Marina, la neoliberal
Para defenderse de su retadora más peligrosa, la exministra de Medio Ambiente Marina Silva, la presidenta brasileña Dilma Rousseff no ha vacilado en desenfundar su arma más mortífera: la califica de “neoliberal” porque dice que será necesario “un ajuste” que sirva para eliminar gastos ineficientes. Dilma quiere asustar al electorado advirtiéndole que, si gana su rival en las elecciones que comenzarán el 5 de octubre, con una segunda vuelta prevista para el 26 del mismo mes, tendría que afrontar una etapa de austeridad. Según las encuestas, la táctica está brindando los resultados deseados, ya que ha aumentado últimamente la intención de voto atribuida a la presidenta luego de haberla aventajado por un rato la activista ecológica que, para sorpresa de muchos, habla de cosas feas como la responsabilidad fiscal. Se trata de una estrategia electoral que podría resultar provechosa en Alemania o incluso Estados Unidos, pero que acaso no sea la indicada para un país como Brasil que está acostumbrado a que los políticos más ambiciosos asuman posturas menos adustas. Si bien Luiz Inácio Lula da Silva y su sucesora, Dilma, han manejado la economía de su país con mayor sensatez que nuestros presidentes más recientes, también han permitido que el gasto público alcanzara un nivel incompatible con la estabilidad financiera, privilegiando las necesidades inmediatas de amplios sectores de la población, lo que ha producido muchos beneficios sociales y por lo tanto políticos pero que ha contribuido al estancamiento actual. Gastos que eran soportables en la etapa de crecimiento vigoroso que fue posibilitado en buena medida por “el viento de cola” que soplaba desde China han dejado de serlo al cambiar las circunstancias internacionales. Para reanudar el crecimiento, Brasil tendría que salir de lo que los economistas llaman “la trampa del ingreso medio”, en la que suelen caer países que dependen demasiado de recursos naturales y un sector industrial protegido poco competitivo, pero tantos temen que las reformas exigidas los perjudicarían que se aferran al statu quo, de tal modo frenando el desarrollo. Parecería que Marina comparte las opiniones de tales especialistas y que, para desconcierto de quienes la suponían una populista más, se ha atrevido a afirmarse a favor de “un ajuste”; cree que, sin uno, en los años próximos Brasil no podrá satisfacer la demanda social. Huelga decir que los presidenciables argentinos, sin excluir al “derechista” Mauricio Macri, no se han propuesto arriesgarse tanto. Aunque todos entenderán muy bien que, pase lo que pasare, nos espera un “ajuste” decididamente más severo que el previsto por Marina y su equipo, ya que no hay dinero suficiente como para mantener el gasto público a su nivel actual, prefieren hacer pensar que, a lo sumo, aplicarían algunos retoques menores que no molestarían a nadie. Puede que tratar de administrar el gasto público con eficiencia no sea popular, pero a la larga los más perjudicados por la negativa a intentarlo son precisamente los pobres y “excluidos” a quienes los políticos populistas dicen querer ayudar. Aun cuando Marina pierda a causa de su franqueza, el que una candidata con posibilidades de ganar se haya animado a declararse en contra de una “aventura económica” como la que, según ella, ha emprendido Dilma, y que no es su intención procurar “reinventar la rueda” sino aprender de la experiencia universal, es con toda seguridad muy positivo. Por lo menos la candidata alude a problemas genuinos, sin formular promesas atractivas pero por desgracia fantasiosas, como si creyera que su mera presencia en el palacio presidencial fuera más que suficiente como para que en adelante todos vivieran felices. ¿Estarán igualmente dispuestos los presidenciables locales a señalar que corregir las distorsiones que se produjeron en el transcurso de “la década ganada” no será ni fácil ni indoloro? Es poco probable, ya que si uno hablara como Marina, no tardaría en ser acusado de comulgar con el “neoliberalismo”, destino éste que tarde o temprano sufren todos aquellos políticos, entre ellos el presidente socialista de Francia, François Hollande, que por algún motivo se sienten obligados a confesar que, por reaccionario que les parezca, convendría respetar los límites fijados por la odiosa realidad.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 29 de septiembre de 2014
Para defenderse de su retadora más peligrosa, la exministra de Medio Ambiente Marina Silva, la presidenta brasileña Dilma Rousseff no ha vacilado en desenfundar su arma más mortífera: la califica de “neoliberal” porque dice que será necesario “un ajuste” que sirva para eliminar gastos ineficientes. Dilma quiere asustar al electorado advirtiéndole que, si gana su rival en las elecciones que comenzarán el 5 de octubre, con una segunda vuelta prevista para el 26 del mismo mes, tendría que afrontar una etapa de austeridad. Según las encuestas, la táctica está brindando los resultados deseados, ya que ha aumentado últimamente la intención de voto atribuida a la presidenta luego de haberla aventajado por un rato la activista ecológica que, para sorpresa de muchos, habla de cosas feas como la responsabilidad fiscal. Se trata de una estrategia electoral que podría resultar provechosa en Alemania o incluso Estados Unidos, pero que acaso no sea la indicada para un país como Brasil que está acostumbrado a que los políticos más ambiciosos asuman posturas menos adustas. Si bien Luiz Inácio Lula da Silva y su sucesora, Dilma, han manejado la economía de su país con mayor sensatez que nuestros presidentes más recientes, también han permitido que el gasto público alcanzara un nivel incompatible con la estabilidad financiera, privilegiando las necesidades inmediatas de amplios sectores de la población, lo que ha producido muchos beneficios sociales y por lo tanto políticos pero que ha contribuido al estancamiento actual. Gastos que eran soportables en la etapa de crecimiento vigoroso que fue posibilitado en buena medida por “el viento de cola” que soplaba desde China han dejado de serlo al cambiar las circunstancias internacionales. Para reanudar el crecimiento, Brasil tendría que salir de lo que los economistas llaman “la trampa del ingreso medio”, en la que suelen caer países que dependen demasiado de recursos naturales y un sector industrial protegido poco competitivo, pero tantos temen que las reformas exigidas los perjudicarían que se aferran al statu quo, de tal modo frenando el desarrollo. Parecería que Marina comparte las opiniones de tales especialistas y que, para desconcierto de quienes la suponían una populista más, se ha atrevido a afirmarse a favor de “un ajuste”; cree que, sin uno, en los años próximos Brasil no podrá satisfacer la demanda social. Huelga decir que los presidenciables argentinos, sin excluir al “derechista” Mauricio Macri, no se han propuesto arriesgarse tanto. Aunque todos entenderán muy bien que, pase lo que pasare, nos espera un “ajuste” decididamente más severo que el previsto por Marina y su equipo, ya que no hay dinero suficiente como para mantener el gasto público a su nivel actual, prefieren hacer pensar que, a lo sumo, aplicarían algunos retoques menores que no molestarían a nadie. Puede que tratar de administrar el gasto público con eficiencia no sea popular, pero a la larga los más perjudicados por la negativa a intentarlo son precisamente los pobres y “excluidos” a quienes los políticos populistas dicen querer ayudar. Aun cuando Marina pierda a causa de su franqueza, el que una candidata con posibilidades de ganar se haya animado a declararse en contra de una “aventura económica” como la que, según ella, ha emprendido Dilma, y que no es su intención procurar “reinventar la rueda” sino aprender de la experiencia universal, es con toda seguridad muy positivo. Por lo menos la candidata alude a problemas genuinos, sin formular promesas atractivas pero por desgracia fantasiosas, como si creyera que su mera presencia en el palacio presidencial fuera más que suficiente como para que en adelante todos vivieran felices. ¿Estarán igualmente dispuestos los presidenciables locales a señalar que corregir las distorsiones que se produjeron en el transcurso de “la década ganada” no será ni fácil ni indoloro? Es poco probable, ya que si uno hablara como Marina, no tardaría en ser acusado de comulgar con el “neoliberalismo”, destino éste que tarde o temprano sufren todos aquellos políticos, entre ellos el presidente socialista de Francia, François Hollande, que por algún motivo se sienten obligados a confesar que, por reaccionario que les parezca, convendría respetar los límites fijados por la odiosa realidad.
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