¿Lenguas muertas?
PALIMPSESTOS
Néstor Tkaczek ntkaczek@hotmail.com
Esta es una traslación fonética del griego a nuestro alfabeto: “Mënin aeide zea Peleiadeo Akhileos…” (Canta, diosa, la cólera funesta de Aquiles, hijo de Peleo). Así comienza la “Ilíada”, el poema que inaugura la literatura griega, y la musicalidad de estos versos ha recorrido todos los vientos de la historia hasta llegar aquí. Y ése es uno de los grandes logros de la literatura y del arte en general: ejecutar una verónica elegante de torero experto para que Cronos pase como toro enfurecido. Siglos más adelante lo dirá en forma explícita e inigualablemente bella Horacio, uno de los grande poetas latinos: “Exegi monumentum aere perennius/ regalique situ pyramidum altius/ quod non imber edax/ non Aquilo inpotens/ possuit diruere aut innumerabilis annorum series et fuga temporum…”. (Levanté un monumento más duradero que el bronce, y más alto que las regias pirámides, que ni las lluvias voraces, ni el Aquilón furioso, ni la sucesión innumera de días, ni el paso de los años podrán demoler…). Y en el medio de esta reflexión sobre la perdurabilidad de la literatura, sobre las obras y sus autores aparecen dos lenguas: el griego y el latín. Las dos están indisolublemente ligadas a la civilización occidental. A ambas se las tilda de “lenguas muertas”, cuando en realidad perviven y evolucionan en las lenguas modernas. Porque el castellano que hablamos, vos, yo y la vecina no podría imaginarse sin el aporte del griego, y hay quienes definen a nuestro idioma como “el latín del siglo XXI”. El estudio de estas dos lenguas provocó en mí, en un primer momento, la zozobra y la duda para acometer semejante empresa. El griego y su grafía tan particular y el latín con su estructura de la frase y sus declinaciones tan ajenas al español se asemejaban a una fortaleza inexpugnable. Y sin embargo, primero el griego con su ritmo tan particular lentamente se fue transformando en una de mis pasiones a medida que las palabras, las frases cobraban sentido. Era ni más ni menos que oír la respiración, la dicción de Esquilo en sus personajes trágicos, la voz florida de Safo y sus muchachas en la isla de Lesbos, la garra y el temple de las heroínas de Eurípides, Platón y su estilo luminoso, y por contraste, Aristóteles y su parquedad científica, Heródoto y su empresa de reunir la historia del mundo. El latín fue más amigable en un comienzo; pero luego se tornó arduo y complejo de lidiar con tanta subordinada, con tanto participio. Pero luego experimenté la sencillez de la prosa de Séneca, la claridad y limpieza del estilo de Cicerón, la fuerza de Julio César, la magnificencia de los versos de Virgilio, Ovidio y sus frases tan complejas que llevan a un mundo prodigioso, Horacio y su poesía tan cercana a nuestro tiempo. Y así, lentamente la fortaleza había sido conquistada. Hoy el griego y el latín casi han desaparecido de las carreras de Letras y de Filosofía. Las razones (a mi modo de ver endebles) son varias para ello; pero las objeciones también. Sin los clásicos griegos y latinos es difícil entender cabalmente la literatura posterior. Además sin estos idiomas, la historia de nuestra lengua, la historia de las palabras, la etimología, queda sin su sustento. A veces en nombre del progreso o la utilidad o la facilidad o vaya a saber qué, el árbol de la sabiduría queda más florido pero con las raíces al aire y un tronco muy débil.