Los espacios olvidados de la escuela
Observar los edificios escolares es una tarea que lleva a preguntarse: ¿qué es lo que privilegiaron los funcionarios y técnicos al confeccionar su diseño y ordenar su construcción? A poco de analizar su distribución se detectará, en muchos casos, que una de las carencias más perceptibles es la falta de un espacio apto para el movimiento de los alumnos. Así nos encontramos con patios tan diminutos que provocan hacinamiento a la hora del recreo o de la concentración de los escolares. También los hay más grandes, pero igualmente antifuncionales, ya que están colmados de obstáculos como desniveles, canteros, mástiles, bebederos y cuanta barrera arquitectónica al movimiento se pueda llegar a imaginar. Hay escuelas que sí han previsto superficies despejadas, pero que por la ausencia de mantenimiento o utilización como seudo depósitos de materiales, son una invitación permanente a caídas, resbalones o accidentes. Los gimnasios por su parte, a pesar de ser recintos ideados para la actividad, en múltiples ocasiones no respetan la superficie mínima que los reglamentos determinan para los deportes de raigambre escolar. Ello no sólo es producto de la falta de espacio, sino de la supina ignorancia acerca del para qué y el para quién han sido creados. En las antípodas están aquellas que ni siquiera cuentan con un lugar específico, razón por la cual las clases de Educación Física son dictadas en pasillos o en salones pequeños que no fueron creados para tal fin. Recientemente un grupo de profesores de Educación Física de Zapala (“Río Negro” 21/4/12) denunció que ningún establecimiento educativo primario o inicial de la ciudad cuenta con un lugar apto para la práctica de Educación Física, realizándose las mismas “en galerías, cuyos anchos no superan los 4 metros… donde hay matafuegos colgados a la altura de las cabezas de los niños, calefactores, luminarias y vidrios sin su correspondiente protección, y circulan personas ajenas a la clase en todo momento”. El licenciado Víctor Pavía, quien ha estudiado el tema en profundidad, ha sostenido que: “la forma tradicional del patio está siendo progresivamente reducida en sus dimensiones. En las escuelas ya construidas se anexan cada vez más aulas (más niños para menos patio) y en la construcción de los nuevos edificios las proporciones sugeridas se han modificado a la baja… La totalidad de estas propuestas pregona el aumento del tiempo escolar sin evidenciar un interés equivalente del espacio. Todo lo contrario. El aumento formal de la permanencia de niños y niñas dentro del sistema se ha hecho, en la mayoría de los casos, a costa de una utilización intensiva de los edificios”. A tenor de estas consideraciones, llegaremos a la paradójica conclusión que a la persona que menos se ha considerado a la hora de pensar en los patios o gimnasios escolares es a su destinatario: el niño. Impera aún en la mentalidad de muchos de los diseños escolares el dualismo cartesiano que se empeñó en separar el espacio donde vive el cuerpo (la “res extensa”) de su parcela pensante (“la res cogitans”), dando prioridad exclusiva a esta última y sin advertir que, para una formación integral, ambas deben ir de la mano. Hoy se conocen los múltiples beneficios que en materia de salud produce la actividad física a nivel social, coordinativo, muscular, óseo, cardiovascular, pulmonar, cerebral y de las articulaciones. Cabe preguntarse entonces: ¿cómo es posible desarrollar todas estas mejoras en un colegio si éste no cuenta con el espacio físico para ello? Según Sharon Junge, experta de la Universidad de California: “El recreo es más que un ‘juego’. Es un rato para que los estudiantes puedan dejar descansar sus cerebros, ejercitar sus cuerpos, hacer amigos, resolver problemas y divertirse”. ¿Cómo podrán los alumnos crecer en estos aspectos, en el “embotellamiento” que se produce en ciertas escuelas? Podría afirmarse, sin hesitar, que la educación física es uno de los pocos momentos en la formación que involucran al ser en su integridad. Por consiguiente, el patio o gimnasio escolar se transforma en una de las “aulas” más importantes –cualitativamente hablando– y, como tal, debe contar con una infraestructura adecuada. Lamentablemente ello en infinidad de casos no sucede, lo que ha llevado a los profesores de Educación Física a ser verdaderos malabaristas en orden a adecuar los contenidos a los espacios disponibles y hasta en algunas situaciones suspender actividades ante la imposibilidad fáctica de su concreción. Esto genera también una diferencia de calidad educativa entre los colegios que sí disponen de espacios en condiciones, de aquellos que no los poseen. Desde lo legal, el docente deberá denunciar las anomalías edilicias por escrito y con constancia de recepción, exigiendo a su inmediato superior se subsanen los obstáculos y riesgos para poder dictar sus clases en debidas condiciones. Hasta tanto ello ocurra y de ser necesario, tendrá que adecuar sus contenidos. Ello en la inteligencia que si el artículo 1117 CC en su anterior redacción eximía de responsabilidad al maestro cuando éste probaba “que no pudo impedir el daño con la autoridad que su calidad le confería y con el cuidado que era el deber poner”, cuanto más ahora que a partir del dictado de la ley 24830 se lo ha deslegitimado pasivamente de toda presunción en su contra. Es el titular del establecimiento educativo, por un factor de atribución objetivo agravado que pesa sobre su cabeza, quien en primer término debe velar por las condiciones de seguridad escolares. Ello indudablemente incluye la infraestructura de los patios y de los gimnasios. Llama la atención que ante una norma de responsabilidad civil tan estricta, el propietario del establecimiento educativo (Consejo de Educación si la escuela es pública o la persona física o jurídica que acomete el servicio educativo si es privada) no preste interés al tema. También que no lo haga el seguro, que como condición legal obligatoria deben los colegios contratar. Recordemos que para el menor el juego es un derecho, contemplado en la Convención Internacional de los Derechos del Niño y receptado por nuestra Constitución Nacional. En tiempos en que la inactividad física y la obesidad infantil constituyen un flagelo, disponer de espacios físicos destinados a combatirlas, dentro de la escuela, es un deber para quienes toman decisiones educativas. Porque como bien señala Pavía, citando a Godínez: “Es un fraude a la sociedad pensar que el niño está bien escolarizado porque tenga un pupitre y un asiento en un aula cerrada”. (*) Profesor Nac. de Educación Física. marceloangriman@ciudad.com.ar
El patio y el gimnasio
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)
Observar los edificios escolares es una tarea que lleva a preguntarse: ¿qué es lo que privilegiaron los funcionarios y técnicos al confeccionar su diseño y ordenar su construcción? A poco de analizar su distribución se detectará, en muchos casos, que una de las carencias más perceptibles es la falta de un espacio apto para el movimiento de los alumnos. Así nos encontramos con patios tan diminutos que provocan hacinamiento a la hora del recreo o de la concentración de los escolares. También los hay más grandes, pero igualmente antifuncionales, ya que están colmados de obstáculos como desniveles, canteros, mástiles, bebederos y cuanta barrera arquitectónica al movimiento se pueda llegar a imaginar. Hay escuelas que sí han previsto superficies despejadas, pero que por la ausencia de mantenimiento o utilización como seudo depósitos de materiales, son una invitación permanente a caídas, resbalones o accidentes. Los gimnasios por su parte, a pesar de ser recintos ideados para la actividad, en múltiples ocasiones no respetan la superficie mínima que los reglamentos determinan para los deportes de raigambre escolar. Ello no sólo es producto de la falta de espacio, sino de la supina ignorancia acerca del para qué y el para quién han sido creados. En las antípodas están aquellas que ni siquiera cuentan con un lugar específico, razón por la cual las clases de Educación Física son dictadas en pasillos o en salones pequeños que no fueron creados para tal fin. Recientemente un grupo de profesores de Educación Física de Zapala (“Río Negro” 21/4/12) denunció que ningún establecimiento educativo primario o inicial de la ciudad cuenta con un lugar apto para la práctica de Educación Física, realizándose las mismas “en galerías, cuyos anchos no superan los 4 metros... donde hay matafuegos colgados a la altura de las cabezas de los niños, calefactores, luminarias y vidrios sin su correspondiente protección, y circulan personas ajenas a la clase en todo momento”. El licenciado Víctor Pavía, quien ha estudiado el tema en profundidad, ha sostenido que: “la forma tradicional del patio está siendo progresivamente reducida en sus dimensiones. En las escuelas ya construidas se anexan cada vez más aulas (más niños para menos patio) y en la construcción de los nuevos edificios las proporciones sugeridas se han modificado a la baja... La totalidad de estas propuestas pregona el aumento del tiempo escolar sin evidenciar un interés equivalente del espacio. Todo lo contrario. El aumento formal de la permanencia de niños y niñas dentro del sistema se ha hecho, en la mayoría de los casos, a costa de una utilización intensiva de los edificios”. A tenor de estas consideraciones, llegaremos a la paradójica conclusión que a la persona que menos se ha considerado a la hora de pensar en los patios o gimnasios escolares es a su destinatario: el niño. Impera aún en la mentalidad de muchos de los diseños escolares el dualismo cartesiano que se empeñó en separar el espacio donde vive el cuerpo (la “res extensa”) de su parcela pensante (“la res cogitans”), dando prioridad exclusiva a esta última y sin advertir que, para una formación integral, ambas deben ir de la mano. Hoy se conocen los múltiples beneficios que en materia de salud produce la actividad física a nivel social, coordinativo, muscular, óseo, cardiovascular, pulmonar, cerebral y de las articulaciones. Cabe preguntarse entonces: ¿cómo es posible desarrollar todas estas mejoras en un colegio si éste no cuenta con el espacio físico para ello? Según Sharon Junge, experta de la Universidad de California: “El recreo es más que un ‘juego’. Es un rato para que los estudiantes puedan dejar descansar sus cerebros, ejercitar sus cuerpos, hacer amigos, resolver problemas y divertirse”. ¿Cómo podrán los alumnos crecer en estos aspectos, en el “embotellamiento” que se produce en ciertas escuelas? Podría afirmarse, sin hesitar, que la educación física es uno de los pocos momentos en la formación que involucran al ser en su integridad. Por consiguiente, el patio o gimnasio escolar se transforma en una de las “aulas” más importantes –cualitativamente hablando– y, como tal, debe contar con una infraestructura adecuada. Lamentablemente ello en infinidad de casos no sucede, lo que ha llevado a los profesores de Educación Física a ser verdaderos malabaristas en orden a adecuar los contenidos a los espacios disponibles y hasta en algunas situaciones suspender actividades ante la imposibilidad fáctica de su concreción. Esto genera también una diferencia de calidad educativa entre los colegios que sí disponen de espacios en condiciones, de aquellos que no los poseen. Desde lo legal, el docente deberá denunciar las anomalías edilicias por escrito y con constancia de recepción, exigiendo a su inmediato superior se subsanen los obstáculos y riesgos para poder dictar sus clases en debidas condiciones. Hasta tanto ello ocurra y de ser necesario, tendrá que adecuar sus contenidos. Ello en la inteligencia que si el artículo 1117 CC en su anterior redacción eximía de responsabilidad al maestro cuando éste probaba “que no pudo impedir el daño con la autoridad que su calidad le confería y con el cuidado que era el deber poner”, cuanto más ahora que a partir del dictado de la ley 24830 se lo ha deslegitimado pasivamente de toda presunción en su contra. Es el titular del establecimiento educativo, por un factor de atribución objetivo agravado que pesa sobre su cabeza, quien en primer término debe velar por las condiciones de seguridad escolares. Ello indudablemente incluye la infraestructura de los patios y de los gimnasios. Llama la atención que ante una norma de responsabilidad civil tan estricta, el propietario del establecimiento educativo (Consejo de Educación si la escuela es pública o la persona física o jurídica que acomete el servicio educativo si es privada) no preste interés al tema. También que no lo haga el seguro, que como condición legal obligatoria deben los colegios contratar. Recordemos que para el menor el juego es un derecho, contemplado en la Convención Internacional de los Derechos del Niño y receptado por nuestra Constitución Nacional. En tiempos en que la inactividad física y la obesidad infantil constituyen un flagelo, disponer de espacios físicos destinados a combatirlas, dentro de la escuela, es un deber para quienes toman decisiones educativas. Porque como bien señala Pavía, citando a Godínez: “Es un fraude a la sociedad pensar que el niño está bien escolarizado porque tenga un pupitre y un asiento en un aula cerrada”. (*) Profesor Nac. de Educación Física. marceloangriman@ciudad.com.ar
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