Los guerreros santos siguen avanzando
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
Luego de una tregua tensa y en verdad bastante agitada de menos de dos siglos, cuando la superioridad de los ejércitos europeos era indiscutible, hace aproximadamente treinta años los islamistas militantes reanudaron la guerra santa feroz que están librando contra todos los infieles desde que Mahoma les ordenó someterlos a la voluntad de los creyentes en Alá o, si procuraran resistir, matarlos. Para sorpresa de quienes suponían que sólo se trataría de un intento quijotesco, si bien sanguinario, por frenar la apisonadora occidental, la contraofensiva emprendida por los yihadistas más belicosos ha seguido ampliándose. Tal y como están las cosas, ya no parece inalcanzable su objetivo declarado que consiste en expulsar a todos los infieles de las tierras dominadas por el islam. Aunque los pueblos amenazados por el islam militante poseen el poder militar suficiente como para aplastarlo, los gobiernos de las democracias ricas han preferido negar que los guerreros santos planteen un peligro significante. Por motivos en parte humanitarios, ya que de tomar realmente en serio el desafío chocarían contra Arabia Saudita y otros países islámicos, además de las grandes comunidades musulmanas que viven en Europa y que, conforme a las encuestas de opinión, incluyen a millones de personas que simpatizan con los violentos, y en parte porque les cuesta creer que los comprometidos con un credo a su juicio anticuado podrían soñar con derrotar a todos los demás, optaron por no darse por aludidos. Así y todo, los esfuerzos de las elites políticas, académicas y mediáticas de Europa y América del Norte por aferrarse a la noción de que el islam es “la religión de la paz” y que sólo una minoría minúscula aprueba la beligerancia de los guerreros o los clérigos virulentos que justifican sus ataques no han servido para tranquilizar a la mayoría de sus compatriotas. Por el contrario, al producirse todos los días atrocidades perpetradas por islamistas muchos occidentales se sienten traicionados por quienes, sospechan, se han aliado con enemigos que, de tener la oportunidad, no vacilarían en asesinarlos. Tal impresión se vio fortalecida cuando los presuntamente convencidos de que los grupos afines a Al Qaeda, y otros igualmente mortíferos que están proliferando en muchas partes del mundo, no tienen nada que ver con el islam procuraron minimizar la importancia de lo que acaba de suceder en Kenia. Personajes como el primer ministro británico David Cameron reaccionaron insistiendo una vez más en que sería un error imperdonable prestar atención a lo dicho por los terroristas mismos que, para separar a los infieles de los musulmanes, sometieron a los atrapados en el complejo comercial de Nairobi a un breve examen religioso; dejaron salir a quienes sabían el nombre de la madre de Mahoma (acaso convendría recordar que es Amina bint Wahb) y mataron a los demás, pero sus palabras balsámicas motivaron sólo extrañeza. Aunque Cameron y otros aprovecharon la oportunidad para informarnos de que hay una diferencia abismal entre el islam auténtico y la versión belicosa, y por lo tanto falsa, reivindicada por los guerreros santos, las afirmaciones reconfortantes que suelen pronunciar políticos asustados por lo que vislumbran en el futuro próximo están resultando cada vez menos persuasivas. Puede que exageren los que dicen que estamos en vísperas de una “tercera guerra mundial” o una serie de conflictos internos brutales en países europeos, como el Reino Unido y Francia, en que se han establecido grandes colectividades musulmanas, pero no cabe duda de que el sueño de un futuro multicultural en que pueblos de credos muy diferentes convivan en armonía, enriqueciéndose mutuamente, parece más fantasioso por momentos. Siempre fue ingenuo confiar en que sería relativamente fácil integrar en las sociedades occidentales, libertarias e individualistas, a millones de personas de tradiciones radicalmente distintas. Antes de que los europeos decidieran que sería reaccionario, cuando no racista, permitir la inmigración de algunos y excluir a otros según criterios religiosos, lo entendían muy bien los familiarizados con la historia nada pacífica de los países de lo que los franceses llamarían el Tercer Mundo, en que la violencia intercomunal era rutinaria, pero luego de la revolución cultural de los años sesenta del siglo pasado pocos tomarían en serio las advertencias que habían formulado personajes como Charles de Gaulle acerca de lo peligroso que podría ser modificar de golpe la conformación étnica y religiosa de una sociedad, razón por la que se opuso al ingreso de muchos musulmanes que habían colaborado con el régimen colonial en la guerra de Argelia. En las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, los biempensantes europeos, acompañados por sus homólogos norteamericanos, atribuyeron las atrocidades del pasado reciente a su propio nacionalismo y a los prejuicios étnicos y religiosos que estimulaba “la política de la identidad”. Habrán estado en lo cierto, pero lo que para ellos había sido un conflicto traumático, para otros fue una catástrofe ajena de la que no se sentían obligados a aprender nada. Mientras que los europeos confiaban en que, por ser tan patentes las ventajas, todos los inmigrantes procedentes de países pobres y violentos aprovecharían una oportunidad para integrarse plenamente a las sociedades que los habían acogido, muchos musulmanes se resistirían a hacerlo. Para desconcierto de quienes se suponían sus conciudadanos, antepondrían su identidad religiosa a cualquier otra. La semana pasada, la crueldad extrema de los islamistas en Nairobi, la matanza de un centenar de cristianos en Pakistán y de otros en el norte mayormente islámico de Nigeria, el avance de la limpieza sectaria en el Oriente Medio, donde lo que todavía queda del cristianismo está en vías de extinción, se han combinado para envenenar todavía más la relación del mundo occidental por un lado y el musulmán por el otro. La situación sería menos grave si en las ciudades principales de Europa se celebraran grandes manifestaciones callejeras de musulmanes indignados por las atrocidades cometidas en su nombre por sus correligionarios y si en las mezquitas clérigos pronunciaran sermones denunciándolos, como suele ser el caso al ocurrírsele a un dibujante danés mofarse de su profeta o de enterarse los fieles de que un egipcio que vive en California hizo un video insultante, pero, por desgracia, parecería que es escasa la posibilidad de que los musulmanes mismos se movilicen en contra de quienes están haciendo de su credo un sinónimo de terror medieval despiadado.
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