Luces y sombras
El FMI suele procurar asumir una postura optimista ante la evolución de la economía mundial por entender que no le convendría pintar un cuadro demasiado sombrío, ya que sus vaticinios inciden en el estado de ánimo de empresarios e inversores, de suerte que han motivado mucho malestar sus pronósticos más recientes. Según los técnicos del organismo que, a pesar de ser blanco de muchas críticas, sigue mereciendo el respeto de los gobernantes de los países más influyentes, en el año corriente el mundo tendrá que conformarse con una tasa de crecimiento del 3,3%, mientras que apenas tres meses antes había previsto una del 4%, debido principalmente a los problemas de la Eurozona que parece destinado a experimentar una recesión de la que, con suerte, podría salir en el 2013. En cambio las perspectivas frente a Estados Unidos no son consideradas tan malas, ya que hay señales de que la economía de la superpotencia está comenzando a recuperarse con mayor rapidez que la europea. Aunque la deuda pública norteamericana ha alcanzado un nivel peligroso –supera el 100% del producto interior bruto anual–, a diferencia de la Eurozona, Estados Unidos tiene la ventaja de contar con el equivalente de un solo ministerio de Economía que se encarga del conjunto, no con 17 que a menudo son reacios a coordinar sus medidas, de ahí el desaguisado que se ha producido. De todos modos, como la directora gerente del FMI, Christine Lagarde, sabe muy bien, los problemas más graves de la Eurozona se encuentran en Italia y España, dos países grandes que, se prevén, seguirán en recesión por al menos dos años más. Si sólo fuera cuestión de las dificultades de miembros “periféricos”, de dimensiones menores, de la agrupación como Grecia, Portugal e Irlanda, mantenerlos bajo la tutela de los integrantes solventes, encabezados por Alemania, resultaría ser relativamente fácil, pero en el caso de Italia y España, los costos tanto económicos y políticos de un arreglo de tal tipo serían excesivos. Por motivos comprensibles, los alemanes no tienen deseo alguno de asumir responsabilidad por una parte de la gigantesca deuda pública italiana, pero también temen verse perjudicados por un eventual default de su socio sureño. Quieren que los italianos mismos solucionen el problema sometiéndose a una serie de ajustes draconianos, de ahí las presiones constantes de la canciller Angela Merkel que sirvieron para provocar el reemplazo de Silvio Berlusconi como primer ministro por el banquero Mario Monti, pero sorprendería que tuviera éxito el programa de austeridad que se ha puesto en marcha. Para hacer frente a la crisis de la Eurozona, el FMI necesitaría contar con recursos propios muy superiores a los que ya maneja. Según Lagarde, requerirá por lo menos un billón de dólares, lo que le permitiría ayudar a los países en apuros a superar sus problemas inmediatos a cambio del compromiso de sanear sus finanzas. Si bien a juicio de los convencidos de que el FMI es una institución reaccionaria y muy poco imaginativa dominada por “neoliberales” cuyos técnicos son en última instancia responsables de una multitud de tragedias socioeconómicas en el Tercer Mundo, a esta altura los gobernantes europeos comprenden que una cosa es exigir alternativas indoloras y otra muy distinta encontrarlas. Por lo demás, en su caso particular, los auténticos halcones fiscales no son los representantes del FMI que han advertido contra los riesgos que supondrían programas de austeridad demasiado severos sino los dirigentes de países, como Alemania, cuyos ciudadanos se oponen a la idea de enviar cantidades enormes de dinero a otros que, suponen, sólo aprovecharían la oportunidad así brindada para demorar todavía más reformas destinadas a permitirles mantenerse a flote. Se trata, pues, de una reedición del drama que hace poco más de diez años protagonizó la Argentina, con la diferencia de que nuestros dirigentes políticos lograron persuadir a la mayoría de sus compatriotas de que el desastre se debió a la inoperancia del FMI, mientras que los europeos, en una situación similar, no pueden sino reconocer que es consecuencia de la miopía de sus propios gobernantes que habían apostado a que los buenos tiempos, en los que era irresistible la tentación de endeudarse un poco más, nunca llegarían a su fin.