Los militantes climáticos
Aunque el tema del cambio climático, a menudo acompañado por la convicción de que casi todo cuanto sucede que perjudica a algunos es forzosamente obra de capitalistas irresponsables, ha dejado de motivar tantas pasiones como antes de la crisis financiera del 2008, el domingo pasado se celebraron manifestaciones callejeras nutridas en centenares de ciudades importantes del mundo para protestar contra el fenómeno. Los participantes, entre ellos el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, creían que si los dirigentes de los diversos países que se han reunido en Nueva York para asistir a la Cumbre sobre el Clima se pusieran de acuerdo, podrían revertir las tendencias que más les preocupan. ¿Sería tan sencillo? Por desgracia, no lo sería en absoluto. Si bien todos los gobiernos juran estar dispuestos a colaborar, los de países como China, que ha desbancado a Estados Unidos para convertirse en el país que emite más gases de efecto invernadero que han cubierto de nubes tóxicas sus ciudades principales, no quieren ralentizar su propio crecimiento económico adoptando las alternativas muy costosas que podrían ser viables en otras partes del mundo. Quienes protestan contra el cambio climático por suponer que se debe a la rapacidad capitalista también suelen afirmarse a favor de un mayor grado de equidad, ya que en su opinión el capitalismo genera pobreza. Sin embargo, de tomarse la clase de medidas que reclaman los más entusiastas, la economía mundial podría hundirse en una depresión tan profunda que muchísimos pobres morirían de hambre, sin que hubiera garantía alguna de que su sacrificio impidiera que en algunas regiones la temperatura continuara subiendo, que bajara en otras, o que en adelante hubiera menos inundaciones o sequías. Sucede que la climatología es una ciencia sumamente complicada en que, no obstante las afirmaciones de ciertos activistas, no hay ningún consenso en torno a la incidencia precisa de gases determinados o de fenómenos, como los ciclos solares, que no estamos en condiciones de manipular. Desde hace muchos millones de años, períodos de calor relativo han alternado con otros de frío por motivos que no tienen nada que ver con las actividades humanas. Asimismo, aun cuando fuera posible inducir algunas modificaciones en un lugar determinado, el cambio resultante podría tener consecuencias imprevistas en otros. Los movimientos ecológicos cobraron fuerza en los años que siguieron a la desaparición de la Unión Soviética, país que, dicho sea de paso, nunca se había destacado por el interés de sus autoridades en conservar el medioambiente. Muchos militantes anticapitalistas de simpatías revolucionarias migraron a la ecología por encontrar en ella un buen pretexto para seguir luchando contra el statu quo. Con todo, si bien insisten en que lo que quieren es un orden mundial más justo, uno en que haya menos plutócratas y menos pobres, las reformas drásticas que están pidiendo no necesariamente ayudarían a los más vulnerables. Por el contrario, desmantelar industrias contaminantes y depender en adelante de energía solar o eólica los privaría de oportunidades e ingresos. Asimismo, puesto que el presunto impacto negativo de la agricultura y ganadería es tan grande como el asestado por la industria, de imponerse un régimen ecológico mundial a muchos no les sería dado alimentarse. Muchos militantes climáticos son contrarios a la energía nuclear, que contamina menos que la carbónica pero, como aprendimos al producir los desastres del reactor soviético de Chernobyl en 1986 y del japonés de Fukushima hace tres años, puede ser peligrosa. También se oponen al fracking, aunque es gracias a la técnica así designada que Estados Unidos ha logrado acercarse al autoabastecimiento energético y que, en cuanto lleguen inversiones suficientes, la Argentina podrá aprovechar las reservas gigantescas atrapadas en el shale de Vaca Muerta. En un mundo con una pequeña parte de la población actual, podríamos prescindir de procesos industriales que perjudican el medioambiente y que, según parece, en su conjunto pueden afectar el clima, pero puesto que vivimos en uno en que son tantas las necesidades materiales, apostar todo a teorías que son consideradas políticamente correctas en los países ricos sólo serviría para frenar el desarrollo de los más pobres.
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