacionarse con otros y hasta de entender lo que nos pasa. ¿Qué cosas permite decir o pensar el juego que no permite decir el lenguaje “serio”?
-La actitud del que propone, sea maestro, coordinador, y la de los jugadores. “Jugar en serio”, más allá de las reglas supone que te metés de verdad, que te gusta hacerlo y que es significativo para vos jugar con los otros. Eso incluye el sentido de oportunidad: hay juegos que evaden y otros, como los que se usaron en Colombia para acercar poblaciones de zonas en conflicto que fueron cruciales.
La idea de tomarse el juego en serio también aparece en sus libros. En «Natacha», por ejemplo, una conversación aparentemente cotidiana puede convertirse en un pequeño laboratorio de preguntas, malentendidos y ocurrencias. Natacha es una chica “divertida y preguntona”, según la presentación del propio Pescetti, y su mundo se construye precisamente a partir de esa capacidad de preguntar y de llevar una situación un poco más lejos de lo esperado.
-Has dicho que los chicos “ven bocha de cosas” pero todavía no saben que tienen palabras para eso. ¿Qué significa para vos darle palabras a la infancia? ¿Y cómo se evita hablar por ellos o ponerles palabras adultas en la boca?
-Cuando un chico hace se interesa por un tema es bueno, a veces, empezar por entender qué sabe de eso, si vivió algo o le contaron, cómo llega a la curiosidad y tu respuesta va encajando como piezas de un rompecabezas coherente con esa información que ordenás o a la que completás. No irrumpís como si se te cayera una enciclopedia encima
En esa búsqueda de palabras también hay una decisión sobre qué contar. Pescetti empezó como maestro y, según explica, encontró un repertorio de canciones infantiles en el que predominaban la naturaleza, los animales o los piratas, mientras faltaban canciones que acompañaran aquello que ocurría todos los días. De ahí que en sus canciones puedan aparecer emociones menos prolijas y situaciones que no necesariamente terminan con una enseñanza.
-En tus canciones y libros aparecen mucho la vergüenza, el enojo, los celos, el miedo, la incomodidad, los conflictos familiares. ¿Por qué te interesa tanto trabajar con esas zonas de la experiencia infantil en lugar de construir una infancia más amable o protegida?
-Aparece toda la gama de las emociones de la convivencia en familia y con pares, no sólo esos. Cuando empecé como maestro de escuelas, el paisaje de las canciones infantiles eran la naturaleza, animales, piratas, en una gran mayoría; y faltaban canciones que acompañaran las experiencias del día a día.
Eso puede leerse también en «Frin», una novela en la que la amistad, el colegio, el amor, los viajes y las situaciones inesperadas aparecen desde la perspectiva de los chicos. Frin odia los deportes, lee, anda en bicicleta y atraviesa, junto con sus amigos, experiencias que no necesitan ser convertidas en moraleja para resultar significativas.
La literatura y la música, en Pescetti, tampoco funcionan como compartimentos separados. El escenario se mete en la escritura y la escritura vuelve al escenario.
-La música y la literatura suelen pensarse como disciplinas distintas, pero en tu trabajo están mezcladas desde el comienzo. ¿Qué descubre un escritor cuando empieza a pensar una historia como canción, y qué descubre un músico cuando empieza a pensar una canción como relato?
-Hay algo del ritmo del escenario que se traslada a cuando escribo, la dinámica de un espectáculo queda en el oído y se cuela; y algo de la intimidad de la escritura que se traslada al escenario.
Quizás por eso una canción como “La tele no me pide nada” puede convivir en su universo con historias, juegos y libros: no se trata solamente de hablarles a los chicos sobre aquello que hacen, sino de entrar en ese mundo desde adentro, con humor y sin colocarse por encima. En su sitio también aparece “No aprendió la letra”, junto con otras canciones y materiales que forman parte de una obra que lleva décadas cambiando de formato sin abandonar esa mezcla.
-Frente a las pantallas suele aparecer la idea de que hay que “recuperar” la atención de los chicos o competir con aquello que los distrae. Vos decís que no competís con internet ni con la televisión. ¿Qué tendría que hacer un libro, una canción o un espectáculo para ser deseable en medio de ese universo? ¿Qué cambió?
-Primero que llegue de la mano de un adulto que lo lee, lo comparte, y tantea con no, si va, si no tantea con otro, un libro te tiene que hablar: cuando pasa eso, no hay persona que lo suelte. Estamos ávidos de historias.
-Natacha y Frin siguen siendo leídos por generaciones distintas. ¿Hay algo de ellos que hoy escribirías de otra manera?
-No.
La respuesta es breve. Alcanza. Una de las particularidades de la obra de Pescetti es justamente esa posibilidad de que una misma historia funcione en distintos momentos de la vida.
-Vas a encontrarte en Roca con chicos, familias, docentes y lectores en una feria del libro. Si tuvieras que defender una sola idea frente a quienes dicen que los chicos de hoy leen menos, juegan menos o tienen menos capacidad de atención que antes, ¿qué les dirías?
-Que se siente en medio de la sala, y luego repiense lo que afirma.
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